El historiador Eric Storm, en la entrevista con 'Letra Global'

El historiador Eric Storm, en la entrevista con 'Letra Global' GALA ESPÍN Barcelona

Ideas

Eric Storm: “Prevalece la atracción del estado nación, pero estar solos en el mundo ahora no es tan agradable”

El historiador holandés, autor de 'Nacionalismo, una historia mundial' considera que la religión es todavía un signo distintivo para los pueblos y que, por ello, "Catalunya o el País Vasco, si hubieran sido protestantes u ortodoxos, la gente hubiera estado dispuesta a una guerra de liberación contra el catolicismo opresor de Madrid"

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Eric Storm se define como europeo, desde su nacionalidad, holandés del norte. Historiador, es profesor de Historia Contemporánea en la prestigiosa universidad de Leiden. Estudió historia en las universidades de Groningen y Salamanca. Aprovechó con entusiasmo una beca Erasmus en Salamanca, y cursó estudios de doctorado en la Universidad Complutense de Madrid. Storm, empático, con un español impecable, acaba de publicar un monumento: Nacionalismo, una historia mundial (Crítica).

La vigencia del nacionalismo es innegable. De hecho, vuelve a vivir un momento de auge. Storm traza un camino cronológico y compara la creación del estado nación en diferentes partes del planeta. La influencia en el ciudadano que crea ese estado será enorme, con una incidencia mayor en el campo cultural. Se crea un ‘demos’, más allá de las etnias, que ha demostrado su fuerza de atracción.

Pese a ello, el momento actual invita a crear otras relaciones, a fortalecer creaciones como la Unión Europea. Storm lo señala en esta entrevista con Letra Global: “Prevalece el estado-nación, pero estar solos en el mundo ahora no es tan agradable”.

La pregunta eterna guarda relación con esa persistencia, la del nacionalismo, la de la defensa de la identidad. ¿Por qué se mantiene? Storm asegura que hoy “es casi imposible pensar un mundo sin nacionalismos o sin estados naciones. Pensamos el mapa a través de países, con colores determinados para cada uno de ellos. Los vemos como algo homogéneo, aunque en cada uno de ellos pueda haber minorías. Identificamos países con el deporte o la comida. Si vamos a salir a un restaurante decimos que vamos a comer italiano, o indio, o mexicano. La conexión es muy fuerte”.

Portada del libro del historiador Eric Storm

Portada del libro del historiador Eric Storm

Lo que constata Storm es que no siempre fue así. La creación del estado nación se produce en el siglo XVIII, de arriba abajo, pero también de abajo a arriba. El sustrato, por tanto, es importante. Hay cuestiones culturales, lingüísticas, religiosas, que llevan a esas construcciones estatales.

“Antes de la Revolución francesa había identidades nacionales, pero mucho más vagas. No eran importantes en la vida diaria. Los derechos que tenía una persona dependían más del estatus social que de la nación. Un noble tenía unos derechos distintos a un clérigo. Otros derechos se ejercían en función de dónde se habitaba, si en una ciudad o como miembro de un gremio o en el campo. En la Edad Media o en la Edad Moderna, la identidad más importante era social o religiosa.

¿Las naciones, entonces, se crearon hace relativamente muy poco? “Sí, pero lo que pasa en Europa occidental es que las fronteras no han cambiado mucho desde la Edad Media o más o menos desde principios de la Edad Moderna. Entonces, cuando se habla de la idea de España ya desde los Reyes Católicos, por ejemplo, pues suena lógico. En Inglaterra, en Francia y en algunos países Escandinavos, sucede algo similar. Pero no es el caso de Europa del Este o de África, o de muchas partes de Asia. Ahora bien, las naciones con un idioma estandarizado, que se habla y utiliza en la educación, en la cultura, es algo que sólo empieza en el siglo XIX.

Los estados nación, sin embargo, dejan a muchas minorías por el camino. O las integran sin que puedan estar satisfechas. Esa ha sido la evolución que explica Storm, que lo explica con un caso claro. “En la parte húngara del Imperio Austrohúngaro el latín es idioma oficial hasta 1867. Pero cuando se deja atrás el latín en favor del húngaro, surge un problema y es que muchos en su casa hablan croata, rumano, serbio o polaco. Se convierten en ciudadanos de segundo rango. Y ahí surgen movimientos nacionalistas que comienzan a señalar que son naciones diferentes. Y que no quieren formar parte de la nación húngara".

El historiador Eric Storm, en la entrevista con 'Letra Global'

El historiador Eric Storm, en la entrevista con 'Letra Global' GALA ESPÍN Barcelona

En las construcciones de las naciones hay un elemento esencial. Y es que se cohesionan cuando luchan contra otras. Y se afianzan al comprobar que no son las naciones con las que combaten. ¿Es tan determinante ese hecho? Storm asume esa cuestión cuando se le pregunta por la guerra franco-prusiana de 1870-1871, que para muchos autores supone la asunción por parte de los ciudadanos de Francia de la nación francesa.

“Ayuda, sí, y mucho. Contamos con el gran libro de Eugen Weber, De campesinos a franceses. El proceso de nacionalización empieza tras la derrota contra Alemania. Los campesinos, que hablaban occitano, o bretón, o flamenco, empezaron a aprender francés, la historia francesa, la geografía francesa. Y eso sólo es al final del siglo XIX. Entonces la nación y defender la nación no es algo tan evidente. Y se ve mucho en la época napoleónica, que también tiene su influencia en España. Había muchas guerrillas, pero los guerrilleros de Guadalajara no querían moverse para liberar Valencia. Querían defender su casa, pero no el país”.

¿No tenían asumida la idea de España? No, se entiende que, históricamente, en ese momento nace la nación española. Pero nace con las Cortes de Cádiz, y ahí la historia se complica. En las Cortes se define la nación española como todos los españoles de ambos hemisferios. Los de América y Filipinas. Pero para no tener una mayoría de diputados americanos, decidieron excluir a los esclavos, los negros libres y a los mulatos”.

¿Estamos hoy ante un resurgimiento de lo que se ha denominado como comunitarismo, la defensa de la identidad, porque se considera que el proyecto liberal, basado en el individuo, ha fracasado?

“Yo lo cuento un poco diferente en el libro. Para mí un punto clave es el neoliberalismo, que defiende, efectivamente, el individualismo. Es la apuesta por el libre cambio, que se constata con la frase de Thatcher, que decía que no había alternativa. El estado se hace menos fuerte, protege menos a los ciudadanos y, al mismo tiempo, el debate político se centra en asuntos de identidad. Tanto Reagan como Thatcher fueron muy patrióticos. Defendían una reacción contra los valores de los años 60, y apostaron por valores tradicionales, como la familia y una vida productiva. A partir de entonces, el debate político trata más los asuntos de la identidad. Y no solo por parte de los neoliberales. Es el momento, también, de la época de la emancipación de las comunidades indígenas en Estados Unidos, o de la comunidad negra. Y se inicia, al mismo tiempo, un proceso de descentralización, primero en Bélgica, luego en España, con minorías que quieren preservar su cultura, su lengua, su herencia cultural. Ya hay, por tanto, un cambio que empieza a finales de los años 70, con un peso mayor de las identidades y con un surgimiento de la religión”.

¿Con qué características? “El catolicismo se hace más conservador con Juan Pablo II y surge el movimiento de los evangélicos, con la mayoría moral que conquista al Partido Republicano. Y surge el islamismo en el Medio Oriente y el hindú-nacionalismo en la India. Por tanto, se puede decir, sí, que se produce un cambio bastante grande y que se podría definir como comunitarismo, aunque yo utilizo la expresión políticas de identidad, que es algo similar”.

Storm aborda un fenómeno curioso que se ha dado especialmente en España. Un partido como Vox, de ultraderecha nacionalista, se identifica con el movimiento de Trump, que bebe de un expresidente norteamericano, McKinley, quien provocó, precisamente, la guerra de Cuba en 1898 contra España. ¿Es esa apuesta de Vox, pegado al proyecto de Trump, una defensa de las soberanías nacionales, sin colaboración entre los países?

“Bueno, lo cierto es que estamos ante una nueva internacional populista. Todos quieren defender sus intereses nacionales. Y lo vemos con los contactos estrechos entre los movimientos populistas de derecha, con Le Pen en Francia, Orbán en Hungría o con Wilders en mi país. Aunque coinciden en sus programas, no pretenden una colaboración entre ellos. Lo vemos en el Parlamento Europeo, con dos y tres facciones de ultraderecha”.

El historiador Eric Storm, en la entrevista con 'Letra Global'

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Kaplan defiende la capacidad de los antiguos imperios para proteger a las minorías, en comparación con los nuevos países que surgieron de sus cenizas. ¿Es posible reivindicar esos imperios como el Otomano o el Imperio Austrohúngaro?

“Quizá el mejor ejemplo es la parte austríaca del Imperio Austrohúngaro, porque la parte de habla alemana no formaba la mayoría. Y se ofrecía autonomía cultural a todas las comunidades de habla distinta, como la checa, la polaca o la eslovena. Si había suficientes alumnos en una determinada lengua, podían crear sus propias escuelas con dinero del Estado”.

Sin embargo, esa autonomía cultural podía derivar en otras reivindicaciones. “Sí, al final no funcionaba, porque los checos, por ejemplo, querían más y se produjeron conflictos entre los diferentes grupos políticos, que respondían a partidos nacionales”.

¿La nación cultural debe derivar en estado? “Parece algo lógico. Eso se ve en España. En Catalunya y en el País Vasco. Pero esa autonomía cultural y política también se ve en otras realidades, como Castilla-La Mancha o Castilla y León. Los historiadores reciben encargos de sus gobiernos regionales para escribir la historia de la propia región”.

Storm, sin embargo, matiza y señala la necesidad de superar esa idea. “Tenemos la idea de que una nación es la que tiene una lengua propia, una cultura y un pasado común, pero hay 7.000 idiomas en el mundo, y sólo 200 estados. La mayoría de esos estados no son homogéneos. Entonces, yo digo siempre a mis estudiantes que el nacionalismo romántico ha sido un fracaso enorme. El estado nación que surgió de la Revolución francesa se basó en la idea de ‘demos’, de la comunidad de ciudadanos, y, en el fondo, la lengua y la cultura no fueron un criterio decisivo”.

El historiador Eric Storm, en la entrevista con 'Letra Global'

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¿Por tanto? “El modelo de nación vinculado al ‘demos’, el estado-nación, ha sido un éxito total”.

Ello lleva a una conversación sobre el sustrato que permite levantar una nación estado. La lengua es importante, pero lo es más, a juicio de Storm, la religión, como se muestra con el caso de Irlanda. “La religión es algo muy importante. En los Balcanes, por ejemplo, las naciones cristianas son las que se quieren marchar del Imperio Otomano. Y luego, en Yugoslavia, la lengua serbocroata era la lengua tanto de croatas como serbios. Era común, con dos maneras de escribirla, en alfabeto latino y cirílico. Pero la diferencia fuerte era la religiosa. El croata es católico, el serbio ortodoxo, aunque bajo el comunismo, la mitad de la población o quizá más ya no era creyente”.

Entonces surge una idea. “A veces pienso que si Catalunya o el País Vasco hubieran sido protestantes u ortodoxos, entonces la gente probablemente hubiera estado dispuesta a una guerra de liberación contra el poder opresor católico en Madrid”.

El nacionalismo ahora vuelve con fuerza. Storm considera que las propias redes sociales han reforzado el carácter nacional. “Muchos, en las redes, se ponen apodos, y suelen señalar su nacionalidad. También hay otros que se definen, en Europa, como europeos, porque comenzamos a tener bastantes cosas en común frente a todo lo que nos viene. Yo mismo me considero europeo, pero veo que la Unión Europea es un proyecto con un exceso tecnocrático. Está la Comisión Europea, pero las elecciones son nacionales y quien toma las decisiones es el Consejo Europeo, donde se reúnen los jefes de Estado y de gobierno de cada país”.

A pesar de todo, los ciudadanos quieren protección. ¿En Europa? “Hace cinco o seis años los partidos populistas querían salir de la UE. Después del fracaso del Brexit, y con la situación geopolítica actual, y con Rusia en una posición muy agresiva, Bruselas aparece como un paraguas que nos protege. Lo vemos con un ejemplo. Suiza siempre ha disfrutado del libre cambio con la UE, pero seguía como país neutro e independiente. Estaba muy orgulloso de ello. Pero ahora tiene un arancel con Estados Unidos del 38%, por el 15% de la UE. Entonces prevalece el estado-nación, pero estar solos en el mundo ahora no es tan agradable”.

¿Ser hoy un cosmopolita es ser alguien muy extraño, porque todo el mundo se define a partir de una nacionalidad que quiere defender ante todo? “Yo creo que con el cambio climático, todos estamos en el mismo barco. Solo tenemos un planeta y lo tenemos que solucionar todo entre todos. Lo que vemos es que actualmente parecen más fuertes las tendencias nacionalistas y quizá no se van a superar porque los políticos son elegidos por los ciudadanos de los estados. Los problemas, sin embargo, no se van a mitigar sin la colaboración de todos. Y necesitamos las Naciones Unidas o, incluso, deberíamos inventar algo mejor”.