“Gaudí trabajando en el obrador de la Sagrada Familia”, 1900 Fundación Antonio Gaudí
Adorados, aplaudidos, jaleados por la historia, el poder y sus peatones. Los artistas (que no las artistas) pueblan las listas de los grandes éxitos de la civilización. Referentes en creatividad, endiosados hasta el mito. Qué sería de la leyenda del hombre artista hetero sin las mujeres. Ellos, héroes o canallas; ellas, rescatadas o víctimas. Picasso, Modigliani, Diego Rivera o Pollock.
Sementales torturados, macho cazador, encantadores de serpientes. El eje de dominación sigue todavía dirigiendo el ritmo de unas cuantas narrativas. Artistas que se ensalzan hasta lo sobrenatural a lomos de la historia terrenal de mujeres. Nunca fue así. Sin embargo, ¿qué ocurría cuando esas mujeres que deberían haberles labrado su leyenda les dieron calabazas?
Traigo tres casos. Uno está basado en una biografía, el otro lo explica mi divulgador de arte favorito, Waldemar Januszczak, y el tercero es una suposición y parte de unas memorias.
Antoni Gaudí: parábola de una seducción
Retrato de Gaudí joven
Lo cuenta Gijs van Hensbergen en su biografía de Gaudí (Taurus, 2026). Una biografía que hay que leer ni que sea por razones sentimentales ya que estamos. Me atrajo porque me hizo recordar una anécdota. Era a principios de los ochenta —yo era muy pequeña—. En la televisión salían eruditos a deshacerse en elogios en torno a la obra del genio que a mí me fascinaba por toda esa fantasía supongo, qué sé yo.
Mi abuela, sentada en su silla tras el sofá, se reía por lo bajini (solo las bagasses reían a carcajadas) y un día le pregunté. Ay, nena —suspiró— cuando ella era pequeña como yo —nació en 1908— y pasaba frente a la Pedrera con su madre de la mano, la recordaba lanzando todo tipo de improperios hacia la obra de Gaudí —además del polvo y el jaleo que se lió con las obras—, protestaba con los demás vecinos de lo feo que era todo lo que hacía aquel hombre y que només feia bunyols (solo hacía buñuelos).
Fachada de Casa Milà o “La Pedrera” en 1912
Toda Barcelona —me contó— veía con horror sus edificios y ella también durante toda su vida. No era una artista, ni particularmente culta, aunque hacía un primoroso encaje de bolillos. Desmenuzaba el pan seco en té de malta por las mañanas, estaba enamorada de Terenci Moix —como todas las abuelas de los ochenta supongo—, odiaba a las monjas, citaba a menudo a Rosario de Acuña (nunca recordó su nombre), una librepensadora erradicada de la historiografía de las ideas ya sabemos por qué, y se quejaba de las veces que le habían cambiado los nombres de las calles porque ya no sabía ni adónde tenía que ir cuando le daban una dirección.
Claro que lo entendía. Si bien nunca comprendió por qué tenían que tocar el de la calle Menéndez y Pelayo, y qué tendría que ver aquel gran estudioso para ella con toda aquella colla de borinots (esa pandilla de botarates).
Resulta emotivo leer en la biografía de Gijs van Hensbergen la inquina con que Barcelona recibió la obra de Gaudí. Con fuentes historiográficas, con aproximación científica. Es una obra seria y cumplidamente ambiciosa. Pero ese engaste con los recuerdos de las personas unidas a la historia de Barcelona durante generaciones la hace tan verídica, tan real y certera que reconcilia.
Modelo de galán de la Belle Époque: Retrato del conde Robert de Montesquiou de Giovanni Boldini (1897)
Pepeta Moreu y Gaudí
Así que Gaudí no era ningún galán fabulosamente decadente de la Belle Époque catalana ni las mujeres suspiraban en secreto por sus favores. Antoni tenía el cabello castaño claro —se deduce—, ojos azules, estatura mediana y piel lechosa. No era un tipo feo y vestía con estilo. Ella se llamaba Pepeta Moreu. Era profesora de francés en la Cooperativa l’Obrera Mataronense, junto con su hermana, Agustina. Bastante guapa, pelirroja, pálida, de apostura romántica, halo de ángel.
Fotografía de Pepeta Moreu
Se conocieron en 1881. Antoni fue a visitarlas cada fin de semana durante los siguientes cuatro años. Pepeta debía ser una mujer educada, daría conversación, atenta con los invitados, discreta en sus opiniones, pero lo cierto es que Antoni Gaudí le caía mal. Lo veía estirado, sin gracia alguna, torpe. Imaginémosle sentado al borde de una silla tapizada, o de un sofá, circunspecto, la espalda tiesa, el cuello tenso, con alguna frase cortante siempre en la punta de la lengua, la barba crespa.
Pero lo que peor llevaba Pepeta era un detalle que no puede apreciarse en las fotografías y del que raras veces se echa cuenta: el olor. En la Barcelona de finales del XIX, los cuartos de baño no existían. Los olores se enmascaraban con pomadas de violeta o de rosas que costaban dinero. La higiene era una poderosa barrera de clase y de afinidades. La clase media prestaba atención a esas cosas. Se lavaban las partes más sensibles con una toallita mojada en el agua, a veces perfumada, de una jofaina sostenida por un palanganero más o menos elegante que se disimulaba en la esquina del dormitorio.
“La Toilette” de Mary Cassatt (1891)
Antoni Gaudí olía mal. Durante cuatro años, Pepeta recibió a aquel arquitecto de treinta y tantos en su casa hasta el día en que, finalmente, se le declaró. Debió notar el susto en el corsé. Ella no albergaba sentimientos hacia él y, por lo demás, estaba ya comprometida. De qué hablarían en aquellas visitas para que Gaudí jamás intuyera ni lo primero ni advirtiera lo segundo.
Los ojos como platos, las manos reposando sobre el regazo, las rodillas apretadas, espesas bajo su falda de popelín. El rechazo debió suponer a Gaudí tal humillación que nunca más volvió a colocarse en semejante tesitura. Desde luego no regresó. Consagraría sus sentimientos a la religión y su amor al arte. En cuanto a las musas, ese es otro cantar.
El amor, la religión y la masculinidad
No iba a ser un caso aislado. En los otros dos casos que comentaremos, la religión también juega un papel fundamental en la sentimentalidad masculina. La búsqueda de Dios, de la perfección espiritual, refugio de pundonores dañados. Y eso que decían que no querían dar el voto a las mujeres porque obedecerían al cura. La historia de las excusas es una labor pendiente.
Barcelona se lo debe todo a Antoni Gaudí. Inexplicablemente, apenas se le han dedicado documentales o películas, los vídeos sobre él o —más importante— sus obras en plataformas populares como youtube apenas pasan del panfleto turístico o de algunos trabajos de primaria o secundaria, cuando no del empobrecedor contexto de sus filias y fobias políticas, con escasa o nula atención a su técnica, a sus principios estéticos o a la ejecución de su arte, sin trabajo de imagen.
La biografía de Gijs van Hensbergen, equilibrada, bien documentada, de esmerada prosa crecida en el detalle de la descripción —difícil—, consciente de que esto va de imágenes, es el retrato de una época que forma parte de nuestra historia y también de la vida de Barcelona.