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Sex Pistols

Malcolm McLaren reclutó a cuatro chavales cabreados con la vida e imbuidos de un difuso anarquismo antimonárquico y bautizó el grupo con ese nombre

Johnny Rotten, en una actuación de los Sex Pistols en Amsterdam en 1977 / Koen Suyk - Nationaal Archief, Den Haag (CC0 1.0)
Johnny Rotten, en una actuación de los Sex Pistols en Amsterdam en 1977 / Koen Suyk - Nationaal Archief, Den Haag (CC0 1.0)

Cuando el rock era un ente vivo y en constante evolución, cada equis años se volvía a los inicios y se producía un back to basics para intentar empezar de nuevo desde el principio y combatir supuestas innovaciones que resultaran excesivamente pretenciosas (como el rock sinfónico, sin ir más lejos). En 1975, ese back to basics, sumado a unas buenas dosis de resentimiento social y de ganas de molestar a los biempensantes y liarla parda, lo representaron como nadie los británicos Sex Pistols, un grupo que se había inventado Malcolm McLaren, uno de los mayores liantes de la historia del pop (con permiso del coronel Parker, el manager de Elvis) que entonces salía con la diseñadora de moda Vivienne Westwood y le echaba una mano en su tienda Sex, que se convirtió en el cuartel general no declarado de la hornada punk. McLaren sostenía que para crear un grupo de éxito bastaba con reunir a cuatro garrulos que no supieran cantar ni tocar ni componer, pero que se odiaran mutuamente. Con ese concepto en la cabeza, reclutó a cuatro chavales cabreados con la vida e imbuidos de un difuso anarquismo antimonárquico y los bautizó como The Sex Pistols: el cantante John Lydon, alias Johnny Rotten, el guitarrista Steve Jones, el batería Paul Cook y el bajista Glen Matlock quien, pese a ser prácticamente el único capaz de fabricar una canción, no tardó mucho en ser sustituido por un pobre infeliz que se hacía llamar Sid Vicious y que acabaría matando a su novia, la groupie americana Nancy Spungen, quien lo había introducido en las alegrías y miserias de la heroína, en una habitación del neoyorquino hotel Chelsea, quitándose él mismo de en medio unos días después, mientras la justicia decidía qué tratamiento aplicarle.

Los Sex Pistols se disolvieron a principios de 1978 tras haber grabado un único elepé, Never mind the bollocks, here´s the Sex Pistols (1977), que me fascina y, al mismo tiempo, nunca he podido escuchar entero del tirón, pues me entraban ganas de arrojarme por el balcón o de matar a alguien. Aparentemente, aquello no era más que un amasijo de ruidos infernales, compuesto de manera chapucera, mal tocado, peor producido y cantado por un tipo más dotado para los eructos y los berridos que para interpretar una canción. Y probablemente lo era. Pero también poseía una extraña fuerza que te sacaba de tus casillas (en el buen sentido del término) y sonaba extremadamente sincero y urgente, como si fuese la obra de unos tipos que o soltaban lo que llevaban dentro o reventaban. Pese a haber sido incapaz de escucharlo entero jamás (lo volví a intentar antes de escribir este texto), considero Never mind the bollocks una obra capital de la historia del rock. Nunca hubo antes nada igual, ni lo hubo después. Y, probablemente, es mejor así.

En su condición de bomba pop (o vomitona, o súper cuesco en estéreo), ese disco hacía muy difícil tener cierta continuidad. McLaren se había salido con la suya y los miembros del grupo se llevaban bastante mal, pero él solo pensaba, como había hecho siempre, en lucrarse (su lema era Cash from chaos, Pasta del caos) mientras se divertía incordiando a sus compatriotas en particular y a casi todo el mundo en general. Se las apañó incluso para plasmar su visión de la existencia en el delirante documental The great rock & roll swindle (El gran timo del rock & roll, 1978), dirigido por Julien Temple, pero controlado absolutamente por él: Johnny Rotten ya se había ido dando un portazo y el bueno de Malcolm podía hacer lo que le saliera de las narices (incluyendo la sustitución del cantante por el responsable del célebre asalto al tren de Glasgow, Ronald Biggs, refugiado de la justicia británica en Brasil, al que puso de vocalista en el tema adecuadamente titulado No one is innocent (Nadie es inocente).

Mientras duró la fiebre punk, los Pistols fueron los amos del cotarro, aunque otros grupos demostraran algo más de visión de futuro (pienso en The Clash). Gracias a ellos, cientos de chavales que nunca habían pensado en dedicarse al rock crearon sus propias bandas y tiraron por donde pudieron (de Siouxsie & the Banshees a Adam Ant). Una vez soltado el bombazo (o sea, su único disco de larga duración), los Pistols estaban condenados a la desaparición, aunque por el camino hubiesen ganado bastante dinero con las trapisondas de McLaren, que vendió el mismo elepé varias veces a distintas compañías que se asustaban en el último momento y rescindían el contrato, momento en el que el bueno de Malcolm pillaba el generoso finiquito y se lanzaba en busca de un nuevo primo (el disco lo acabó publicando Virgin, la discográfica de Richard Branson, el hombre que se había hecho rico con un álbum que no tenía nada que ver con el punk, Tubular Bells, de Mike Oldfield).

Steve Jones acabó publicando unas memorias que sirvieron de base a una miniserie dirigida por Danny Boyle que comercializó Disney (¡hay que joderse, ese destino no se le habría ocurrido ni al difunto McLaren!). Johnny Rotten hizo lo propio tras crear el grupo PIL (Public Image Limited), que tuvo algunas canciones de mérito, pero nunca triunfó como lo habían hecho los Pistols con ese disco que adoro, pese a haber sido incapaz hasta ahora de escucharlo entero de una sentada: me consuelo pensando que, tal vez, gracias a ese punto pusilánime, me ahorré males mayores.