Ilustración del escritor Vladimir Nabokov

Ilustración del escritor Vladimir Nabokov Farruqo

Letras

Nabokov, entre la ninfa y los dioses

Vladimir Nabokov, el escritor constructor de prosas y mundos enteros, comprometido hasta el extremo con el arte y exiliado para siempre de su país natal, Rusia

También: Joseph Conrad, la frontera del mal

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La ninfa que revolotea entre los moteles del Middle West es un genio inmortal disfrazado de niña, perseguida por un psicópata, el profesor Humbert Humbert. Esta es la esencia de Lolita, la novela que hizo rico y famoso a Vladimir Nabokov, al traspasar a su protagonista la convicción de que la ninfa es la médium encontrada por los dioses o por algunos hombres, como Humbert, tan prisioneros de su maldad creativa que se consideran afortunados. Es fácil establecer el puente de las “aguas mentales” entre las ninfas y lo sobrenatural, enmarca el célebre editor italiano Roberto Calasso.

Narrador es aquel que ve sin prejuicios los colores emotivos, sin entrar en la moral. No podemos condenar a Humbert del mismo modo que no podríamos condenar al Raskolnikov de Dostoyevski (Crimen y castigo), solo porque combatió el mal a través del mal.

Nabokov descargó sobre su Lolita —publicada en 1955— la convicción de que la ciencia de la ninfolepsia “es muy precisa”. La precisión en su caso exigió la exactitud algebraica de la buena literatura, un escalón por encima de sus otras dos pasiones: el ajedrez y la entomología, que le convirtió en responsable de la colección de mariposas de la Universidad de Harvard.

Portada del libro ´Lolita´ de Nabokov

Portada del libro ´Lolita´ de Nabokov Anagrama

El juego de las negras sobre un tablero le procuró felicidades relámpago, porque la conquista de un lugar mental o de una casilla sobre el tablero solo satisface mientras se tiene como nostalgia; en un epílogo de La poesía del ajedrez (Nabokov) y de Poems and problems, del autor ruso, Félix de Azúa reprende a los anti nostálgicos que no contemplan el juego como magia y “no poseen este refugio de faraones”, que estaba al alcance del autor. Azúa les aconseja, “prudencia y a jugar”.

En el canon de Vladimir Nabokov, Javier Marías, señala que cuesta un poco encontrar sus relatos cortos; todos rozan el nivel de otros grandes maestros, como Salinger, Carver, Dinessen, Capote, James o Kafka y, desde luego, los del autor ruso son mejores que los tan celebrados de Hemingway.

Nabokov y su no retorno

Nabókov nació el 22 de abril de 1899 en San Petersburgo; su aristocrática familia hablaba ruso, inglés y francés, por lo que fue trilingüe desde muy temprana edad; aprendió a leer y a escribir en inglés antes que en ruso; sus ficciones Lolita, Ada o el ardor y Pálido fuego le sitúan en el panteón de la lengua de Shakespeare.

Portada de ´Pálido fuego´ de Vladimir Nabokov

Portada de ´Pálido fuego´ de Vladimir Nabokov Anagrama

En 1919 huyó de la Rusia bolchevique para instalarse brevemente en Alemania e Inglaterra (donde, junto a su hermano, Sergeui cursó estudios en Cambridge). Abandonó la Europa de la II Guerra Mundial para vivir en Estados Unidos y, a partir de 1940, comenzó a dar clases de Literatura comparada en el Wellesley College; y en otras universidades, como Cambridge o Cornell.

En abril de 1991, Le Monde publica la muerte de Vera Nabokov, esposa del escritor, y con ella se extingue la memoria de la literatura rusa en el exilio. De origen judío, discreta, guapa a rabiar y dotada por una erudición literaria sin fin, Vera había conocido a Nabocov en 1923, en un baile de disfraces, en Berlín. El gran escritor le dedicó todos sus libros y Vera vivió durante 30 años en el Hotel Montreux-Palace, a orillas del lago Lemán, en Suiza, en la habitación de Ada (Ada o el ardor), paseando casi siempre sola, bajo los estucos y las cariátides del teatro del hotel helvético.

La vez que Vera Nabokov salvó ´Lolita´

Fue un crítica espectral de Lolita que comparaba con los Cuentos libertinos de Balzac, dos ejemplos rechazados por los grandes editores norteamericanos. Vera se deslizó artificialmente en el común sentir de la cultura anglosajona, marcada por el puritanismo aparente, del que habla Susan Sontag. Despreciar el sexo equivale a prohibir su lectura a millones de ciudadanos; la gente se queda in albis, “como si nunca hubiesen escuchado Las bodas de Fígaro o Don Giovani”, escribe Stephen Vizinczey (Verdad y mentiras de la literatura).

Nabokov leía y escribía de pie frente a un atril. Detestaba a Mann, Faulkner, Conrad, Lorca, Lawrence, Pound, Camus, Balzac o Forster. Toleraba a Henry James, Conan Doyle y H.G. Wells. Confiesa que no entendió El Quijote, pero acaba reconociendo que el libro de Cervantes llegó a emocionarle.

Su compromiso con el arte le lleva a un esteticismo extremo; despliega una influencia notable en autores como Pynchon, DeLillo o Banville. Tras su muerte en Montreux, en 1977, Edmund Wilson, el crítico de la Lost y profesor de Princeton, considera enorme su prosa, “en la que hay algo similar a Proust, algo similar a Kafka, algo similar a Gógol”.

Nabokov padece insomnio de por vida; nunca vuelve a Rusia ni vuelve a saber de Tamara, una antigua novia a la que escribía con devoción a su paso por Crimea, primera estación de su largo exilio. Lo zanja todo en Habla memoria, publicada con nombres cambiados “para no ofender a los vivos ni causar molestias al descanso eterno de los muertos”, dice en el primer prólogo el hombre que escribe esbozando una sonrisa.

Jordi Llovet no exagera cuando sitúa este libro entre las mejores autobiografías del Siglo XX, “una lectura personal, una narración universal”, más allá de las ficciones del maestro exiliado.

Portada de ´Habla memoria´ de Nabokov

Portada de ´Habla memoria´ de Nabokov Anagrama

La creación de Nabokov

Nabokov nunca fue sincero salvo en la coherencia de la creación literaria, donde el detalle manda, como sabemos por su traducción de Eugenio Onieguin de Pushkin. Construye frases, palabras y hasta mundos enteros. Defiende el estilo con la punta de sus dedos. Anticipa su Lolita en otra ópera magna de la elocuencia, Invitación a una decapitación, donde descubre al lector que el ejecutor puede ser el amigo de su víctima o que un ser humano pueda amar a otro ignorando su dolor.

Es un vicio de este gran constructor de prosas; no olvidemos que, en Lolita, el autor perpetra la muerte de la madre de la niña en accidente, con lo que a Humbert, esposo de la fallecida, se le abre el firmamento; va a por la ninfa. El lascivo pederasta tiene buen gusto; viste bien odia el estilo de vida americano de las gentes que pueblan las autopistas o los moteles recargados y sucios. Quiere ser el hombre culto, destinado a tener sentimientos nobles. Es el que ama literalmente: “Te amaba. Yo era un hombre vil....., mais je t’amais, je t’amais...”

Lo mejor del recuerdo de Nabokov en castellano procede de Javier Marías, autor de Vladimir Navocov en éxtasis, que incluye El canon Nabocov, Fantasmas leídos o La novela más melancólica (Lolita recontada). El escritor ruso incluye en su antología 39 poemas originalmente en ruso y traducidos por él mismo, 14 poemas escritos en inglés y 18 de sus composiciones ajedrecísticas. Una selección de los poemas —traducidos por Javier Marías— y los problemas con soluciones ajedrecísticas —trabajo coordinado por Félix de Azúa— fueron publicados en 1999 bajo el título Desde que te vi morir.

Portada de ´Desde que te vi morir´

Portada de ´Desde que te vi morir´ Alfaguara

Marías destaca que la esposa de Nabocov, Vera —mujer estatuario— logró detener al autor cuando este se disponía a quemar los primeros capítulos de Lolita, su obra magna.