Ilustración de la estatuta de la libertad en Nueva York

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Filosofía

La libertad, instrucciones (relativas) de uso

Alianza Editorial reúne en un volumen todos los ensayos de Isaiah Berlin sobre la libertad, incluidos inéditos autobiográficos y una guía sobre su influencia cultural

6 junio, 2021 00:00

La Historia de la Filosofía es como una cuerda. Rugosa por fuera y firme por dentro. Extensa, asombrosamente robusta y llena de nudos. Si uno intenta recorrerla intentando encontrar un bálsamo ante las incertidumbres de la existencia –las grandes preguntas, las inseguras respuestas– se topará con una inmensa decepción: una cordada puede salvarte la vida si caes desde la cima de una montaña, pero te quemará la piel con su violento roce, creando un surco de carne quemada en tu cuerpo que será la señal de tu segundo nacimiento. Éste es el impacto que provocan los grandes pensadores, que no son mayúsculos por sus estatuas, sino porque las enseñanzas y las dudas que transmiten en sus libros, la incertidumbre a cuyo amparo fueron creando su particular galería de certezas, son iguales a las tuyas. Cosas de todos. 

Un buen filósofo es un faro: identifica encrucijadas, construye conceptos que nos permiten entender el caos y caminar en la oscuridad y te ayuda a pisar sobre un terreno previamente hollado sin necesidad de replicarlo, a tu aire. Entre estos nombres insignes del cabotaje intelectual, sin duda, está Isaiah Berlin, uno de los autores clásicos del liberalismo del siglo XX. Nacido en Letonia –periferia del antiguo imperio ruso– y criado, tras un exilio provocado por la revolución bolchevique, en Inglaterra, Berlin es presentado con frecuencia como politólogo, cosa que nunca fue. Reflexionó mucho y bien –y disertó aún más– sobre teoría social y política, pero las fuentes de su río no proceden de la experiencia del poder ni del ejercicio del gobierno. Parten del conocimiento de las grandes ideas creadas por la mente humana, desde la literatura al arte, concretadas en la práctica de una filosofía que no discrimina entre la visión del mundo de los estoicos o los cantos de la Comedia del Dante

Isaiah Berlin ARTURO ESPINOSACaricatura de Isaiah Berlin / ARTURO ESPINOSA

Caricatura de Isaiah Berlin / ARTURO ESPINOSA

En este sentido, Berlin fue un notable humanista, aunque a su manera. Según Henry Hardy, su mítico albacea editorial, siempre le acompañó una extraña leyenda: era el autor más informal del mundo, capaz de enmendar sus manuscritos una y otra vez –son célebres los cambios y respuestas a sus críticos que introducía sin parar en sus obras– y, al mismo tiempo, el menos disciplinado de los pensadores de su época. Le costaba mucho escribir porque consumía sus horas pensando, no tanto en grandes conceptos, sino acerca de cuestiones más vulgares: cotilleos académicos, fiestas galantes, lo que dicen los otros, la diversidad de opiniones sobre un mismo suceso o las infinitas contradicciones de la razón. 

Casi se diría que parte de su obra, dispersísima, más que enunciar, diserta. Es como una perorata –ese término añejo que fascinaba a Ortega y Gasset– sobre lo humano improvisada en una tertulia alrededor de una copa de brandy. De sus hazañas, la timidez que le permitía incurrir e inauditos atrevimientos y el signo de su tiempo versa una biografía –sancionada– escrita por Michael Ignatieff que lo sitúa dentro de su contexto existencial y académico, incluyendo su ascenso a la cumbre en Oxford y la fecunda etapa de All Souls College. La interpretación de sus teorías –el posesivo, en este punto, es decisivo–, sin embargo, es más problemática. Básicamente porque quienes piensan por sí mismos difícilmente son aceptables entre aquellos que consideran que el pensamiento –especialmente el político– es una herramienta infalible de una sola pieza, en vez de un sutil mecanismo de ajustes.

La biografía de Isaiah Berlin de Ignatieff

Los liberales han hecho lo posible por canonizarlo, que es la forma contemporánea de creer en los santos, pero basta leer sus textos, concebidos como una especie de defensa ante los demás, para reparar en que la lección mayor de su filosofía radica en cómo sacar provecho de las dudas sin caer en el relativismo. En este sentido, Berlin tiene mucho de parteaguas: se sitúa en ese espacio ambiguo para los dogmáticos de cualquier condición que discurre entre el escepticismo ante los grandes sistemas de pensamiento y la nefasta irradiación de la posmodernidad, que en nuestros días ha degenerado ya en una dictadura de lo políticamente correcto que, amparada por un buenísimo obligatorio y marcial, instaura el dogma de la bondad sobre un mundo que está habitado por seres reales, no por ángeles custodios. 

Berlin, por descontado, no creía en las utopías ni en la fábulas. Era profundamente prosaico y antirromántico, como corresponde a cualquier pensador trascendente digno de tal condición. Analizaba. Refutaba. Volvía a analizar. Y concluía sin hacerlo del todo, dejando abiertas las puertas a la autoenmienda porque –intuía– pensar no consiste en dar con la verdad sino en perseguirla en función de las preguntas. Por aproximación. De esta forma de hacer filosofía da cuenta el estupendo volumen que acaba de publicar Alianza Editorial, donde se reúnen todos sus escritos sobre la libertad –uno de sus temas célebres– acompañados de piezas inéditas: un quinto ensayo no incluido en las ediciones previas a su tetralogía sobre esta materia, apéndices autobiográficos y una guía sobre la influencia intelectual de sus ideas, que ha sido mayúscula si tenemos en cuenta que murió en 1997, cuando el relativismo ya se había instalado en muchas cátedras y la industria de las ideas había aceptado la milonga de que, ante la falta de relatos unívocos, pensar equivalía a tantear una sombra.

Alegoría sobre las diferencias de la libertad en Francia e Inglaterra (1792) : THOMAS ROWLANDSON

Alegoría sobre las diferencias de la libertad en Francia e Inglaterra (1792) / THOMAS ROWLANDSON

Berlin reflexiona en estos textos sobre la naturaleza de la libertad individual y llega así a la noción de pluralismo. Asume que, igual que no existen dos seres humanos idénticos, es en la diversidad natural de pensamientos y creencias donde debemos buscar el elemento creativo que permite avanzar a las sociedades, frente al comunitarismo sentimental que considera la divergencia un obstáculo molesto. Pluralismo, sin embargo, no equivale en Berlin a relativismo. El pensador letón evita refugiarse por igual en la comodidad del non sense y en el territorio ficticio del dogma, tan apreciado por aquellos que dicen –así, sin anestesia– que van a tomar cualquier cielo por asalto sin reparar ni en lo que establecen las leyes de la física ni en las enseñanzas (en general desagradables) de la condición humana

La coartada de los aspirantes a revolucionarios y candidatos a líderes predestinados que piden a las masas que confíen en sus intenciones –con independencia del sentido de sus decisiones– es un silogismo de corte moral. Casi evangélico: “Yo soy bien frente al mal, la justicia frente al sufrimiento, la igualdad ante la libertad insolidaria”. Un relativista anula lo evidente para proponer un mundo nuevo sin jerarquías intelectuales. Pero la única forma de compartir las perspectivas morales es que éstas puedan confrontarse en libertad. Sin ella sencillamente no existe la comunicación moral. El pluralismo facilita el diálogo ético, que es el mínimo común denominador de todas las sociedades evolucionadas. Un patrimonio cultural que no puede ser encerrado dentro de un catecismo, sino en está en los valores básicos de los sujetos concretos a lo largo de la historia, sobre todo frente a la unanimidad de las hordas. 

Isaiah Berlin, Letters

Berlin pensaba que los individuos son los auténticos agentes morales. Judío a su manera, capaz de trabajar en Estados Unidos en favor del sionismo y, al descubrir que este movimiento caía en el dogmatismo, criticarlo sin empacho, el pensador letón, un apátrida de condición íntima, no pensaba en abstracto, sino como los poetas: en términos concretos. En personas de carne y hueso. En el envés que se oculta detrás de los mitos. Por eso dedicó a Karl Marx uno de sus estudios más afamados: quería saber cómo pensaba el hombre cuyos planteamientos habían dado lugar a la iglesia comunista, instaurada como dictadura en Rusia. 

Su metodología disentía de la filosofía de su tiempo, pero Berlin ha logrado el prodigio de que sus conclusiones sobrevivan a las modas y a las tendencias de cada momento, manteniéndose útiles tanto para defienden una determinada ideología como para quienes la cuestionan. Útil y fecunda, sin ser reversible. Su obra es una herramienta para pensar y repensar, no una teología cerrada. Que su acercamiento a la libertad individual haya sido tan influyente tiene mucho que ver con su filiación humanística: lo que nos enseña la literatura, la historia, la poesía, es que cada sujeto tiene sus características propias y que los valores culturales derivan de este caudal de experiencias, condensadas en un sustrato más o menos común pero enriquecidas por los factores singulares, que son exactamente aquellos que ni los ilustrados –en su momento– ni los politólogos (ahora) parecen capaces de incorporar a su idea de que todos los fenómenos sociales responden a supuestas leyes científicas

Marx, Berlin

Esta suerte de determinismo ignora la contradicción que implica creer en el mecanicismo político y, en paralelo, dictar pautas morales. Si el hombre no puede decidir su destino, si la historia ya está escrita de antemano, nadie es responsable de sus decisiones. Y viceversa: sólo en la medida en que existe el libre albedrío podemos considerar los factores éticos en el comportamiento colectivo de una sociedad. De su tesis sobre las dos formas esenciales de libertad –negativa y positiva; libertad para y libertad de– se han hecho un sinfín de exégesis, especialmente políticas, sin reparar muchas veces en que, como enseña Berlin, entre ambas no existen fronteras estancas que permitan encontrar una armonía. 

La vida es tensión y conflicto. Una filosofía incapaz de darse cuenta de esto prescinde de la realidad para situarse en la ensoñación, origen de muchas de las pesadillas de la historia, especialmente en el pasado siglo XX. Como muchos pensamientos profundos, esta enseñanza puede resumirse a la manera de Esopo: en una fábula. Berlin diferenciaba, inspirándose en un verso del poeta griego Arquíloco, entre dos clases de pensadores: los erizos y los zorros. Los primeros creen que existe una idea que explica todas las cosas. Los segundos prefieren las arquitecturas efímeras, capaces, dada su flexibilidad, de aguantar los terremotos intelectuales. 

Eugène Delacroix   La liberté guidant le peuple

La libertad guiando al Pueblo / DELACROIX

Al contemplar esta diferenciación caemos en la cuenta de la obstinación con la que, a lo largo de la historia, el pensamiento occidental ha replicado, sobre una epidermis cambiante, antes religiosa y después política, el principio de la teocracia: un solo Dios, una única idea, un deus est machina. Berlin, en cambio, es un pensador de espíritu pagano: a su juicio existen una multitud de dioses, cada uno con un atributo distinto. Dentro de las creencias concretas de cada individuo cohabitan planteamientos dispares, por supuesto sin excluir los abiertamente contradictorios.

De ahí que no haya dos personas que piensen de forma idéntica, con un único patrón, y sea necesario escuchar al que es diferente para rebatirlo –en esto consiste el pluralismo– en lugar de limitarse a asentir, militar en una causa o practicar el activismo. Es una idea absolutamente punk en un mundo como el nuestro, donde quien se sale de la fila establecida por determinados movimientos y corrientes sociales es automáticamente señalado como hereje, susceptible de ser censurado y objeto de sanción legal, dado que los sacerdotes identitarios aspiran a fundar una hegemonía social duradera e irreversible mediante la ocupación (partidaria) de instancias institucionales. “Los grandes principios son diferentes y reclaman compromisos distintos, y hay momentos en que chocan entre sí y tienes que elegir”, escribe Berlin.

Sobre la libertad Isaiah Berlin

No hay pues un sendero que no nos conduzca a una encrucijada. Pensar no es un ritual, como sucede en el mundo sagrado de las religiones,. Lo que en unas circunstancias puede ser natural en otras se convierte en artificial. Los escépticos siempre confrontarán con los fanáticos porque la experiencia humana es inconmensurable: nunca encontraremos una manera segura e infalible de decantarnos. Por eso la vida es un hecho trágico e irrepetible. La libertad según Berlin, la esencia misma de la dignidad de cualquier ser humano, no es un dogma. Es un manual (relativo) de instrucciones que debe manejarse con sumo cuidado.