La escritora Laia Jufresa con 'Letra Global'

La escritora Laia Jufresa con 'Letra Global' Simón Sánchez Barcelona

Letras

Laia Jufresa: "Siento que muchos libros responden cada vez más a la lógica del scrolling, buscan un lector pasivo”

La escritora mexicana publica 'Wishbone', una novela sobre el paso del tiempo, la amistad, el arte y la supervivencia

Leer en Castellano
Publicada
Actualizada

Diez años han pasado desde que Laia Jufresa nos deslumbró con Umami (Random House, 2015). Una década es mucho tiempo según el frenético ritmo editorial, pero el tiempo del mercado no es el tiempo de la escritura. Y Jufresa lo sabe. Ella escribe, lo de ser escritora es solo un rol, un papel que a veces toca interpretar.

Ahora es el momento, pues está en medio de la promoción de Wishbone (Random House, 2026), una novela en la que retoma algunos de los temas de Umami, pero los explora desde una nueva perspectiva, indagando en la forma narrativa, tanto desde la perspectiva temporal como espacial.

Wishbone se construye a partir de dos temporalidades, la de Tor Sima, artista plástica, que ha creado un museo dedicado al color en Oaxaca y la de Vica Luft, una inmigrante mexicana en Edimburgo que trabaja como secretaria de una escritora, cría sola a su hija y busca encontrar su espacio para escribir.

La escritora Laia Jufresa, durante la entrevista con 'Letra Global'

La escritora Laia Jufresa, durante la entrevista con 'Letra Global' Simón Sánchez Barcelona

Estas dos tramas, paralelas y alejadas temporalmente, confluyen no solo a través de las dos protagonistas, sino también a través de un diálogo entre la creación plástico-pictórica y la literaria. Y coinciden también en ese movimiento disruptivo según el cual la novela avanza retrocediendo en el tiempo. A través de este retroceder, Jufresa indaga en los duelos inacabados, en las consecuencias de las decisiones tomadas, en aquello que quedó pendiente de hacer y en aquello que se lleva consigo irremediablemente. Una vez más, Jufresa firma una extraordinaria novela.

Han pasado diez años de Umami. En esta nueva novela, nos reencontramos con algunos de los temas tratados entonces, pero en una forma completamente distinta. ¿Cómo percibe esta evolución?

Como pasa siempre, cuando volteas todo te parece mucho más lineal de lo que realmente fue. Wishbone me tomó mucho tiempo: es una novela mucho más grande y ambiciosa de Umami y, además, empecé a escribirla con una idea más clara. A pesar de ello, volví a escribir de manera muy intuitiva, desenterrando y descubriendo cosas. Empecé a escribir Wishbone el día en que hice mi primera prueba de embarazo; comencé redactando las dos historias en paralelo y solo con el tiempo fui pensando de qué manera las dos tramas se iban a juntar.

Fue así como llegué a la idea de construir una novela que fuera hacia atrás en el tiempo. En un primer momento, pensé que era algo muy original, sin embargo, pronto me di cuenta de que no solo es algo ya hecho, sino que yo misma había planteado esa idea en mi anterior novela, aunque no de esta manera. Por esto, retomando tu pregunta, diría que veo dos novelas distintas, pero a través de las cuales exploro temas y estructuras narrativas similares.

Y una de las obsesiones, evidentemente, es el tiempo.

Por lo general, cuando escribo opero a un nivel muy inconsciente, no escribo pensando en la globalidad de la novela, sino en cada escena en concreto. Sin embargo, esto no es del todo válido por lo que se refiere al tratamiento del tiempo; su manejo es, muy probablemente, la cuestión sobre la que más conciencia tengo desde el principio. Y no solo pienso en el tiempo dentro de la narración, sino también en el tiempo del lector. Es decir, yo soy bastante despistada, no sé muchas veces lo que sucede en el mundo; no tengo televisión, así que no siempre me entero de lo que ve la gente, sin embargo, soy alguien que, como muchos otros, cuando lee se distrae más de lo debido con el teléfono.

Soy consciente de que, ahora la atención cada vez es más breve, por esto Wishbone es un libro que, a pesar de ser muy largo, está construido en fragmentos breves donde te puedes detener. La novela es un pequeño rompecabezas que obliga a que el lector haga un reajuste de los engranajes de su cerebro a la hora de pensar el tiempo, porque todo lo que va a suceder a lo largo de la novela ya sucedió. Sin embargo, yo como autora lo que quiero es entregarle al lector las suficientes herramientas para poder seguir esta trama alterada temporalmente en una vida moderna en la que los momentos de atención son breves. Por esto, me sorprende que me hayan dicho que la novela es exigente; no creo que lo sea. Es decir, la novela es una invitación al lector a jugar y, por tanto, una invitación al lector a estar atento, a seguir las pistas, a estar presente en la lectura.

Su reflexión sobre el tiempo se plasma a nivel espacial a través del museo, espacio clave dentro de su novela, espacio donde el tiempo se detiene y donde lo que se ve ya pasó.

Efectivamente. Para mí, el museo siempre fue un espacio seguro, porque crecí no solo yendo a museos, sino viendo cómo se hacían por dentro, cómo funcionaban. Conocí bien el Museo de Antropología, seguramente uno de los museos más importantes de México por entonces, conocí su backstage desde muy temprano. Por esto, creo, mientras que para algunos son lugares fríos e intimidantes, para mí, que siempre los viví desde las bambalinas, son espacios donde sentirme segura. No sé por qué empecé a escribir, pero sé que escribo para vivir muchas otras vidas y hacer muchos otros oficios, y el oficio de museógrafo es el oficio que nunca voy a tener, pero que me hubiera encantado tener. Wishbone llegó a tener 600 páginas, en parte porque me divertí mucho inventando desde cero un museo, organizando las salas, las exposiciones...

Evidentemente, todo este material sobraba y tuve que quitarlo, pero está guardado en una carpeta con la idea de que, algún día, pueda hacer una especie de spin-off y dedicarle un libro en exclusiva a ese Museo Internacional del Color al que se alude en Wishbone.

Además, creo que imaginar museos posibles es hoy más oportuno que nunca porque estamos, por suerte, entrando en un mundo en el que se está cuestionando la ética con la que operan los museos. Es imprescindible ser conscientes de cómo se tienen las obras, de cómo se consiguieron y de dónde provienen. Hay que retrabajar todas las disculpas y las retribuciones, pero yo no quiero que nos quedemos sin museos. Por tanto, la pregunta que tenemos que hacernos es cómo convertimos los museos en lugares donde podamos mostrar arte de otra manera y hacer arte de otra manera. Y creo que una de las respuestas está en la de pensar el museo como una obra en sí misma.

Si pensamos en el personaje de Vica, la escritura es también otra forma de construir y de crear algo nuevo, distinto.

Por supuesto. Hay gente que escribe de manera mucho más museográfica que yo, es decir que trabajan desde y con archivos. Este no es mi caso, yo no trabajo desde la investigación de archivos, aunque es una forma de acercarse a la escritura que me fascina. De ahí que en Wishbone se hable del deseo de catalogar los colores. Al mismo tiempo, sin embargo, creo que en parte soy buena escritora porque estoy siempre tratando de considerar los dos lados de cualquier cosa y de cualquier argumento y de ponerme en los zapatos de todos, aunque, a veces, esto es muy agotador.

La escritura y la pintura como búsqueda imperfecta e inagotable.

En la presentación en Barcelona con Paula Bonet, comenté que el hecho de venir de la plástica y de no haber estudiado literatura me permite aceptar y asumir naturalmente que está bien hacer bocetos y que tirar a la basura es necesario. ¡Hacer 25 mil dibujos que terminarás descartando no es tiempo perdido! Todo lo contrario, es formación. Escribir es un lugar es una comunidad en la que trabajo y en la que observo cómo muchas mujeres, como el personaje de Vica, aprenden a trasladar su necesidad de expresión a algo más accesible como puede ser la palabra. Más allá de lo plástico, más allá de la pintura, la palabra siempre está ahí y un cuaderno para escribir también.

Las dos protagonistas se enfrentan a distintas dificultades a la hora de crear, una se enfrenta a la autocensura y la otra a cuestiones vinculadas al orden material, pero, en el fondo, ya las dos van descubriendo su manera de expresión: una lo encuentra en la plástica y la otra, en la escritura y lo descubren sin necesidad de seguir directrices concretas de ningún taller o de ninguna escuela.

Laia Jufresa, con 'Letra Global'

Laia Jufresa, con 'Letra Global' Simón Sánchez Barcelona

Citaba antes a Paula Bonet. Ella suele decir que hay que aprender la técnica para luego deconstruirla.

Es lo que hay que hacer, de hecho. Cuando empecé a escribir, en la adolescencia, era muy admiradora del Oulipo y, casualidades de la vida, el editor inglés de Wishbone es Daniel Levin Becker, que es el miembro más joven del grupo. Lo que quiero decir con esto es que estoy muy relacionada con la idea de la escritura como juego, como espacio donde crear reglas propias y únicas. En Escribir es un lugar, siempre digo que escribir es transportarte y transportar al lector a un lugar concreto, pero para poder llevar al lector a este lugar, primero te tienes que teletransportar tú. Por esto, para mí lo más importante para aprender es a conseguir una presencia absoluta a través de la escritura. Esto, en el fondo, es lo que hacen los niños cuando juegan: cada uno adopta una identidad y comienzan a jugar obviando lo demás, convirtiendo el juego en una presencia absoluta.

Puesto que cita a su editor en inglés, usted Wishbone lo escribió originariamente en inglés...

Sí, lo escribí en inglés y luego lo reescribí en español. Y digo “reescribir” y no “traducir” porque creo que, aunque sea el mismo libro, en castellano tiene sabores muy distintos. Mi inglés es un inglés de ningún lado, mientras que mi español es muy mexicano. Entonces, cuando trabajaba en la versión en español, traducía, pero, sobre todo, reescribía, porque buscaba que cada personaje sonara de una manera concreta; puesto que en la novela conviven muchos idiomas, quería que cada personaje tuviera sus propias expresiones. Lo curioso es que yo siempre había dicho que nunca traduciría mis libros y, sin embargo... Con Umami fue distinto, en el sentido en que hice un borrador en inglés, pero luego trabajé el texto definitivo en castellano.

Nadie ha leído aquel primer borrador en inglés y la versión de Umami que salió publicada en inglés fue en traducción de Sophie Hughes, que solamente tuvo acceso a la versión en castellano. Ni tan siquiera ella pudo leer el borrador.

Con Wishbone, en cambio.

Empecé a escribirla directamente en inglés, en parte porque llevaba tiempo viviendo en un país anglófono y en parte porque el inglés me ayudaba a poner distancia con lo que escribía, sobre todo con el tema de los desaparecidos. Y mientras lo escribía en inglés, tenía muy claro que sería otra persona quien haría la traducción. Lo que pasó es que, cuando ya tenía la versión inglesa terminada, solía despertarme muy pronto, a eso de las cuatro de la mañana, porque algunas de las participantes de la comunidad hacíamos un zoom a esa hora.

Cuando terminaba el zoom, yo seguía trabajando, así que comencé sin más a traducir el primer capítulo y casi de inmediato me di cuenta de que tenía que ser yo quien hiciera la traducción, porque hubiera odiado cualquier otra traducción no hecha por mí. No podía ser que el traductor no pasara horas, como finalmente hice yo, escogiendo la palabra correcta. Y tengo que decir que traducirme fue un placer absoluto: la novela ya estaba escrita, y ya estaban resueltos los problemas de trama y de personajes, por lo que traducirme fue disfrutar de ese último momento delicioso de la escritura y, a la vez, un gran reto que me llevó mucho tiempo.

Comentaba que el inglés le permitió poner distancia a la hora de tratar un tema tan doloroso como el de los desaparecidos.

Mi novela no quería ser una novela sobre los desaparecidos, pero el tema aparece. Y quería abordarlo de manera muy respetuosa. Lo que nos han enseñado las abuelas argentinas o las madres buscadoras de México es que a los desaparecidos hay que nombrarlos y, a partir ahí, lo que yo quería hacer era interrogarme sobre las hermanas, los primos, los amigos... es decir, sobre todas aquellas personas cuyas vidas van a quedar necesariamente afectada por la tragedia de la desaparición, personas que, a pesar de la tragedia, no pueden seguir toda su vida buscando al desaparecido, sino que tienen que rehacer su vida. Pero ¿cómo rehacerla cuando no se sabe qué pasó a quien ya no está? El tema de la desaparición, por ello, estructura la novela: tú lector lees pensando que vas a encontrar a quien desapareció, vas a saber qué pasó. Hay duelo y, a la vez, hay esperanza.

Yo quería que el lector sintiera aquellos que viven la experiencia de una desaparición y que, por mucho tiempo que pase, por improbable que sea que la persona desaparecida reaparezca, siguen teniendo algo de esperanza. Porque cuando no hay cuerpo, la posibilidad de que el desaparecido siga vivo sigue estando presente.

Es también el duelo que no se cierra, porque no hay un punto final.

Exacto. En Umami ya había escrito sobre el duelo. Aquí vuelve a aparecer, pero de manera distinta.

También reaparece el tema de la maternidad, central en Veinte, veintiuno.

Escribir en 2021, en el medio de las dos novelas, Veinte, veintiuno me permitió dar una salida más literal al tema de la maternidad. En ese libro contaba que estaba escribiendo una novela, pero que tenía una niña pequeña. Por esto, en Wishbone abordé la maternidad de una manera no tan frontal, porque ya lo había hecho.

Como te decía antes, comencé la escritura de Wishbone cuando estaba embarazada y pensaba que, aunque fuera a tener un bebé, yo iba a seguir escribiendo como siempre. Al final, te das cuenta de que esto no es así; por ello, en esta novela lo que me gustaba mostrar es cómo interviene la maternidad en la creatividad. Vica es una persona que exuda creatividad y hace lo que hacen todas las madres: usar las herramientas disponibles para seguir adelante.

Su vida no es fácil: es madre soltera y migrante. Cuando la niña es pequeña, ponen todo su tiempo a inventar mundos y realidades para su hija y solo tiempo después, cuando la niña crece, puede volver a volcar esa creatividad literalmente en el papel. Y con esto no quiero decir que eres madre o eres artista, en absoluto. De hecho, tenía pánico que alguien interpretara así la novela. Es cierto que, si tienes un bebé y, además, eres madre soltera, las dificultades son muchas. No las podemos negar, pero en ningún momento dejar de ser artista. Además, renunciar a la maternidad para ser artista, como sucede a otro personaje, también tiene sus consecuencias. Son vidas posibles cada una de las cuales con sus condicionantes.

Al inicio de la entrevista, se sorprendía que definieran su novela como “exigente”, pero ¿no cree que lo es visto la profusión de novelas con mucho éxito y que lo dan todo más que masticado? Es decir, “exigente” o “compleja” son, en realidad, cualidades, aunque no frecuentes.

Exacto. Yo estoy muy en paz con el hecho de no publicar mucho. Siento que, si vas a poner un libro en el mundo, tiene que ser un libro del que estés realmente contenta y orgullosa y tiene que ser un libro que el lector vaya a recordar. Siento que muchos libros responden cada vez más a la lógica del scrolling, es decir, buscan un lector pasivo, un lector que pase rápida y fácilmente por las páginas. Como escritora y como lectora, libros así no me interesan para nada.

Tras el éxito y el reconocimiento por Umami, ¿sintió presión? ¿Tuvo que alejarse del ruido para volver a escribir?

Vivo en Escocia, no estoy en ningún tipo de mundillo literario. Me relaciono ahora mucho con escritoras, pero porque todas estamos en lo mismo: escribiendo. No hablamos de publicar, sino del proceso de escritura. Debo decir que no sentí esa presión que comentas, pero sí sentí las presiones que mi misma me ponía a mí misma. Obviamente, entre una novela y otra cambian las expectativas. Cuando publiqué Umami, el hecho de publicarlo era lo más grande que me podía pasar y que se tradujera ya era algo inimaginable para mí.

Con esta segunda novela, las expectativas eran otras, pero todas ellas estaban muy vinculadas a la autoexigencia y la autoexigencia requiere confianza en una misma: me voy a poner un reto complicado y, aunque haya momentos de flaqueza, voy a lograr llevarlo a cabo.

Intuyo que se siente cómoda viviendo lejos del meollo literario.

Para mí es fundamental. Quizás, porque conocí de muy chiquita el mundillo literario de México, que era un mundo muy misógino en el que muchas mujeres quedaban lastimadas. Recuerdo que conseguí una beca, fui la única mujer en conseguirla y mi tutor tronaba los dedos para que le preparara y le trajera café. Evidentemente, hubo mujeres que vivieron cosas mucho más terribles y violentas que esto, pero este hecho me hizo tomar conciencia de muchas cosas. Dejé de escribir casi cerca de un año y, cuando volví a escribir, lo hice lejos de este ambiente y con el deseo de escribir, no de ser escritora.

No me interesaba y no me interesa. Soy consciente de que ahora es mi profesión y me la tomo en serio, sin embargo, mi relación primera es con la escritura, con el acto de escribir. Al final, todo lo demás es aleatorio. El propio éxito en literatura es completamente aleatorio y la mayoría de las veces tiene muy poco que ver con el valor literario.