'Homenot' Jordi Sabatés / FARRUQO

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Letras

Jordi Sabatés, el pianista emboscado

La obra del músico catalán, una de las grandes figuras del ‘jazz’, intérprete y arreglista que destacó en todos los estilos, condensa imágenes e instantes de la Barcelona cultural

13 enero, 2022 00:00

Jordi Sabatés, al piano acústico y Tete Montoliu, al piano eléctrico, interpretando juntos Vampyria, en el Salón del Tinell, es una estampa de los setenta; también es un destello de la Barcelona gótica en blanco y negro, cerca del Museo Picasso y del Zeleste, el antro de Gay Mercader, último antecedente de la posmodernidad. Otra imagen congelada nos muestra al pianista catalán –por aquella época, arreglista de mismísimo Lionel Hampton, exponente del jazz orquestal– con el cubano Bola de Nieve, el gran Ignacio Jacinto Villa, interpretando el villancico catalán El desembre congelat; y no me olvido de la dentadura blanco-sardónica del Bola, más negro que el betún, recitando El caballero de Olmedo, una canción de la España barroca, base de una pieza teatral de Lope de Vega. En una muestra inagotable de su perfil multidisciplinar, Sabatés musicalizó a la soprano Carmen Bustamante e inventó acordes para el cine mudo de Buster Keaton o Murnau.  

Las imágenes se agolpaban, la madrugada del martes, en el momento de conocerse la muerte del compositor Sabatés. Al mundo discreto de la música seria le arrancaron de repente la muela del juicio y de la magia. Siguieron el dolor y el duelo de muchos amigos de la cultura en general y de las instituciones. Con entrañable elegancia, el ministro Miquel Iceta le despedía así: “Que la tierra le sea leve”. Sabatés, el músico que suscita, lo fue casi todo, además de alma mater del mítico Dioptría de Pau Riba, grabado al inicio de la década cambiante con Om, la banda de precoz calidad, y acompañado de su amigo Toti Soler, la guitarra en estado puro. 

Con la irrupción de la mezcla Toti-Sabatés se habló en su momento del underground (locución periclitada) catalán, aparecido en los arreglos de María del Mar Bonet sobre una pieza de Josep Palau i Fabra, amigo de Picasso, y artista polifacético de la letra, el epigrama y la plumilla. Toti, que había fundado Pic-nic, con la voz de Jeanette, no significó solo un momento en la dilatada carrera de Sabatés; fue un continuo y podría decirse que, gracias al pianista y compositor fallecido, Soler abandonó la guitarra eléctrica para entregarse a la guitarra española y al flamenco, después de pasar por la academia del maestro Diego del Gastor, en Morón de la Frontera. El guitarrista acabó fusionándose con Ovidi Montllor en un dúo imposible de repetir, que no hubiese sido posible sin los sabios consejos de Sabatés. 

En 1971, el pianista fundó su propio grupo, Jarka, y publicó los álbumes Ortodoxia y Morgue o Berenice. Cuando apareció el citado Vampyria el mundo musical abandonó la añoranza del concierto en directo hasta consagrar su contenido, como la mejor pieza de la historia del jazz en Cataluña. Para entonces, Sabatés vivía en un casoplón desconchado, de caobas, persianas alicaídas y papeles pastel del trasnochado art decó, herencia de buena cuna. Conoció sin duda a Joan el Espardanyeta, un vecino adánico y desaseado que alquilaba pianos de cola por módicas cantidades, con una camioneta de reparto desestructurada, acompañado de su esposa, una dama vestida de calle con zapatillas y boatiné, conocida en los festivales de jazz de toda la Península. 

La estética de Sabatés responde al creador encuevado en su estudio, sin otra compañía que los pocos que comparten su trabajo ensimismado hasta el momento de la entrega a la discográfica. Influyó en valientes que se subían a los escenarios, guitarra en ristre, como Quico Pi de la Serra y musicó a cantautores descollantes, como el mismo Leo Ferre, aquel anarco, hijo del jefe de personal del Casino de Montecarlo y de una costurera, al que el compositor catalán contribuyó con milagrosos arreglos

Nadie se ha olvidado de la contraportada de Vampyria, donde Sabatés escribió un homenaje dedicado a Guillaume Apollinaire, Charlie Parker, Oscar Wilde, Marcel Proust, Rimbaud, Kafka, la Niña de los Peines y Mozart, entre otros, y especialmente a Woody Guthrie, padre del folk y expresión genuina de la música popular norteamericana, cuya trayectoria se estudia hoy en todos los conservatorios del planeta. Fue el año de El señor dels anells, la réplica musical del pianista fallecido a la novela J.R. Tolkien; podría decirse que el compositor le puso sonido a hobbits y elfos en la Tercera Edad del Sol. Aquella fue, al fin y al cabo, la historia de ficción fronteriza entre la tribu contracultural dulcemente psicodélica y la generación politizada inspirada en la respuesta La Sorbona o de Nanterre, el campus de California. Ente la calle incendiada y el ácido lisérgico, la música no tuvo otra opción que inclinarse por lo segundo, el paraíso artificial sobre la Tierra.

Los entendidos dicen que la música barcelonesa alcanza el cénit en el Conservatorio Superior del Liceu, donde realmente aprendió el pianista y compositor, siempre atento al foso orquestal y al caucus del proscenio operístico. A Sabatés, la exigencia no le pudo como no le pudieron las matemáticas cuando estudiaba Ciencias Físicas, quizá porque los teoremas son partituras silenciosas o porque los números son la mejor poesía, como decía Juan Ramón, el Nobel titánico de Moguer. La tragedia, si la hay, está en drama, no en la nota; y así nos lo hizo saber el músico tristemente desaparecido en su homenaje a Frederic Mompou, titulado Portraits-Solituds.

Un estudioso de lo clásico, como Sabatés, bañado de música negra en la era del pop, puede interpretar con emoción a Beethoven o a Debussy. Él descubrió muy pronto la cadencia en escala gigantesca de la Novena o la grandiosidad de una fuga de Bach. Esto definió el arranque del compositor, cuya ausencia duele y que, paralelamente, se entregó a los logros libérrimos de instrumentistas, como el saxofonista Charly Parker, o de pianistas directores de grandes jazz-bands, como Count Basie. 

Alcanzó el esplendor en su fusión particular de géneros musicales, mezclando las raíces de la música negra con la exploración del rock, la clásica, la canción de autor y la ruta inabarcable de los trovadores provenzales, esto último, con notas de encanto superior en Breviari d’amor. Sabatés no confesaba fácilmente su colaboración y aprendizaje con los grandes del jazz; rehuyó la popularidad y apenas compartió secretos con músicos entrañables, muy celosos de su particularismo. Así expresó un peculiar cosmopolitismo de artista emboscado

Era un enamorado del refinamiento con difusión moderada, casi reprimida. Se subió al escenario con Chick Corea, pero nunca se olvidó de su poeta, Joan Salvat Papasseit, al que glorificó, junto a Clua, Santi Arisa o el mismo Montoliu, musicalizando Tot l’enyor del demà:…. i les noies somriuen/ amb un somriure clar,/ que és el baume que surt de l’esfera que ell volta.