'La vuelta al curso escolar' / DANIEL ROSELL

'La vuelta al curso escolar' / DANIEL ROSELL

Letras

Breve historia cultural de la escuela

El consenso sobre la educación está en crisis en vísperas de un curso marcado por la pandemia. Cuatro profesionales reflexionan sobre el modelo cultural de la enseñanza

29 agosto, 2020 00:10

Así como es un lugar común afirmar que detrás de todo español se esconde un seleccionador nacional de fútbol –tal es la implicación y grado de conocimiento de nuestros compatriotas acerca de los intríngulis tácticos de la Roja, la polémica ante la selección (o no) de determinado jugador o el estilo de juego–, al albur de los debates públicos que se vienen produciendo acerca del valor de la escuela, sobre todo ahora que comienza un nuevo curso escolar marcado por la pandemia del coronavirus, no sería exagerado afirmar que últimamente nos está creciendo en el interior un pequeño pedagogo de opiniones contundentes. Cuestiones que otrora formaban parte de un amplio e implícito consenso social sobre la educación ahora están en entredicho o en decadencia. A saber: la autoridad del docente como garante del derecho a la enseñanza, la capacidad de la educación reglada para funcionar como ascensor social, el valor intrínseco de la cultura humanística o la importancia del esfuerzo en cualquier aprendizaje valioso.

La nueva época marcada por las consecuentes restricciones sanitarias han provocado el cierre de las escuelas. Las aulas han pasado a estar en nuestros salones y dormitorios, han conquistado espacios íntimos, usurpado ordenadores y esquilmado datos de internet cual ejército de fieros hunos. En este contexto, si atendemos a los titulares de los medios de comunicación, pareciera que el debate acerca del papel de la formación en nuestra sociedad hubiera arreciado y desembocado, como en tantas otras cosas, en dos posiciones tan forofas como antagónicas. Por un lado, simplificando mucho, encontraríamos a los que conciben la escuela como un receptáculo para que los niños socialicen entre ellos y así los adultos puedan realizar sus tareas –el famoso parking– ; por otra, pareciera que los profesores vivieran su situación desde el privilegio quejumbroso y solo estuvieran dispuestos a volver a las aulas presenciales en un escenario perfecto y harto imposible, simples dispensadores de utopías tan bienintencionadas como naifs

En realidad, ninguna de esas posiciones representa los debates subyacentes en torno al papel que debería ocupar la educación en la sociedad, ni tampoco aborda los verdaderos retos que la escuela precisa. Otra vez la famosa cantinela de lo urgente vuelve a ganar la batalla frente a lo prioritario. Tratemos, entonces, de aminorar la marcha, escuchar y tratar de poner en contexto aquello de lo que estamos hablando. La realidad, escurridiza y multiforme, tal vez nos quiebre el prejuicio. 

En el origen la escuela era elitista y el profesor casi un gurú. No hay más que recordar la semilla de la escuela occidental en aquellos maestros que enseñaban una nueva y revolucionaria tecnología –llamada escritura– a  los hijos de las clases altas sumerias. A los pitagóricos libando mejunjes y tratando de conjugar el misticismo y las matemáticas. Pero, casi al mismo tiempo, podemos constatar cómo la dedicación al cuidado de los alumnos era considerada un trabajo menor. El mismo sentido etimológico de la palabra pedagogía está preñado de clasismo. El pedagogo (guía de niños) era el esclavo que conducía a los jóvenes varones aristocráticos al espacio donde se producía la enseñanza.

La escuela rural (1871), Winslom HomerLa escuela rural (1871) / WINSLOM HOMER

 Al cabo de la Edad Media, la enseñanza fue monopolizada por el dogma de las instituciones religiosas y se considera que no fue hasta bien entrado el siglo XVIII cuando se fue poco a poco despegando del cerco de los hábitos. Fue Guillermo II el primero en desligar, en 1787, al clero de la educación para dejar vía libre primero a las escuelas privadas y luego a las escuelas dirigidas por el Estado. El Ministerio de Educación se convirtió en el responsable de  coordinar todo el sistema de escuelas. Desde entonces, pese a ser reivindicada como un derecho para todos los infantes, y el claro desarrollo del número de estudiantes en todos los lugares del planeta, se estima que todavía más de 57 millones de niños carecen de acceso a la educación.

En España el acceso de la mayor parte de la población al sistema educativo ha constituido un largo y tortuoso camino –lleno de contratiempos, dificultades y palos en las ruedas– que, una vez conseguido, parece no contentar a nadie. Es más, tenemos la impresión de que hace tan solo unas décadas su papel sí era considerado esencial para la mayoría: la sociedad percibía que una buena escolarización dotaba de una base cultural que resultaba clave en la mejora personal y económica del alumno. Sin embargo, toda vez que la escuela ha llegado al mayor espectro de la población posible –elevando los índices de alfabetización a estándares europeos–, consumada su popularización, pareciera que se haya convertido en una institución superflua o cargante. ¿Será  solo un espejismo, un sucedáneo de la verdadera educación y por eso la desdeñamos o no hacemos caso de sus demandas? ¿Son justas? ¿Debe ser la escuela un fiel espejo de la sociedad circundante o, por el contrario, luchar contra los excesos, desigualdades e injusticias?

Al hilo de esas preguntas, y otras que también nos preocupan, hemos conversado con cuatro expertos. Del crisol de sus respuestas, muchas veces divergentes pero siempre argumentadas, tal vez podamos empezar a vislumbrar un camino a seguir entre todos. Veamos:

Gregorio Luri es educador de largo recorrido –primaria, secundaria, bachillerato y universidad–  así como filósofo y ensayista de prestigio. Acaba de publicar La escuela no es un parque de atracciones. Una defensa del conocimiento poderoso (Ariel). La suya es una de las voces más críticas frente a la pérdida de la formación de los escolares en cuestiones académicas en aras de un presunto conocimiento del mundo de las emociones. A su juicio, “la escuela ha ido poniendo el peso en lo sentimental. Se ha querido convertir en una comunidad terapéutica que prescribe la felicidad sin límites y parece educar para vivir en un mundo que no existe. Ni tan siquiera existe pluralidad en las emociones prescritas: casi no se habla de coraje o esfuerzo. No se habla del lado oscuro de cada persona”. 

Gregorio Luri, la escuela

Luri echa de menos que “la arrogancia de esas pretensiones utópicas no se encuentre a la altura de los resultados. Que no se rindan cuentas”. De esta manera, la escuela se convierte en “una mera vendedora de buenas intenciones”. “No podemos educar a los niños como si fueran a vivir en el paraíso, nuestro deber deontológico es darles las herramientas para ser capaces de vivir en el mundo real. Los padres responsables han tomado las riendas del propio aprendizaje curricular, ya que al escuela ha dejado de hacerlo”. La apelación a la equidad, en su opinión, es “un mito ante la realidad de que gran parte de los alumnos tienen serias dificultades en comprensión lectora, o son incapaces de hablar inglés después de trece años de formación”.

"Sin conocimiento no hay pasado ni presente"

María Muñoz, coordinadora de Bachillerato y profesora de Historia en un centro privado, opina que “la educación es la base de la construcción de la sociedad”. Y agrega: “Sin conocimiento no existe ni pasado, ni presente, ni futuro. Actualmente vivimos dentro de un espacio sobrevalorado. La sociedad actual, que asume altos grados de materialismo e hipermercantilización, ha convertido la educación en un producto secundario ya que requiere una alta inversión y riesgo, pero sobre todo tiempo, reflexión y paciencia. La sociedad actual no valora estos conceptos”. 

Muñoz piensa que no debe existir una dicotomía entre lo competencial y lo sentimental, sino un refuerzo mutuo entre ambas cuestiones. “Lo emocional y académico no deberían ser contradictorios sino complementarios. El concepto emerge de la idea que quieres transmitir y cómo la transmitas se canaliza a través de las emociones humanas. Un profesor y unos alumnos motivados llegan mucho más lejos, eso es innegable”. Más que desdén por lo académico esta docente constata que “existe un rechazo a la funcionalidad de lo académico. Para qué saber más si no sirve de manera inmediata y no me produce un beneficio concreto. A mis alumnos de Historia del Arte siempre les pregunto el primer día ¿qué le pasaría al Homo Sapiens si no se hubiese escrito El Quijote? ¿Seguiríamos siendo seres biológicos? ¿Realizaríamos nuestras funciones motoras con normalidad? Enfrentarse al pensamiento complejo es difícil y lo difícil está en desuso”.

Su planteamiento es que el consenso acerca de lo que debe ser un colegio afecta a todos los ámbitos de la sociedad. La escuela no puede solucionar nada sola. Lo explica: “El debate, es mucho más profundo, tiene que ver con el papel de las madres y los padres en la sociedad actual, la conciliación y el compromiso de la sociedad con las familias mediante ayudas sociales y beneficios fiscales. Al final volvemos a la idea inicial: somos una sociedad de lo inmediato y no vemos que cada niño es un proyecto a largo plazo y muy delicado que requiere tiempo y paciencia”. 

Devaluación continua, Andreu Navarra

Andreu Navarra es profesor y autor de Devaluación continua (Tusquets), un ensayo a pie de aula que habla de los gozos y las sombras de la escuela actual. Su discurso defiende una vuelta a lo trascendental y al rigor desde posiciones progresistas. Navarra afirma: “Se está produciendo una confusión muy peligrosa entre la libertad y la felicidad. Y también se está confundiendo la felicidad con el placer. Por eso se insiste en la gamificación y en el aprendizaje mediante videojuegos: se pretende fascinar, hipnotizar y controlar con técnicas conductistas. Pero los docentes no desean esto: no les falta formación, es que se niegan a tratar al alumnado como a un rebaño de corderos. La mejora personal y el ascenso social sólo son posibles mediante un sistema educativo que cuente con exigencia académica. Todo lo demás es puro populismo: por esa razón los exámenes, los deberes y el estudio se presentan como obstáculos nocivos. En nuestros institutos se hace de todo menos leer, escribir y estudiar. Pronto tendrán el aspecto de un salón recreativo de los años ochenta”.

Navarra sostiene que el descrédito de la población hacia la escuela se debe a las decisiones “de sectores políticos y económicos interesados en la creación de una subclase de ciberesclavos que no puedan valerse solos y necesiten la tutela de gobiernos populistas y autoritarios”. En sus propias palabras: “Basta observar las redes sociales: multitud de medios sufragados por empresas venden recetarios y arbitrios grotescos y absurdos, mitología pura, pero que una sociedad desinformada considera autoridad. De ese modo cuelan absolutas tonterías como la obsesión por las clases magistrales (toda la investigación disponible recomienda la instrucción explícita como el modo más deseable de transmitir saberes), la escuela tradicional (¿cuándo, fuera del franquismo y medio siglo después de él, hemos tenido ese presunto desastre sádico que describen toda clase de gurús y tecnobuhoneros?) o la necesidad de acabar con los contenidos memorísticos”. 

No termina aquí la cosa. Según Navarra, “existe también una ofensiva contra los libros de texto, para sustituirlos por basurillas y el entretenimiento en tabletas. Otro mito: si algo necesitamos ahora es literatura, historia, ciencias para el mundo contemporáneo. Memoria, interés por la cohesión cultural y la diversidad. El odio al docente y a sus disciplinas encubre un vector paternalista y autoritario: nadie debe pensar, todo el mundo a consumir, sin hacer preguntas. Pero la cultura no es elitista, lo elitista es condenar a la miseria y la alienación a nuestra juventud. Que se oculte cómo tendrán que vivir nuestros jóvenes, en condiciones durísimas, infrahumanas e indecentes”.

Sistemas educativos bipolares

Óscar Heredia Canals, profesor y coordinador de Bachillerato en un instituto público, responde a la pregunta sobre el valor social de la educación: “Quiero creer que la sociedad valora la importancia de la educación y el trabajo de los educadores. En este sentido habría que realizar distinciones por edad que en muchos casos resultan un tanto contradictorias, ya que parece que a los más pequeños se les debe realizar una educación motivadora, poco académica, experimental, etc.. pero curiosamente al final de la etapa educativa parece que socialmente la exigencia varía y se valoran elementos como el esfuerzo o la educación académica y memorística. Esta es la contradicción existente tanto en la sociedad como en las instituciones educativas que imponen unas pruebas de selectividad para valorar la capacidad de una persona para acceder a los estudios superiores”. 

Heredia Canals subraya la bipolaridad de los sistemas educativos: “Vivimos tiempos de transformación donde conviven teorías educativas competenciales frente a modelos clásicos y académicos y eso no puede ser, hay que apostar por un modelo que el alumnado pueda desarrollar en cualquier estadio de su vida”. 

En su opinión, aunque la mítica frase de nuestros antecesores –si no estudias no llegarás a nada– está en decadencia, todavía hoy la educación es vista como la llave necesaria para abrir caminos: “Que es necesaria está claro, pero esto no es suficiente. La educación, aunque el modelo académico es burgués, no debe tener como finalidad el ascenso social y a la vista está que no es tampoco un mecanismo fiable para que éste se produzca. La educación debe crear mecánicos capaces de ver que ese ascensor es desigual e injusto. Y si la educación permite subir socialmente es porque nos permite enfrentarnos al mundo con muchas más herramientas”.  

Niños en la escuela (1890), Henry Edward Lamson

Niños en la escuela (1890), HENRY EDWARD LAMSON

Podríamos ponernos de acuerdo en que, ya que nos ha costado muchos años llegar al actual nivel de escolarización, deberíamos ser conscientes de su valor y no malgastar –como nuevos ricos– lo conseguido por vagancia, desdén o snobismo. Parece probado que el verdadero debate educativo se juega en un campo muy diferente al que señalan los titulares más simplistas. Es ridículo asegurar que lo progresista es la escuela fácil, y lo conservador, la difícil. Las dos Españas no pueden convertirse en las dos escuelas. No lo son. 

Va siendo hora de afrontar los retos que la nueva situación plantea, como lo hacen otros países de nuestro entorno. Con una mayor pluralidad de modelos de escuela y transparencia total respecto a lo que propone y a los resultados conseguidos. La escuela no puede ser ni un parking infantil, ni la secta del buenrrollismo. Los profesores no son gurús de la felicidad, ni tampoco esclavos guardaniños. Entre todos –familias, colegios, gobierno, medios de comunicación– deberíamos ser capaces de decidir qué modelo cultural de escuela queremos –o mejor: qué tipos de escuelas deseamos– y qué estamos dispuestos a hacer para conseguirlo. Sin duda es necesaria una mayor implicación personal y recursos presupuestarios, pero acompañado de un compromiso familiar con el conocimiento. Es decir, lo que ya sabíamos. Sin fórmulas mágicas ni recetas fáciles de aplicar. Perseverantes en la conquista de lo relevante