'La librería', de Coixet, o el porqué leer asusta

'La librería', de Coixet, o el porqué leer asusta

Letras

'La librería', de Coixet, o el porqué leer asusta

La lectura promueve el pensamiento y eso es una amenaza en el plano social, individual e incluso físico

14 diciembre, 2017 00:00

Cuentan de la Monroe que, durante el rodaje de Eva al desnudo (1950), se le veía en los descansos siempre acompañada de algún libro. Esa imagen horrorizaba a la liga del celo, quienes obligaban a sus maridos a comer en el camerino o en el tráiler, pero siempre alejados de ella. No era para menos, la chavala lo tenía todo, belleza, juventud, tipo, pero lo que daba más miedo era verla pasar las hojas.

Queda claro, leer, intentar leer, querer leer causa espanto. Quizás porque se trate de un ejercicio inexorablemente unido a la soledad. El vicio solitario ha pasado a definirse, por eso asusta. La última de Coixet, La librería, trata sobre esos miedos: la lectura, la soledad y la comunión de ambas. En el film, Florence Green (Emily Mortimer), la protagonista de esta adaptación de la novela de Penelope Fitzgerald, decide montar un negocio de libros en un poblacho en el que no lee ni el notario. Esa muchacha huesuda y algo quijotesca en su proyecto, intentó sacar el oficio con la ayuda de una mocosa, una niña tan iletrada como Sancho pero con buen olfato para detectar mangantes. La verdad es que le fue de gran ayuda, pero Florence se encontraba prácticamente sola en un nido de cobardes, como el Cooper de Solo ante el peligro. Soledad no voluntaria que solventaba llevándose a la cama algunos libros. Sí, libros mejor que humanos, algo raro le ocurriría sin duda.

Su primer cliente, el señor Brundish (Bill Nighy), era otro rarito de Hardborough enclaustrado en su mansión junto a una anarquía de libros. Miles de volúmenes que habían ido apoderándose del hogar junto a la maleza y las telarañas. En su eremitorio de catedrático únicamente recibía las visitas de su joven proveedora, Florence, a quién le advierte de las maliciosas pretensiones de Violet Gamart (Patricia Clarkson).

En los años 50, cuando la literatura ya no es un lujo porque las ediciones de bolsillo la han democratizado, leer ya es cosa del vulgo. De ahí que la señora Gamart, esa urraca rancia anclada en lo victoriano, ingenie zancadillas varias para hacer prevalecer sus intereses: ciertos caprichos obsesivos que exige la edad. Además, si la gente leía, pronto desvelarían su patrañera vida farisaica. Y claro está que lo harían, aunque no haya más pretensión en el acto de la lectura que el puro entretenimiento. ¿Qué se podría hacer en un lugar con un clima que obliga al recogimiento y sin más entretenimiento que escuchar la BBC, en la que encima trabaja el parroquiano más fantoche? Pues encerrarse con un libro con la puerta bien cerrada, no sólo por el ventisquero también porque “tras ella se encuentra la tele encendida” (quién la tuviese), como diría el novelista Italo Calvino. En Hardborough quizás no llegasen los canales, pero el veneno ya se encargaba de inocularlo la señora Gamart, convirtiendo la costa de Suffolk en un inmenso tablero de Cluedo.

La marca de Coixet

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Altamente contagiosa

La conspiración y el chismorreo son grandes males sobre todo en poblaciones pequeñas, donde se propagan tan rápido como una metástasis. No obstante, para el ensayista Alfonso Berardinelli la lectura es aún más contagiosa. Si se lee con pasión, se corre el riesgo de “establecer vías de comunicación entre el yo profundo --con su caos-- y el yo social que debe enfrentarse a las normas del mundo”.

El texto se pone al servicio de su biografía, de alguna teoría, para corroborarla y hacerla propia o tumbarla. En definitiva, promueve el pensamiento y eso es una amenaza en el plano social, individual e incluso físico. Cuando la inocente Florence le pide consejo al señor Brundish sobre si vender o no la polémica edición de Olympia Press de Lolita de Nabokov, éste le contesta: “Yo no le doy tanta importancia como usted, supongo, a las nociones del bien o del mal. He leído Lolita como usted me pidió. Es un buen libro y por lo tanto debería vendérselo a los habitantes de Hardborough. No lo entenderán, pero será mejor así. Entender las cosas hace que la mente se vuelva perezosa”.