Lo que queda de Cuba, su literatura, por Farruqo

Lo que queda de Cuba, su literatura, por Farruqo FARRUQO

Letras

Lo que queda de La Habana: la literatura de Carpentier, Lezama, D’Ors y Cabrera

La literatura cubana de la última centuria es un simulacro, un mimetismo defensivo del humor inteligente. El camuflaje de una “mariposa indonesia”, llamada Calima en Paradiso, que va más allá de sus objetivos y es devorada por los pájaros

También: Leonardo Padura se enfrenta al miedo (y gana) en un homenaje a los que sobreviven en Cuba

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Todas las penas se pueden sobrellevar si uno tiene una historia que contar sobre ellas, solía decir, a modo de introducción de sus cuentos, Isak Dinesen (Memorias de África), en noches junto al fuego, en su granja de Kenia. Con mil penas que contar, La Habana es hoy una ciudad derruida desde dentro; alejada del futuro, “descrita en su literatura y testimonio de su extraña belleza entre ruinas”, escribe Guillermo Cabrera Infante en El libro de las ciudades.

Las narraciones de Alejo Carpentier o de Lezama Lima, entre otros, son una constante agostada bajo el espíritu barroco de casi todo, aunque parezca ya imperceptible. En su primer libro, La ciudad de las columnas, Carpentier habla de un vendaval, el aire que lo refresca todo, hasta reconocer al ser americano en el Universo.

No asume la descripción desde lejos, como los que han querido destacar los destellos indigenistas del autor, sino que plasma un papel protagonista en el que no importa el sitio, porque prevalecen las visiones. Para Carpentier, las columnas son los puntales de La Habana, el origen de un círculo y el sostén de estructuras urbanas -hoy calcinadas- que, sin carecer de antecedentes en el alarife musulmán español, señalan “patios umbrosos, donde guarniciones de vegetación, troncos y palmeras, convergen en el capitel dórico”.

La cubanidad de Eugeni D’Ors

El barroco es la historia de las lenguas románicas. Con dos momentos fulgurantes: “uno en Góngora y otro en Lezama Lima”. Esta aseveración procede de Eugeni D’Ors al reflexionar sobre la enormidad de Lezama: “el coloso cubano, autor de Paradiso, nos interroga sobre el porqué de la instancia, de la persistencia, de la obsesión barroca y porqué el barroco latinoamericano se expresa precisamente en Cuba”.

La madre de D’Ors era cubana -Celia Rovira y García-, nacida en Manzanilla, en el Este de la isla, el lugar de los deudos del escritor catalán, nacido en Vilanova i la Geltrú, el inolvidable Xènius de una obra conocida y hecha de crónicas, El Glosari, publicadas sucesivamente en periódicos como La Veu de Catalunya, en ABC y en La Vanguardia, en los últimos años del autor.

D’Ors cruza su especial cubanidad con el destino inalcanzado de vivir algunos años en la casa cubana de los Samà, indianos tarraconenses y marqueses de Marianao. Es la etapa orsiana de La ben plantada y Oceanografia del tedi, aparte de sus ensayos publicados en la revista Quaderns d’estudi.

Supone acertadamente que la naturaleza caribeña, dada su proliferación, su superposición, su frondosidad y densidad, debía irradiar forzosamente una forma del barroco (El Barroco; Tecnos, 2018, la traducción de Du Baroque; Gallimard). Un barroco dotado de la artificialidad del cartón piedra, parecido a los decorados del cine mudo hollywoodiense, el kitsch de la desmesura de Robin de los bosques o El ladrón de Bagdad, hasta alcanzar la cima de Cecil B. DeMille en la primera versión de Los diez mandamientos (1923), con un Mar Rojo hecho con paredes de gelatina.

La Habana

La Habana

La narrativa cubana del siglo pasado es una completa simulacióny ahí está precisamente su grandeza. Se estrena genéricamente con una novela de dictador (Carpentier), atraviesa la franja estrecha de una lengua inventada (Lezama) y se repliega en el humor vandálico de los expatriados (Severo Sarduy o Cabrera), y de los resistentes, como Leonardo Padura.

En el primer tramo, con El recurso del método, Carpentier -galardonado con el Premio Cervantes en 1977- pone en marcha la escenografía de la idea orsiana. Es una representación de categorías históricas, las constantes que se esconden y reaparecen, se manifiestan y se disimulan a lo largo de años; que conjugan fenómenos aislados y fenómenos próximos. El barroco se manifiesta como algo continuo, a pesar de representar periodos históricos determinado- los siglos XVI y XVII en España o el siglo XX, en Cuba, entre otros ejemplos- que se ponen de relieve en momentos estilísticamente afirmados.

La carta de Octavio Paz a Lezama

El 3 de abril de 1967, desde Delhi, Octavio Paz escribe una de sus cartas a Lezama en la que glosa el edificio verbal y riqueza increíble del cubano; “un mundo de arquitecturas en continua metamorfosis y, también, un mundo de signos, rumores que se configuran en significaciones, archipiélagos del sentido que se hacen y deshacen; un lento del vértigo que gira en torno a ese punto intocable que está ante la creación y la destrucción del lenguaje, ese punto que es el corazón, el núcleo del idioma.

Además, es la comprobación de lo que algunos adivinamos al conocer por primera vez su poesía y su crítica. Una obra en la que usted cumple la promesa que le hicieron al español de América Sor Juana Inés de la Cruz, Leopoldo Lugones y unos cuantos más”.

La carta revela la relación entre el Nobel mexicano y la llamada Generación Orígenes, un movimiento intelectual y literario fundamental en Cuba, - centrado en la revista Orígenes- en busca de rescatar la cubanidad frente a influencias foráneas, del que forman parte Cintio Vitier y Fernández Retamar. El intercambio se detiene a lo largo de los años sesenta, cuando muchos escritores latinos abandonan las esperanzas políticas depositadas en la Revolución cubana.

Estas esperanzas se hacen añicos en el Congreso Cultural de La Habana, en enero de 1968, y quedan sepultadas tras el clamoroso “caso Padilla” de 1971.

La literatura cubana de la última centuria es un simulacro, un mimetismo defensivo del humor inteligente. El camuflaje de una “mariposa indonesia” (llamada Calima en Paradiso) que va más allá de sus objetivos y es devorada por los pájaros.

La novela de iniciación de Lezama, convertida en obra definitiva, cuenta la reconquista de la infancia y adolescencia de José Cemí, un joven profundamente poético y de fuerte raíz autobiográfica que padece asma, al igual que el propio autor. Paradiso provoca el primer asombro ante el conocimiento de un lenguaje inexistente pero que estaba allí, a disposición de todos, destinado a extinguir el español.

Su reconquista es la conquista de la nueva metáfora, representa una incursión comparativa, que se vuelve delirio en otro libro de Lezama, Oppiano Licario, una confluencia de ruidos, olores y colores plurales, un eco minucioso de cómo, en su día, Julián del Casal dibujó La Habana.

El barroco cubano es una estética contra la lengua colonial que establece orden y taxonomía, “el castellano al que los injertos lingüísticos caribeños envuelven con una fuerza paródica e irrisoria capaz de destruirlo”, en palabras de Severo Sarduy, el autor de Cobra, premio Medicis, de 1972. A más de setenta años de su aparición, la ficción -si es que se la puede llamar así- de Lezama supone un gran reto para el lector inadvertido. Paradiso está todavía hoy en la lista de las cien mejores novelas en español.

Damascos maravillosos

Un día, La Habana aparece sin apenas las ventas que ofrecían el mejor tabaco y sin tiendas donde comprar un traje de hilo color ostra o los damascos maravillosos de la etapa colonial. Cabrera Infante, el autor de Tres tristes tigres y de La Habana para un infante difunto -ex director de la revista Lunes de revolución- se marcha hastiado y se instala en Kensington (Londres), en la zona en la que un día vivieron Henry James y el poeta Robert Browning.

Se pasea mil veces por Oxford Street, atraviesa casi a diario Baker Street, una de las calles más famosas del mundo (“¡mala sea la parte!”) y compra preciosidades en el Liberty de Regent. Cabrera, premio Cervantes de 1999, ha decidido encontrar en otras ciudades el esplendor que fue La Habana. Como buen amante del cine recobra el sortilegio habanero en contadas ocasiones, como le ocurre con la película Bow-up de Michelangelo Antonioni, “el ennui de la mujer que cruza las piernas” y él se la imagina sentada, frente al malecón.

Más allá de la decadencia arquitectónica actual, la ciudad sigue siendo una increíble profusión de columnas, en una ciudad que es emporio de columnas, selva de columnas, columnata infinita, “última urbe en tener columnas en tal demasía; columnas que, por lo demás, al haber salido de los patios originales, ha ido trazando una historia de la decadencia de la columna a través de las edades”.

Horror al vacío

No hace falta recordar aquí que, en La Habana, podría un transeúnte salir del ámbito de las fortalezas del puerto, y andar hasta las afueras, atravesando todo el centro de la población, recorriendo las antiguas calzadas del Monte o de La Reina, tramontando las calzadas de El Cerro o de Jesús del Monte, siguiendo una misma columnata, en la que todos “los estilos de la columna aparecen representados, conjugados o mestizados hasta el infinito.

Columnas de medio cuerpo dórico y medio cuerpo corintio, jónicos enanos, cariátides de cemento”, sin ignorar la existencia del modern-style de comienzos de siglo XX, ciertas ocurrencias de arquitectos catalanes y las reposteras innovaciones de "estilo Gran Vía" de Madrid.

Junto a las columnas, y entre ellas, las gentes, su bullicio y otros elementos arquitectónicos imprescindibles para entender “el complejo aire del conjunto, la lógica de un ambiente exuberante, de un paisaje sincrético que expone su natural simbiosis abigarrada con toda la fuerza que proporciona un tremendo horror al vacío”.

Los personajes de Carpentier aparecen de sopetón cuando no lo esperas, como aquel poeta que conoció a un intelectual catalán de hablar pausado, en voz muy baja, con un tono siempre de viva cordialidad. El acento indefinible del hombre que se acerca a la cultura por muy diversos caminos y conoce muchas lenguas. Se lo presenta, en Madrid, Alfonso Reyes, el mexicano universal; el poeta le pregunta de qué país latino es el recién conocido.

Y muy asombrado Don Alfonso le responde: “Pero, ¿no lo conoces? Si se trata de Xènius”.