El líder de los luditas, grabado de 1813

El líder de los luditas, grabado de 1813 WIKIPEDIA

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Ned Ludd y el Capitán Swing entre máquinas y crisis climáticas

El sociólogo australiano Roman Krznaric publica Historia para el mañana, un ensayo sobre mirar al pasado para aprender sobre el futuro en la lucha contra el cambio climático

También: Roman Krznaric: "Trump tergiversa la historia, no aprende de ella, y actúa como un mafioso"

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Hacia 1750, la máquina de vapor dio paso a lo que se conoce como Revolución Industrial. A partir de entonces se disparó el uso de combustibles fósiles (básicamente carbón, petróleo y gas), también el consumismo como desequilibrio y afición irresponsable.

Ya iniciado el siglo XIX se planteó la relación del hombre con el trabajo y la nueva tecnología, lo que siempre lleva a cuestionar la existencia de los oficios y el valor de las vidas humanas. En su libro Sangre en las máquinas (Capitán Swing, 2025), Brian Merchant aborda los orígenes de la contestación que hoy llegan a recibir las grandes tecnológicas del sector digital.

Ned Ludd, el santo que destruía máquinas

Al principio del siglo XIX, Inglaterra había visto emerger la leyenda de Ned Ludd, un joven que destruía máquinas y que probablemente nunca existió. Quedó convertido en santo y seña de una rabia de miles de trabajadores precarios que se organizaron en células luditas, un movimiento en la sombra del anonimato y que invocaba a Ludd para sublevarse.

Merchant insiste en que no eran las máquinas, sino los dueños quienes les quitaban el trabajo. El ludismo nace como fuerza de protesta contra las penosas condiciones laborales que les aguardaban a todos aquellos hombres que, en su mayoría, carecían totalmente de estudios.

En 1812 hubo una misiva del ‘general’ Ludd al alcalde de Nottingham diciéndole que esperaba que su Real Majestad prestase “máxima atención a la angustiosa situación de nuestros gremios; de no ser así, los luditas, la última esperanza de encontrar reparación, destrozarán todos los ingenios y telares que encuentren en el condado”. Las condiciones de los talleres textiles variaban, pero la mayoría imponía ritmos de producción despiadados: catorce horas al día, seis días a la semana.

Brian Merchant recoge un pasquín, conservado en los archivos del ministerio del Interior británico, que evidencia un tono intimidatorio y belicoso que alcanzó especial predicamento entre los pobres: “A nuestro queridísimo hermano y capitán en jefe, Edward Ludd. Considerando que se nos ha informado a nosotros, los agitadores generales de los condados del norte, reunidos para reparar los agravios de la mecánica productiva, de que Charles Lacy, empresario lencero británico radicado en la ciudad de Nottingham, ha sido declarado culpable de los diversos actos fraudulentos y tiránicos que han dejado en la pobreza y la miseria a setecientos de nuestros queridos hermanos (...)”.

Les recordaban a todos que no olvidasen que su alma vale más que el trabajo o el oro. Se propagó con fuerza un espíritu de insubordinación que veía la revuelta como única salida “con esperanza o sin ella”; aquella resistencia estaba condenada al fracaso. Y en 1812, el año en que España se dio la Constitución de Cádiz, Inglaterra estuvo al borde de una guerra civil.

Deportados a Tasmania

Se produjo la batalla de Rawfolds, cuando más de un centenar de luditas atacaron un molino provistos de armas de fuego y mazas. Al mes siguiente, un enajenado mató a Spencer Perceval, el único primer ministro inglés asesinado hasta el día de hoy. Las autoridades intentaron infiltrarse en las células luditas, pero no era fácil.

Se procuró descalificar aquel movimiento reivindicativo tildándolo de asociación malévola, con ideas inculcadas por “personas insidiosas y con las peores intenciones”, gente bruta, hordas de ignorantes que odiaban las máquinas porque no las entendían y que destrozaban centenares de máquinas de hilar a golpes de maza o incendiaban graneros. Estallaban discursos exaltados y desgarrados donde “se percibía la amargura en el ambiente, y el aire estaba cargado con el olor de la grasa quemada”.

Hubo miedo y el poder decidió imponerse sin contemplaciones, finalmente se dictó la pena de muerte para quienes destruyeran telares. Unas docenas de luditas fueron ahorcados y otros fueron deportados a Tasmania. Algunos, como George Mellor, fueron ajusticiados por disparar y matar al empresario textil William Horsfall, quizá una emboscada.

¿Quién fue el Capitán Swing?

La figura de Ned Ludd ha sido comparada con la del mítico Robin Hood; defensor de los pobres y combativo con los poderosos que el escritor escocés Walter Scott incorporó en 1819 como personaje de su novela Ivanhoe. Pocos años después, otro ente de ficción tomó el relevo en la función justiciera: el Capitán Swing, nombre que firmaba cartas de protesta y amenaza cuando la revuelta agraria de 1830. Iban contra la mecanización y las trilladoras por quitar puestos de trabajo, también contra las malas condiciones de trabajo de los asalariados campesinos del sur de Inglaterra, entre Canterbury y Dover.

Entre tanto, los científicos Charles Babbage y Ada Lovelace (hija del poeta lord Byron) desarrollaron una calculadora mecánica y concibieron la idea de un ordenador, siendo la joven Ada Lovelace pionera en su programación. Años antes, la pareja formada por los escritores William Godwin y Mary Wollstonecraft tuvo una hija conocida como Mary Shelley (por su relación con el poeta Percy Shelley), que inauguró el género moderno de las novelas de ciencia ficción: el 1 de enero de 1818 publicó Frankenstein o El moderno Prometeo, que Brian Merchant describe como una "parábola de quienes manipularon la tecnología, irresponsablemente en beneficio personal"

La ética de la tecnología

Los descubrimientos científicos tienen consecuencias que no se preven y que pueden razonablemente asustar, por esto importa siempre una perspectiva ética de cuanto hacemos y desarrollamos. El poder tecnológico exige el contrapeso de la conciencia de la dignidad de los seres humanos, los cuales deben estar decididos a luchar contra la opresión; que a veces alcanza a ser una aplastante esclavitud. En cualquier caso, nos movemos entre dos peligros distintos y complementarios, que hay que sortear para no perder la brújula de la libertad y la igualdad: la maquinaria del lucro y el terreno del populismo.

Las sociedades resultan más inestables y débiles cuanto más desiguales y desequilibradas son, a causa de las abismales diferencias en las condiciones de vida. En Historia para el mañana (Capitán Swing, 2026), el sociólogo australiano Roman Krznaric refiere algo de lo que apenas nadie habla: hoy mil millones de seres humanos no tienen acceso al agua potable y cada año mueren por beber agua sucia y contaminada diez veces más personas que los fallecidos a causa de todos los conflictos bélicos juntos. El agua es vista hoy como el oro azul, el oro del siglo XXI. “De cada diez mil gotas de agua que hay en la Tierra, menos de una es de agua dulce accesible en la superficie, en ríos y lagos”.

De todo esto hay que tomar nota y tener conciencia de la peligrosa amenaza de las negligencias ambientales; son innumerables. Este año se ha estrenado la serie polaca de televisión Niños de plomo, basada en hechos reales. Hace cincuenta años, la pediatra Jolanta Wadowska-Król alertó sobre la brutal intoxicación de plomo de miles de niños que afectaba de manera extrema a su desarrollo físico y mental.

Se producía en el distrito industrial de Szopienice en Katowice (en la región polaca de la Alta Silesia), donde la mayoría de sus habitantes trabajaban en una fábrica de fundición de zinc y plomo. No sólo hubo incompetencia y descuidos, sino una total indiferencia por la suerte de aquellos parias. A las autoridades sólo les importaba su interés político y, ajenos al sufrimiento de los ciudadanos (en verdad, eran súbditos), no dejaban de conspirar por disponer del poder.