Detalle de la portada del libro de Diego Carrasco

Detalle de la portada del libro de Diego Carrasco

Letras

Bartolo, un perro muy humano

'Bartolo, vida de perro', de Diego Carrasco, es la biografía del chucho que le ha hecho compañía durante sus frecuentes retiros en la finca de unos amigos en Cádiz, y es el segundo libro del autor en 34 años

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Hay escritores que se toman su tiempo entre libro y libro. Véase el caso de mi viejo amigo Diego Carrasco (Buenos Aires, pero Sevilla, como dice él, 1951). Nos conocimos a finales de los años 70 en la redacción de la revista Disco Exprés, y cuando quedó finalista del premio Herralde en 1991 con una estupenda novela titulada El tesoro japonés, me puse a esperar con ilusión su siguiente libro.

Afortunadamente, lo hice convenientemente sentado, ya que la espera ha sido muy larga hasta la aparición de Bartolo, vida de perro (Editorial Athenaica), biografía del chucho que le ha hecho compañía durante sus frecuentes retiros en la finca de unos amigos en Cádiz, donde se le permitía gorronear sin tasa a cambio de ejercer de seudo guardés, mantenerla en buen estado y cuidar del bueno de Bartolo, un perro imbuido de su mismo fatalismo amable con el que llegó a mantener una entrañable amistad mientras sospechaba que el bicho tenía más de humano de lo que aparentaba: se dio cuenta definitivamente cuando vio que el chucho, que empezó durmiendo a los pies de su cama, no tardó mucho en subirse al colchón y culminó su progreso durmiendo con la cabeza en la almohada: así se lo encontró el amigo Diego una mañana al despertar.

Portada del libro de Diego Carrasco

Portada del libro de Diego Carrasco

Pese a nuestra larga amistad, nunca he sabido con exactitud qué es lo que apartó al señor Carrasco de la literatura. En vez de dedicarse a ella, ha vivido de trabajos alimenticios bastante divertidos, como estar al frente del Equipo 28, responsable de publicaciones y exposiciones en la Sevilla post 92, o prestar su talento a las Reales Maestranzas de Caballería de Ronda y Sevilla, que le siguen alimentando a día de hoy.

Anfitrión en Sevilla

Aparte de eso, Diego ha resaltado en el arte de cuidar de los amigos (si caes por Sevilla, el hombre deja lo que esté haciendo para ponerse a tu servicio y acompañarte cada día a comer y a cenar, trayéndote además a algunos amigos suyos muy simpáticos).

Diego tiene también la habilidad de hacerte reír con sus salidas de pata de banco, que constituyen un admirable hecho diferencial sevillano. A principios de los 80, durante un periplo norteamericano, le llamé desde Los Ángeles para ver si podía quedarme unos días en el apartamento del Village neoyorquino que compartía con su novia americana y me respondió: “Yo encantado, pero te advierto que aquí ya están volando las cacerolas”, en clara referencia a que su romance transatlántico se encontraba en fase de naufragio.

Bartolo, vida de perro se ha publicado prácticamente contra la voluntad de su autor. Él se limitaba a escribir unos resúmenes de sus estancias en El Cerro para entretener a su anfitriona, María Llorente, pero esos textos cayeron en manos de una amiga común a la que le gustaron mucho, se los pasó a un editor y así acabaron convertidos en este extraño y entrañable relato que hoy les comento.

La palabra justa

Voluntaria o involuntariamente inspirado por el Gerald Durrell de Mi familia y otros animales, Bartolo, vida de perro es un poco, como la serie Seinfeld, un libro sobre nada, pero la cotidianidad de Diego y Bartolo está tan bien narrada que lo acaba envolviendo a uno en un territorio físico y literario que lo atrapa.

Escrito entre 2013 y 2025, a ratos perdidos, pero siempre con la palabra justa, estas páginas vividas nos muestran en todo su esplendor a Bartolo, desde que entra en contacto con el autor hasta su fallecimiento a los diecisiete años. Al principio piensas: “¿Y a mí que me importa el maldito chucho?"

El escritor Diego Carrasco, en una imagen en Anagrama

El escritor Diego Carrasco, en una imagen en Anagrama ANAGRAMA

Pero enseguida te sumas a ese narrador que no te explica casi nada de sí mismo y sigues atentamente la evolución del perro más humano de la historia, acompañándolo en sus expediciones amorosas, de las que vuelve hecho un trapo, mordido y sangrando, sufriendo con él cuando le cortan los cataplines para que deje de dar la tabarra y de ponerse en peligro, compadeciéndole cuando, extinguido a la fuerza el deseo, se dedica a engordar y a pasarse el día dormitando en el sofá y aplaudiendo el afecto que siente por un humano que, en el fondo, no es tan distinto de él (de ahí la cabeza en la almohada mientras le suspira y le ronca en el cogote).

El mayor bien es pequeño

Este libro tiene algo de autobiografía por perro interpuesto. No es que el autor nos explique su vida y milagros (¡Dios le libre!), pero se las apaña muy bien para explicar cómo va por el mundo y la poca importancia que le concede a esas cosas que justifican a tanta gente: el ego, las ganas de triunfar, la necesidad de fardar de los propios logros…

En ese sentido, el señor Carrasco se presenta como una mezcla de estoico y epicúreo que, como el narrador de la canción de Ray Davies, lo único que quiere es una vida tranquila, pues ha llegado a la conclusión, como Calderón, de que el mayor bien es pequeño y toda la vida es sueño y los sueños, sueños son.

Dedicar casi 200 páginas a la convivencia con un perro y conseguir que te las leas porque te atrapan es un logro que no está al alcance de casi nadie. Ideal como lectura veraniega, Bartolo, vida de perro es como una casita acogedora en la que se está muy a gusto.

Espero no tener que esperar otros 34 años para leer algo más de mi amigo, de mi Bartleby particular, sobre todo porque, dada mi edad, es poco probable que llegue vivo al 2059. Y si no escribe nada más, tampoco pasa nada: le visitaré en Sevilla y trataré, inútilmente, de suplantar al difunto Bartolo.