Jonathan Swift
Jonathan Swift y la desigual batalla entre los escritores antiguos y los modernos
El sello H&O publica en su nueva colección de clásicos la sátira del escritor irlandés acerca de la guerra literaria que, en el siglo XVIII, libraron los escritores clasicistas con los autores ilustrados
La editorial HyO ha fundado una nueva colección de clásicos diferenciada de su línea de propuestas actuales: Biblioteca HyO. Y lo hace con un libro diminuto (La batalla entre los libros antiguos y modernos, escrito por Jonathan Swift en 1697 y publicado en 1704) y otro enorme (Los últimos días de la humanidad, de Karl Kraus). La serie continuará con Consells als joves escriptors, de Charles Baudelaire y Primer amor y otros pesares de Harold Brodkey.
¿Por qué un libro tan coprófilo y tan necrófilo como esta primera obra de Swift resulta tan sumamente elegante e inteligente? ¿Es por la diáfana traducción de Cristóbal Serra, esa especie de escritor secreto (como Brodkey) que nos presenta Nadal Suau en el prólogo? Sí, pero también por el aroma que desprende esta prosa medida y cuidada de Swift, aroma a Lucano, a Petronio, a Aristófanes y a Plauto, aroma a la misma Antigüedad dinámica que viene a defender el autor frente a las insoportables innovaciones de su época. En la polémica entre antiguos y modernos de 1700 se consideraba en serio una extraña paradoja; mientras los arcaicos representaban la infancia de la Humanidad, los nuevos formaban parte de la madurez, así que los modernos eran los verdaderos antiguos, mientras que los antiguos eran los verdaderos modernos.
'La batalla entre los libros antiguos y modernos'
Los antiguos, es decir, las abejas, en la logomaquia de Swift, son aplicados y trabajadores, y construyen pacientemente con buenos materiales. Pero, en cambio, las arañas, es decir, los innovadores, son jactanciosos y altivos, buenos solo para las sátiras y la crítica porque lo único que saben segregar es veneno y redes muy precarias que se lleva el viento. Yo no sé si Swift se dio cuenta de lo moderno que era en este aspecto, porque estaba escribiendo precisamente una sátira. Y no otra cosa era Los viajes de Gulliver, publicada en 1726. Y, ¿quiénes eran las abejas? Según Swift, Homero, Esopo, Aristóteles, Platón, Píndaro, Euclides, Heródoto y el historiador Livio. Entre las arañas figuran los poetas Tasso y Milton, los filósofos Descartes, Gassendi y Hobbes, el historiador Mariana, y el inventor John Wilkins, a quien yo conocía de la asignatura Historia de la Lingüística, que estudié hace veinticinco años, entre otros. Palas Atenea lidera a los antiguos, mientras que Momo, el espíritu bajo de las comedias, capitanea a los modernos.
Con los ilustrados vivo una escisión: por una parte, el estilo de los pioneros me parece insuperable: Voltaire, Montesquieu, Fontenelle y, claro, también Swift, amalgaman el dinamismo romano y la subversión sutil, siendo los maestros indiscutibles de la ironía; sin embargo, nuestro tiempo nos obliga a simpatizar con los radicales de 1790: Mably, Holbach, Chamfort, Condorcet, incluso Marchena y Blanco White, aunque estilísticamente sean más pobres. Parece que los pioneros tenían todo un mundo por delante, los cansados se encontraron muros contundentes y tuvieron que crisparse un poco. Ya algunas cosas de Fichte parecen propaganda megalómana. Y España no fue ajena a este proceso: comparen una página transparente de Feijoo o Mayans con otra de Cañuelo o Gallardo. El premio se lo acabaron llevando los equilibrados: Jovellanos, Cadalso, Moratín hijo; aunque a quien más se parece Swift es a Forner, antimoderno sofisticado como él.
Primera edición del libro
Un libro que empieza así no puede ser malo: “La sátira es una clase de espejo en que quienes se miran ven reflejado el rostro de todos, menos el suyo”. Aquí en estas sátiras finas y gamberras a la vez se ejercita la escuela de ensayo más ágil de todos los tiempos, la del siglo XVIII, aún con resabios barrocos o isabelinos, pero con la frase depurada y neohelenizada. A los que temen la voz de la crítica y se refugian en el victimismo tan de moda entre nuestros pobrecitos novatores iliberales, automiméticos y estroboscópicos, que se apliquen este cuento: “La experiencia me enseñó a no temer daño alguno de aquellos entendimientos a los que he podido irritar, ya que la ira y el furor, aunque añaden fuerza a los nervios corporales, relajan los del espíritu y tornan débiles e impotentes todos sus esfuerzos”.
Lo cual puede venir a significar: no perdamos tiempo malhablando ni con habladurías ajenas, que otra cosa es criticar con seso. Nunca fue más salvaje la rivalidad literaria que en los siglos XVII y XVIII. Causa pasmo ver cómo se desgarraban e insultaban adalides del pensamiento racional, acusándose de ser monos o arañas, o de alimentarse de gusanos. En esta fábula en prosa de Swift, una parodia de los encontronazos y duelos titánicos de la Ilíada, se enfrentan las abejas, partidarias de lo Antiguo, con las arañas, partidarias de las novedades y del empirismo. El espíritu guerrero y lenguaraz venía con el oficio de escritor, y lo que escribió Swift en 1697 no es más que una magnífica pieza de crítica destructiva lanzada contra la nueva filosofía idealizante propia del siglo que estaba a punto de terminar.
Porque Descartes es quien más sale perdiendo de esta furia antimoderna y de algún modo extraño y peculiar promoderna del de Dublín: “Aristóteles, viendo que Bacon adelantaba con semblante iracundo, llevóse el arco a la altura de la cabeza y soltó la flecha, que no dio en el valiente Moderno, sino que pasó silbando por encima de su testa. Pero hirió a Descartes; pues la férrea punta halló pronto un defecto que tenía su yelmo, y, traspasando el cuero y el cartón, penetróle por el ojo derecho”. Unas páginas atrás, Swift se había quejado de que la diosa Momo solo miraba hacia adentro, con los ojos vendados, incluso.
Escuchemos por última vez uno de los consejos que aporta Swift al arte de escribir. Hoy como ayer, parece que un severo déficit de inventiva puede llegar a rebajar seriamente la calidad de una literatura: “El ingenio, desprovisto de ciencia, es un género de nata que se acumula hasta arriba en una noche y que una mano diestra, batiéndola, puede convertir pronto en espuma; mas, una vez deshecha la espuma, lo que debajo de ésta queda no es bueno sino para echar a los puercos”. Queda dicho: volvamos a aplicar la ciencia al ingenio para volver a escribir cosas divertidas, hondas y portátiles, y ligeras como las de Swift, porque tanta solemnidad y tanto ruido como hemos de tragar ya nos van pareciendo estomagantes; es decir, más nata y menos espuma de ego mediocre, de sombra y de sueño que no conduce a nada.