Fotomontaje con imágenes de Phil Spector, aficionado a cambiar su aspecto usando bisoñé

Fotomontaje con imágenes de Phil Spector, aficionado a cambiar su aspecto usando bisoñé

Letras

Orto y ocaso de Phil Spector

Su talento para usar los recursos del estudio de grabación lo convirtió en una estrella y cambió la manera de entender la música ‘pop’. Su vida, en cambio, terminó en tragedia

20 enero, 2021 00:10

Phil Spector tenía nombre –y aspecto– de supervillano y acabó convirtiéndose en uno. Sus tropelías y megalomanías, materiales usuales de la prensa de tabloide musical, fueron aumentado en tamaño y atrocidad con el paso de los años, como si fuera incapaz de dejar añadir capas y capas de dolor en su muro personal de sadismo. Con los años, determinadas excentricidades inquietantes acabaron en enfermedad mental, maltrato sistemático y asesinato. Es conocido que apuntó con una pistola a John Lennon, secuestró un disco de Leonard Cohen y que los Ramones –no especialmente hipersensibles– fueron incapaces de aguantar sus malos modos. Finalmente, después de ser acusado por su exmujer de mil y una vejaciones, fue condenado por el asesinato de la actriz Lana Clarkson en 2009. Hasta hace unos días cumplía condena en el penal de Stockcton, donde ha fallecido debido a complicaciones derivadas de la COVID. 

Phil Spector3Pero esta era su cara B. Demasiado sabemos que la excelencia artística no es patrimonio exclusivo de las buenas personas. En el apartado estrictamente musical –y es el arte lo que aquí nos concierne, siempre mucho mejor que los artistas– con su muerte desaparece también el más talentoso productor musical del siglo XX. Su manera de concebir y producir canciones no tuvo parangón. Ataviado con sus sempiternas gafas de sol, un cardado de pelo imposible y jugando con una pistola, Spector fue capaz de convertir el estudio de grabación en el más poderoso y definitivo de los instrumentos

Pero esta era su

Era la suya una manera de entender el pop llena de barroquismo, excesos y capas de sonido superpuestas. Sin duda, tuvo ideas revolucionarias y medios para llevarlas a cabo. De alguna manera consiguió que el productor de un disco compartiera los laureles del éxito con los intérpretes. O que incluso los superara. Spector representó al productor como gran estrella, una figura tan habitual en la actualidad. Si lo piensan bien, también ahora tiene más valor social ser editor que escritor.  

Spector se podía pasar horas y horas buscando el lugar idóneo para que la batería sonara de una manera determinada o colocar con mimo y obsesión un sinfín de micrófonos hasta dar con el sonido perfecto. En mitad de ese furor obsesivo, añadiendo castañuelas y cascabeles por doquier, produjo alguno de los mejores discos y canciones de la historia, entre ellas  Be my baby de The Ronettes, You’ve Lost That Lovin’ Feelin’ de The Righteous Brohers, River Deep-Mountain High de Ike y Tina Turner, hasta llegar al omnipresente himno que es Let it be. Su impacto es tal, y sus poderes musicales operan de una manera tan rauda y prolongada, que muchos somos capaces de recordar dónde o cuándo las escuchamos por primera vez.

Suya fue también la idea por antonomasia del pop más clásico, reproducida después hasta el paroxismo en las listas de éxito: todo cabe en tres minutos. Aunque sus detractores dirán que es bisutería, es conocida su pericia para convertir sencillas canciones en recargadas obras de arte repletas de joyas. Lo hacía mediante la acumulación de recursos sónicos, pista sobre pista de violines, pianos, saxofones o marimbas, algo tal vez fácil de hacer en la actualidad de los estudios digitales pero que era dificilísimo y artesanal durante los tiempos analógicos. 

En el mejor de los casos, el revestimiento sinfónico de Spector consigue que una letra con acordes sencillos se eleve hasta tocar las puertas del cielo wagneriano. Golosinas para los oídos. Épicas miniaturas sonoras. Piezas excesivas y edulcoradas como el sabor de la pura adolescencia. En el peor de los casos –por ejemplo, en su colaboración con Leonard Cohen– el resultado nunca es menos que interesante. 

Tal es la impronta de su labor como productor en la sala de grabación que muchos de sus hits acabaron más asociados a su nombre que al de sus verdaderos sus autores. Sus manos eran capaces de cambiar el rumbo fundacional de cualquier tema. Algo que no toleraba todo el mundo. Por ejemplo, tras su trabajo con The Beatles, que dejaron en su regazo su disco póstumo para que Spector lo resucitara, las reacciones fueron encontradas. Mientras Paul Mcartney lo odió y luchó durante años para desnudar su Let it be de ropajes que consideraba superfluos y extraños, tanto John Lennon como George Harrison lo eligieron para algunos de sus excelentes discos en solitario. 

Los tentáculos de su cosmovisión musical superan el su archicitado wall of sound y los arreglos de orquesta, marca de la Casa Spector. Buena parte de las canciones de Beyoncé, Bruce Springsteen o Brian Wilson –esto es, de buena parte del mainstream más brillante de los siglos XX y XXI– resultan inconcebibles sin su legado. Tras años de excesos, con los años, Spector fue bajando el volumen hasta que con el fin de siglo parece desbravarse. La revolución digital de los estudios le pilla a pie cambiado y no logra adaptarse a los nuevos tiempos.

Su muro de sonido queda como símbolo de una época concreta, igual que su defensa del sistema mono frente al estéreo. En los últimos 40 años produjo muy pocos discos, convirtiéndose en una especie de ermitaño de luxe atrapado en su fortaleza de soledad y paranoia, encerrado en su Castillo de los Pirineos en Alhambra (California). Cuentan que meses antes de morir, había perdido hasta la capacidad de hablar, como si el silencio, finalmente, se tomara una merecida venganza.