Fotografia de Natalio Grueso

Fotografia de Natalio Grueso Dos Passos

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Natalio Grueso recupera la libertad

Natalio Grueso, el prófugo gestor cultural que cruzó la frontera con Portugal para establecerse en un pueblecito del Algarve donde poder dedicarse a escribir

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Como es natural, la prensa catalana se ha fijado más en el indulto (concedido el día 28 de este mes) a Laura Borràs, condenada por corrupción cuando dirigía la institución de les Lletres Catalanes y favoreció, troceando encargos para que no tuvieran que salir a concurso, a un amigo suyo. El tribunal la condenó a cuatro años de cárcel, en sintonía con la ley, pero señalando en la misma sentencia que la pena le parecía desproporcionada.

De manera que, por censurable que nos parezca toda la trayectoria pública, y hasta el carácter, de la señora Borràs, en realidad me parece que indultándola se le ha hecho justicia. El indulto no afecta a las distintas inhabilitaciones para cargo público, que en total suman trece años. Lo cual es un respiro para todos, aunque ella se dé por insatisfecha con el indulto e insista en que recurrirá a la justicia europea. Como dicen en francés bon débarras. En español, que se vaya a… a la vía, o al muelle.

Seamos indulgentes

Creo que también es de justicia señalar que algunos gestores del patrimonio público, los más impacientes y temerarios, que quieren obtener resultados de los que poder jactarse cuanto antes mejor, se saltan las estrictas normativas legales, pues en España éstas son tan estrictas, cuantiosas y laberínticas (por ejemplo en el ámbito de la cultura) que si no se las saltasen (por ejemplo: ahorrándose la convocatoria de un concurso público y confiando tareas a gente de confianza) no podrían hacer nada.

No digo que hagan bien, y además incurren en la insensatez más peligrosa, pues hoy todo se sabe, todo trasciende, como ha sido el caso de la señora Borràs.

Fuera de Cataluña también se ha criticado y ha sido objeto de muchos comentarios sarcásticos otro de los indultos, el de Juan Fernández Gutiérrez, exalcalde de Linares (Jaén), militante del PSOE, que había sido condenado a tres años de prisión y siete de inhabilitación por malversación, al acreditarse que durante seis años cobró un sobresueldo mensual de 1.700 euros con cargo a la cuenta del grupo municipal del PSOE, nutrida con dinero del Ayuntamiento. El perjuicio se cifró en 125.377 euros, que Fernández ya ha devuelto.

Se le indulta la prisión, no la inhabilitación. También me parece bien, pues ya saben mis lectores (en el caso de que existan) que en principio no me gusta que vaya a la cárcel gente que no ha cometido delitos de sangre ni arruinado a ancianos desvalidos y otros crímenes odiosos. Seamos indulgentes, amigos. Mucho no nos cuesta, y luego, cuando nos miramos al espejo, nos podemos decir: “Esta es la cara de un hombre bueno”. Lo cual resulta grato.

Natalio Grueso: escritor y prófugo

En cambio, se ha hablado menos del indulto a Natalio Grueso, que había sido condenado a ocho años de prisión. Durante su etapa al frente de la Fundación Centro Niemeyer en Avilés, Asturias, (desde su creación a finales de 2006 hasta su marcha en 2011-2012), se apropió de fondos de la fundación a través de facturas falsas o manipuladas, con las que se benefició tanto él mismo como familiares y amigos de su entorno. Creo que los desfalcos consistían principalmente en numerosos e injustificados viajes de avión y estancias en hoteles de sus familiares y amigos.

Eso está muy mal, pero de los tres indultos éste es el más digno de celebración, dado el carácter literario de la aventura y desventura del señor Grueso, que rescata la cochambre de comprar billetes de avión para la familia a cargo del erario público.

Para empezar, el señor Grueso parece que es un notable escritor (hasta la fecha tres novelas y tres ensayos), elogiado por Vargas Llosa, y desde luego un excelente gestor cultural, que hizo brillar algo tan complicado como el centro cultural de Avilés. Oscar Niemeyer lo proyectó cuando ya estaba muy mayor y ciego, de manera que lo “dibujó” de memoria y los cuatro edificios curvos que lo conforman —la cúpula de las exposiciones, el Auditorio, la torre-mirador con su restaurante panorámico sobre la ciudad, y el edificio polivalente –cine, salas de reuniones y de conferencias—, son un poco autocitas de trabajos previos.

A mí me parece que, allí donde se alza, el centro cultural está fuera de escala y siempre que lo veo al pasar en coche me deja una impresión un poco depresiva. Menuda papeleta hacerse cargo de eso. Pues Grueso supo con inteligencia ponerlo en el mapa y llevar adelante una programación atractiva. Por el camino, se hizo muchos amigos internacionales de relevancia (entre ellos Woody Allen) que a la hora de conseguirle el indulto han sido influyentes.

Tras salir del Niemeyer, Grueso pasó a dirigir la red de teatros municipales madrileños, tarea de gran relevancia pues en Madrid el teatro está muy vivo y concita mucho interés (por ramplón que sea, en general). Al cabo de dos años afloró el escándalo de sus cuentas en Avilés, y él, en vez de entrar resignadamente en prisión… ¡se dio a la fuga!

Dos años después la policía, con una orden de busca y captura europea, lo encontró en el pueblito del Algarve, la turística región del sur de Portugal. Parece que vivía solo, en una aldea de una isla, con la mayor discreción posible, y se dedicaba a escribir. Había elegido para esconderse un lugar de muy buen gusto, y establecido muchas precauciones para no ser localizado, pero, como suele pasar en estos casos, la policía llegó a él a través de los inevitables contactos que de vez en cuando sostenía con miembros de su familia.

En el mundo de hoy hay que ser un poco ingenuo para fugarse, si no vas a un país en el que no haya tratado de extradición con España. El indulto se le ha aplicado a Grueso en atención a la mala salud que se le declaró cumpliendo condena en la cárcel de Aranjuez. Desde aquí le deseamos una pronta recuperación, en la confianza en que además de esta peripecia sin duda angustiosa saldrá un testimonio interesante en forma de libro…