Portada del disco 'Flash Light' de Tom Verlaine

Portada del disco 'Flash Light' de Tom Verlaine

Músicas

Tom Verlaine: poesía y fábula de Nueva York

El músico norteamericano, fallecido a los 73 años, fue el alma de Television y el gran responsable de la obra maestra con la que debutó la banda, ‘Marquee Moon’, un disco en su día incomprendido

1 febrero, 2023 19:00

¿Existe un logro más punk que vulnerar exhaustivamente todos los códigos sonoros del punk, la música que vino a impugnar con insolencia y rabia todos los dogmas y todas las inercias del rock precedente, y pese a ello ser considerado uno de los padres ilustres e intocables del punk? De esa doble negación de Tom Verlaine surgió una afirmación antológica, apoteósica, un álbum titulado Marquee Moon que es el inolvidable y principal motivo por el que el guitarrista, cantante y compositor estadounidense, fallecido el pasado 28 de enero a los 73 años de forma casi repentina por causas desconocidas, fue una figura indispensable del rock de los años 70 y el gran responsable de uno de los discos más influyentes, inagotables e inclasificables de la historia del género.

En el fabuloso rompeolas humano y artístico que fue la escena neoyorquina de los años 70, esa que orbitaba en torno a clubes hoy legendarios como el CBGB o el Max’s Kansas City y de la que surgiría el punk neoyorquino, una de esas corrientes distinguidas con el derecho a una mitología propia dentro de la historia del rock, Verlaine nadó en realidad bastante a contracorriente. En las antípodas del rudimentario y agresivo riff, el estribillo vociferante y el corrillo de pogo que han quedado fijados en el imaginario colectivo como rasgos en teoría ineludibles del punk, Television, la banda que lideró el músico, apostó por el virtuosismo, si bien no era en absoluto la clase de virtuosismo pulcro, vacuo la mayor parte de las veces y al servicio de estomagantes divagaciones de los grandes dinosaurios del rock progresivo de la era anterior, en respuesta a los cuales nació el punk: la suya, la de Verlaine, era una destreza exquisita pero impregnada de aires callejeros, tensión y relampagueante lirismo.

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Pensemos en un grupo como The Ramones, una de las bandas icónicas y más populares de aquella escena, una banda que el músico Stephen Morris, batería de Joy Division y New Order, definió una vez, con gracia y precisión y sin ninguna carga peyorativa, como “una especie de caricatura, una cartoon band”. Pues bien, Television fue la perfecta antítesis del sonido ramoniano. Al igual que otras formaciones que emergieron de ese caldo de cultivo, como Blondie o Talking Heads, la banda de Verlaine se desenvolvió en ese ambiente, pero su música fue mucho más allá de los limitados preceptos del punk.

Educado en su niñez entre grandes sinfonías y estudios de piano clásico, que cambiaría en la primera adolescencia por el saxofón tras el enorme impacto que le produjo el jazz de vanguardia (John Coltrane, Ornette Coleman, Albert Ayler, Roland Kirk...), Verlaine acabaría descubriendo, en contra de lo que él daba por sentado hasta entonces, que la guitarra eléctrica no era después de todo un instrumento decorativo e intrascendente (“tontorrón”, lo llamaba él sin andarse por las ramas) el día en que su hermano gemelo le puso, pegando bien fuerte en el equipo de música, 19th Nervous Breakdown, la canción de The Rolling Stones. A partir de aquel momento, ese nuevo calambre de emoción, ese ardor que se le metió en las venas, lo empujó a volcarse en las seis cuerdas.

Adventure

Cuando llegó al Lower East Side de Nueva York, Verlaine tenía 20 años, la cabeza llena de poesía francesa (su nombre real era Thomas Miller; su apellido artístico lo tomó prestado de uno de sus mayores héroes literarios, el poeta Paul Verlaine) y el corazón dispuesto a toda clase de aventuras. Lo acompañaba un amigo al que conocía desde el instituto, un tipo llamado Richard Meyers, con el mismo anhelo de odiseas inolvidables en el asfalto y que no tardaría en darse a conocer como Richard Hell, alias bajo el que cautivó al mánager Malcolm McLaren, quien durante un viaje a Nueva York lo vio actuando e, impresionado por su aspecto destroyer y sus maneras insolentes, lo tomó a su regreso a Inglaterra como inspiración fundamental para la creación de los Sex Pistols, de los que él fue el listísimo autor intelectual. Pero esa es otra historia…

Ambos, Verlaine a la guitarra y Hell al bajo, formaron en 1972, junto al batería Billy Ficca, el grupo Neon Boys, que tuvo una efímera vida pues al año siguiente, cuando se incorporó como segundo guitarrista Richard Lloyd, el proyecto se reformuló como Television. Durante varios años, la banda se bregó tocando sin parar en el CBGB (fue, según la historiografía oficial, la primera formación de rock en actuar en la sala, que antes de convertirse en un santuario del punk y la new wave no era más que un garito decadente por el que pasaban grupos de blues, country y bluegrass de medio pelo y fuera de onda), el Max’s Kansas City y tantos otros escenarios que se les ponían a tiro y en los que el cuarteto, con sus actuaciones fogosas y expansivas, mucho más próximas a los largos desarrollos y a las improvisaciones y variaciones de las jams jazzísticas que a la rudimentaria concisión de la música del momento, se ganaron una reputación legendaria entre los habituales de la escena.

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Y sin embargo cuando Television publicó en 1977 su primer álbum, o sea, el monumental Marquee Moon, ya sin Hell (quien se había marchado en el 75 a los Heartbreakers de Johnny Thunders y poco después crearía su propia banda, los Voidoids) y con el ex Blondie Fred Smith en su lugar, el álbum no fue bien entendido. Por su conexión mucho más patente con ese pasado que el punk pretendía ignorar, por las estructuras intrincadas y la extraordinaria riqueza de matices, aristas y puntos de fuga de las composiciones, por la majestuosa manera en que las guitarras de Verlaine y Lloyd se entrelazaban o mantenían sus particulares duelos, por su naturaleza mercurial y tremendamente esquiva, el disco no sólo desconcertó sino que fue un fracaso de ventas sin paliativos. Sí tuvo una buena acogida en Europa, mayormente en el Reino Unido, donde ya la revolución post-punk bullía y había un público deseoso de ideas y más receptivo a ese art-rock un poco en tierra de nadie, que sin poder ser encuadrado en la new wave ni en el punk ni en cierta subterránea sintaxis de aires jazzísticos sonaba un poco a todo eso junto y a la vez a algo distinto.

Aquel álbum fue especial y rompedor también por sus letras. A diferencia de la mayoría de los grupos de la escena en la que desenvolvió el grupo, el imaginario de las canciones no pasaba ni por las consignas coreables ni por el realismo sucio ni por las viñetas de espíritu pop. A veces crípticas, como si sobre ellas se hubiera arrojado un velo entre onírico y surrealista, las estampas que componía Verlaine eran una decantación de su gusto por el simbolismo poético del XIX trasladado a las oscuras calles del bajo Manhattan, escenas crudas pero estilizadas donde había lugar para las drogas, el lumpen, el magnetismo de los neones, la paranoia urbana en un sentido muy similar a la que retrató un año antes Scorsese en Taxi Driver y, pese a todo, también para el latido romántico de quien no está dispuesto a resignarse a que la vida prometa más de lo que da.

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A nadie puede extrañar que Verlaine y Patti Smith se hicieran amigos nada más cruzarse, luego amantes una temporada en la que escribieron a cuatro manos un poemario, The Night, y que después, de nuevo amigos para siempre, casi hermanos, él participase en la grabación de los primeros discos de ella, Horses y Easter. Tras la obra maestra que fue –que es– Marquee Moon, la banda publicó pronto su segundo álbum, Adventure (1978), un disco estupendo pero sin el filo ni la plenitud de la obra predecesora, y Television se disolvió poco después debido a la tensión entre Verlaine y Lloyd, aunque el grupo se reuniría más de una década después para grabar y publicar en 1992 un tercer y último trabajo homónimo. 

En solitario, el músico mantuvo una intensa actividad durante la siguiente década, publicando discos como Tom Verlaine (1979), en el que se incluyó Kingdom Come, la canción que más tarde versionaría David Bowie, Dreamtime (1981), Words from the front (1982) o Flash Light (1987), y a partir de los años 90 su producción se hizo más esporádica, aunque no dejó de colaborar con otros artistas como el propio Bowie o la banda Violent Femmes y fue el impulsor de un fugaz supergrupo que completaban entre otros Nels Cline (Wilco), Lee Ronaldo y Steve Shelley (Sonic Youth) y Tony Garnier (bajista de Bob Dylan), y que participó en la banda sonora de la película de 2007 I’m not there, la peculiar aproximación del cineasta Todd Solondz a la figura y a la obra de Dylan. Sus dos últimos álbumes en solitario, ambos publicados en 2006, fueron Songs and other things y Around.