Natalia Castro Picón
Natalia Castro Picón: "En cada crisis emergen los imaginarios apocalípticos"
La investigadora menorquina, profesora en Harvad y Premio Anagrama de Ensayo, reflexiona sobre el mensaje supuestamente subversivo que palpita detrás de los relatos catastróficos y hace un balance cultural del fenómeno social del 15M
Profesora en la Universidad de Princeton, donde llegó como estudiante de doctorado, Natalia Castro Picón abandonó España, un país en el que haber estudiado parecía no garantizar nada a las generaciones más jóvenes, en la última gran crisis. En Princeton hizo una tesis sobre el 15M que le hizo indagar sobre los relatos apocalípticos como una forma de expresión de la subversión. Este trabajo dio lugar a La fiesta del fin del mundo, el ensayo con el que ha conseguido el Premio Anagrama de Ensayo 2025.
Su ensayo parte de una tesis doctoral y está marcado por un presente en continua transformación que le obligó a escribir y añadir cosas casi hasta el último momento.
Es cierto que el origen del libro es la investigación para la tesis doctoral. Buena parte de su marco teórico es previo al 2020. Sin embargo, el libro se escribió entre 2023 y 2024 durante un año sabático que me tomé para revisar el proyecto y reescribirlo. Del texto correspondiente a la tesis hay muy poco. El libro es un ejercicio de reescritura y reflexión a la luz de acontecimientos posteriores. Yo quería hacer una tesis centrada en la crisis de 2008, pero cuando comencé a leer las novelas de la crisis y ver películas sobre el tema me di cuenta de que, sin ser relatos explícitamente apocalípticos, sí tiraban mucho de esa clase de metáforas. Pienso en novelas como Intemperie o La trabajadora, por ejemplo. Me di cuenta de que entrábamos de lleno en la imaginación y en la ciencia ficción apocalíptica en la medida en que tomaban fuerza determinadas corrientes políticas, como la extrema derecha, y crisis como la medioambiental; a todo esto se sumó la pandemia y las guerras recientes. De repente la profecía se hizo muy clara.
Natalia Castro Picón
Usted presenta dos tipos de relatos apocalípticos: el relato del poder, que alerta de que el apocalipsis llega con el fin del capitalismo y un relato disidente, que ve el apocalipsis no solo como una fiesta, sino como una posibilidad para subvertir el sistema.
La imagen de Babilonia ha representado a diferentes imperios a lo largo de los siglos, pero en su origen evocaba a Roma, el mundo por entonces dominante. Su desaparición necesariamente conlleva un relato apocalíptico que narra su desaparición, pero es este hecho lo que permite que se imponga un mundo nuevo, en principio, más inclusivo, funcional, justo e, incluso, gozoso. En todas las metáforas de destrucción que encontramos en el texto bíblico hay algo de violencia festiva, en palabras de Walter Benjamin. El objetivo de las clases dominantes es vender el relato de que el apocalipsis es una atrocidad y causa de conflictos.
Por el contrario, el objetivo de las fuerzas revolucionarias es prometer un mundo nuevo. En cada crisis emergen los imaginarios apocalípticos al no funcionar ya los códigos culturales dominantes. Carecemos del lenguaje para nombrar lo que está sucediendo, así que, necesariamente, debe producirse una reconfiguración de sentidos. Y en esta reconfiguración podemos quedarnos en la lógica cultural del desorden, que genera angustia y sensación de caos, o exprimir este contexto para hacer surgir fuerzas que intenten reordenar el viejo lenguaje cargándolo de nuevos sentidos y propongan formas de relacionarnos y de comunicarnos políticamente.
Natalia Castro Picón
Al respecto pienso en la novela de Mónica Ojeda, Chamanes eléctricos en la fiesta del sol, y en la película Sirat, donde lo festivo es una forma de contestación y subversión política.
Puede parecer una frivolidad unir apocalipsis y fiesta, pero no es así. Ni Sirat ni la novela de Ojeda son las primeras ficciones que narran el fin del mundo como excusa para una gran fiesta. Lo que intento señalar en el ensayo es que en la dialéctica fiesta-apocalipsis no todas las celebraciones son iguales. En muchas hay una lógica escapista, algo sobre lo que se detiene Sirat, que podemos leer como una reprimenda a la fantasía escapista de los europeos. Al mismo tiempo está la fiesta de celebración de un mundo nuevo, optimista y deseante, algo punky, macarra y disidente con la moral dominante. Construir un nuevo mundo desde la celebración es, en cierta manera, lo que hacen las feministas en sus manifestaciones y es lo que se hizo durante el 15M con las comidas populares, donde el dinero no existía. No hay nada naif en esto, todo lo contrario: hay mucho de revolucionario.
En todas estas fiestas el cuerpo juega un papel clave.
Esto remite a esa idea tan linda de Mackenzie Ward a la que hago referencia: se trata de los conceptos de feminismo o comunismo de la carne, a través de los cuales habla del encuentro de los cuerpos, tal y como vemos en Sirat. Ward señala que las raves no son encuentros de individuos sino de dividuos porquelos cuerpos están siendo tan maltratados que ni tan siquiera son autónomos. Es ilustrativo observar cómo la fantasía del individuo se está rompiendo debido al aislamiento. En ese tipo de encuentros los cuerpos, quizás, no se curan, pero se sostienen unos a otros. Y en estos espacios festivos, donde la lógica se trastoca, ya sea por drogas, alcohol o por la euforia, el individuo, tan central a la sociología capitalista, se convierte en otra cosa. Lo explica muy bien Manuel Delgado, que lo extiende a las marchas, las manifestaciones y las concentraciones…
'La fiesta del fin del mundo'
Usted reivindica lo colectivo como expresión de cuidado, apoyo, colaboración… ¿Al sostenerse mutuamente los cuerpos heridos se converten cuerpos enteros?
Se vuelven otros cuerpos. La copresencia demuestra que la reciprocidad y la intersubjetividad no son elucubraciones filosóficas, sino realidades. Cualquiera que haya participado de un acontecimiento colectivo sabe que mi subjetividad no termina en el límite de mi propia piel, sino que se transfiere a la persona que tengo al lado. Y esto no sucede solo entre personas que se encuentran en el espacio público. Esta intersubjetividad la encontramos también en las plantas, que son parte de nuestro ecosistema.
Usted critica el individualismo del neocapitalismo, basado en la idea de que si se quiere, se puede.
La vieja quimera del llanero solitario se ha deslizado hacia ese sálvese quien pueda, que es el eslogan del western en su versión Mad Max. La utopía es ya una distopía. ¿Cuál es el problema? Que hoy el relato sigue sosteniéndose en esas mismas ficciones, a pesar de que sabemos, que el individuo aislado sobrevive huyendo de los demás y está condenado a una vida miserable. Se nos cuenta un relato que no corresponde a la realidad. Crecemos y vivimos con esa educación sentimental que nos dice: Sálvate tú. Pero son engaños. En las catástrofes naturales lo que funciona es la ayuda mutua. Lo vimos en la dana de Valencia y lo vimos en la pandemia.
Su ensayo dialoga con la obra de Remedios Zafra y se publica en un momento en que se replantean los afectos, el amor y la amistad en clave social y política.
No creo que sea una coincidencia. En la pandemia nos dimos cuenta que la soledad es un estado atroz y que mucha gente sufre esta soledad. La pregunta es: ¿qué forma de gregarismo queremos fomentar? Hay gregarismos inclusivos, pero también excluyentes. Y también muchas zonas grises.
Natalia Castro Picón
Me gusta pensar cómo podemos convertir la amistad en una forma de comunismo cotidiano. Y vuelvo al tema de las fiestas, que suelen ser zonas seguras donde encontrarse con los otros, que no pertenecen exactamente a nuestro mismo círculo. Digo que las fiestas suelen ser espacios seguros, porque hay también un gregarismo festivo; al final, el gregarismo es un riesgo que está ahí y que se define en términos de clase y de raza, generando espacios de exclusión.
¿De qué manera ser hija del 15M y haber participado como activista en él ha marcado sus investigaciones académicas?
Llegué a Estados Unidos por culpa de la crisis con la idea de hacer una tesis sobre el 15M. Pero, para mí lo más relevante es que esos años me salvaron del pesimismo. No quiero aquí plantear ningún relato idealizado porque en mi generación lo pasamos muy mal; yo me tuve que ir muy lejos y fueron bastantes los años de incertidumbre y miedo, con la sensación de que todo lo que habíamos hecho no iba a servir para mucho. Vivir eso te hace saber que puede volver a pasar. Y esto es algo que las generaciones posteriores no tienen. El 15M nos enseñó que se podían hacer cosas.
No quiero decir que las nuevas generaciones sean derrotistas, pero sí que es verdad que esa experiencia se ha perdido, como se ha perdido su memoria. Se hizo un trabajo muy fuerte desde los medios de comunicación y a través de determinados discursos políticos para inculcar la idea de que el 15M no tuvo efectos, lo cual es radicalmente falso. Pasa lo mismo cuando se insiste en que del mayo francés no ha quedado nada. A mi generación o, por lo menos, a quienes lo vivimos desde la militancia política activa el 15M nos politizó de una forma alegre; nos enseñó lo que podíamos reclamar y lo que podíamos esperar. Yo aprendí que podía ocupar una plaza y quedarme, que podía ocupar un aula de la universidad para hacer una asamblea, aunque el rector se negara.
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¿Y qué queda de este aprendizaje en las generaciones más jóvenes?
Llevamos muchos años hablando de la importancia de la memoria histórica, pero ¿cómo vamos a reivindicarla si no tenemos memoria de lo que pasó ayer? Vivimos en un contexto que hace que estemos siempre con una sensación de ahogo, de desesperanza, de falta de futuro. En las generaciones más jóvenes la angustia por esta ausencia de futuro es mayor que la que tuvimos nosotros.
Uno de los eslóganes del 15M era: No tenemos miedo. Ahora el miedo es el arma con la que juegan los partidos de extrema derecha.
No se trata de intentar quitarse el miedo de encima, sino de dirigirlo. Es triste: hoy está totalmente socializado. No es fácil salir de este bucle porque para contrarrestar el miedo no podemos obviar lo que tenemos encima. Quizás de lo que se trataría es de equilibrar las cosas, compensar el miedo con la convicción de que tenemos derecho a reclamar condiciones materiales para una vida digna, buena y que se pueda disfrutar. Esto es clave porque permite pensar en un futuro distinto.
El 15M fue una crítica a un bipartidismo que no ha desaparecido. Ha aparecido un partido de extrema derecha y la izquierda parece disgregarse.
Si tuviera que pensarlo políticamente diría que hay que volver al origen y cuestionar esta idea de que una democracia de partidos nos va a salvar. Esto no quita que agradezca muchísimo a la gente que está en la política representativa, que es un picadero de carne. Hoy es muy arriesgado meterse en política, sobre todo desde la izquierda, porque vas a ser vapuleada. Lo que sí necesitamos es un sindicalismo fuerte, pero no tradicional, similar al que constituyeron las mareas ciudadanas.
Natalia Castro Picón
Hay que retomar ese eslogan del asalto a las instituciones, teniendo claro que el Congreso o el Senado no son las únicas. La escuela, el hospital, una asociación de vecinos…todas son instituciones y, como sostiene la teoría gramsciana, estas zonas intermedias pueden llegar a ser más importantes que las zonas altas de la estructura del Estado. Es ahí donde está la vida y suceden las cosas, en estos estratos a veces invisibles. Su invisibilidad es lo que lleva a veces a pensar que no se está haciendo nada, que no se puede hacer nada y que no hay futuro. Sin embargo, se están haciendo muchas cosas. Mi libro quiere reivindicar que es falso que todo relato apocalíptico sea despolitizador, porque hay un relato apocalíptico que está intentando empujar hacia un cambio.
¿Se trata de reapropiarse del relato?
Pienso en la novela de Rocío Lanchares Bardají, Hotel Madrid, que no llegó a entrar en mi tesis por falta de espacio. Un día, hablando con Rocío, me decía esto: nosotras estuvimos allí, así que sabemos lo que pasó y sabemos que lo que se dice no es cierto. Recuerdo uno de los carteles del 15M en el que se decía: Nobody expects the Spanish Revolution. Y, es cierto, nadie se lo esperaba; quizás los únicos que habían sido proféticos fueron Antonio Negri y Michael Hardt, a los qu se les acusó de voluntaristas. Pero fueron los únicos que supieron imaginar lo que estaba por llegar tanto en la Primavera Árabe como en España.