El escritor norteamericano Stephen King

El escritor norteamericano Stephen King

Letras

Stephen King: ¿carne o pescado?

El escritor norteamericano cumple 75 años sin que sus libros, adorados por el público y con ventas editoriales millonarias desde hace años, hayan conseguido también el reconocimiento académico o el respeto de la crítica

18 marzo, 2024 17:42

¿Cómo nos va a caer mal Stephen King? Un tipo que, justo antes de recibir el impacto de los focos, escribe en una vieja máquina de escribir en una roulotte junto a su mujer y sus hijos en un pueblucho de Maine. El niño gafotas y grafómano que diseña una parodia del diario de la escuela. Hijo de un padre que va a comprar tabaco y no vuelve. Uno de tantos marginados que encuentra refugio de su realidad en la ficción más extrema: tebeos de terror, novelas de miedo, de Twilight Zone. Un joven universitario que, para pagarse la matrícula, echa media jornada como sepulturero. Un escritor desconocido que abandona su trabajo de maestro –“la profesión más extenuante para la creación”, escribió-- para apostarlo todo a la literatura y colecciona cartas de rechazo.

Una persona que cuando se ve ungido con el éxito –su esposa Tabitha rescata una novela sobre una adolescente llamada Carrie de la basura-- no cambia sus rutinas ni esencialmente su manera de vivir porque es feliz de esa manera. Un señor que después de vender cuatrocientos millones de libros sigue apareciendo cercano y accesible. Un tuitero comprometido y ocurrente. Que afirma escribir cada día cuatro horas desde bien temprano. Que confiesa sus adicciones y las supera y comparte sus secretos de en el maravilloso Mientras escribo. Que vende los derechos de sus obras por cuatro chavos a jóvenes emergentes para que las adapten. Que en el magnífico despacho de su flamante mansión no puede más que escribir en un rincón oscuro contra la pared. 

Cartel del documental 'Stephen King. Maste of Horror'

Cartel del documental 'Stephen King. Maste of Horror'

¿Pero qué pasa con su obra? ¿Cuál es el secreto de su éxito? ¿Posee de verdad calidad literaria? Para empezar, King ha conseguido eso tan difícil de que el público de finales del siglo XX conozca a sus personajes incluso sin haberlos leído. En buena parte por culpa de las múltiples adaptaciones cinematográficas y televisivas. En nuestras pesadillas aparecen la menstruación telequinética de Carrie, el payaso asesino Pennywise, los chavales de Cuenta conmigo, las fauces de Cujo, la carrocería de Christine, los largos pasillos del Hotel Overlook. El secuestro de Misery. Pero también de las fábulas con moraleja de algunos de sus relatos -tal vez lo más canónicamente literario de su obra- como Rita Hayworth y la redención de Shawhank (Cadena perpetua) o La milla Verde. Es decir, como todos los amores adolescentes, es exagerada, imperfecta y memorable. 

Podemos convenir que igual que la literatura de ciencia ficción –la buena— habla lateralmente del presente, la literatura de terror pone imágenes a nuestros miedos íntimos. King conecta y pone describe nuestro malestar profundo. La unión perfecta entre lo fantástico y lo personal. En el centro neurálgico de su obra encontramos la inexorable decadencia de las instituciones blancas: escuelas, empresas, gobierno.

Y, sin embargo, durante años, pareciera que algo no acabara de funcionar en la recepción crítica de su obra. El caso de mayor polémica sucedió en el 2003, cuando le concedieron en Estados Unidos el Premio Nacional del Libro y el académico Harold Bloom –cofrade de los críticos de alta ceja– se despachó con la siguiente declaración: “que la gente pueda creer que en su obra hay algún valor literario, o algún logro estético, o algún indicio de una inteligencia humana es un testimonio de su propia idiotez”. A lo que King respondió que Bloom es de esas personas que consideraban la ignorancia sobre la cultura popular como una prueba de destreza intelectual. Que él hace buenas hamburguesas. Y que mientas no le rechacen ningún cheque le daba igual lo que le llamaran. 

'Mientras escribo'

'Mientras escribo'

O sea, que a King y a sus lectores los laureles críticos les importan un bledo,¿no? Pues parece que no. Desde hace algún tiempo, el escritor de Maine y sus acólitos consideran que los restaurantes de hamburguesas también deben ser considerados alta cocina por la guía Michelin. La única cosa magistral de Stephen King es su ego, escribían hace unos años en The Guardian. Tiene millones de fans pero ninguno tan dedicado como él mismo, añadían. Una vez abierta la espita del reconocimiento crítico hemos asistido al viejo ritual de la necesidad de los oropeles. 

La historia de la recepción de la obra de King sirve como metáfora perfecta de los cambios que el canon literario ha ido efectuando a lo largo de los años. La manera en que leemos y valoramos las obras es –entre muchas otras cosas- el espejo de la sociedad que las consume y la metáfora de sus aspiraciones. Los antiguos valores de la calidad literaria –solo paladeados por unos happy few-- empiezan a ponerse en entredicho y la popularidad y el éxito comercial, lejos de ser un problema o una tara, cotizan al alza en la consideración estética de la obra. Es decir, todo lo que suena a complicado, intelectual o difícil empieza a ser considerado como pretencioso y caduco. Lo bueno es lo más vendido. Ese abuso de la estadística, que diría Borges. El problema viene cuando la antigua comida rápida es considerada digna de estrella Michelin. Él mismo se arrepiente de hacer hecho esa afirmación.

Obras de Stephen King

Obras de Stephen King

La adoración llega a tales cotas que, al albur de sus lectores –algunos escritores tan reputados como Colson Withehead, Breat Easton Ellis o Leila Slimani, que aluden a su carácter de despertador de vocaciones literarias, a aquello que decíamos del primer amor—se empieza a reclamar el premio Nobel para el escritor. La no concesión de dicho premio se califica como jugada de las élites en contra de un tío blanco heterosexual que escribe en inglés. Una pérfida venganza de lo woke. Los defensores de King dicen que su popularidad es lo que le niega el premio. 

Si en los primeros años de su carrera estuvo de moda menospreciar a King como escritor de obras de gran literatura, ahora el viento de los tiempos marca exclamarse por la poca sensibilidad de los grandes jurados y reconocimientos a sus novelas. ¿En qué quedamos? ¿Es Stephen King carne o pescado?  ¿Un escritor memorable o una estajanovista loco? ¿Un fino auscultador del pulso de los miedos contemporáneos o un escritor superficial, flojo y carente de autocrítica, capaz de menospreciar la adaptación de Kubrick por ser demasiado pedante y poco fiel?  

Pues las dos cosas, capaz de lo mejor y lo peor, tremendamente irregular, saqueador de su propio cajón fantasioso hasta dejarlo casi vacío. Ante la idea de si King es carne o pescado, nos quedamos con ese clásico y delicioso plato del acervo culinario catalán que aúna la sepia con las albóndigas. King es mar i muntanya.