El 'roof garden' de Villa Savoye de Le Corbusier, uno de los jardines de referencia / ARCHIVO

El 'roof garden' de Villa Savoye de Le Corbusier, uno de los jardines de referencia / ARCHIVO

Artes

Jardines y sagas empresariales (6)

El jardín meridional: la alberca mozárabe de Ferrer Salat; el coleccionista Folch-Rusiñol y el jardín paraíso de Caralt, inspirado en Borromeo

10 noviembre, 2019 00:00

La alberca mozárabe que moldea el jardín situado en la calle Panamá en el alto Pedralbes fue una razón de peso para el propietario de la finca, Carlos Farrer Salat, fundador de la empresa de laboratorios Ferrer Internacional, creador de la CEOE e impulsor de los Pactos de la Moncloa, en momentos decisivos de la Transición. La alberca no es un simple adorno, está flanqueada de terrazo rojizo y rodeada de pequeñas cornucopias de flores al estilo persa. Debajo de la fuente se descabalga con suavidad un terrario de cipreses de estilo eduardiano, que linda en su extremo con el patio de la nueva sede del IESE, la escuela internacional de negocios.

En el mismo distrito, balcón sobre Barcelona, el gran coleccionista de arte primitivo Albert Folch-Rusiñol, el llorado pionero del Grupo Titán, enmarcó un pulmón verde dotado de acuíferos pensados para un proyecto de inspiración persa, que heredaron sus familiares, especialmente su hija y coleccionista Stella Folch. El empresario descubrió su pasión por la etnología cuando participó en la construcción de una planta de agua potable en el Sáhara. Se intereso por las culturas de las comunidades  Fang (Guinea Ecuatorial),  Benín (Nigeria) y otras etnias  indígenas de Nigeria, Ghana o la República Democrática del Congo. El salto de Folch-Rusiñol como coleccionista se produjo cuando el historiador August Panyella, director del Museo Etnológico y Colonial, llevó a cabo un plan de expediciones para enriquecer los fondos del museo. Panyella se había puesto en contacto con Eudald Serra, un artista catalán que había pasado 13 años en Japón, donde había convivido con escultores y ceramistas tradicionales. Folch no podía imaginarlo entonces, pero Serra se convertiría con el tiempo en el asesor y guardián de su colección. A lo largo de su vida, Folch llegó a entregar cerca de 4.000 objetos al Museo Etnológico de Barcelona. El MCMB situado frente al Museo Picasso, ocupa ahora las casas Nadal y Marquès de Llió de la calle Montcada.

La inspiración lejana se impuso en la Cataluña de los primeros años del novecientos. El remotismo llegó a cumplir los sueños de algunos de los grandes mecenas y emprendedores catalanes dispuestos a levantar paisajes imaginarios que envolvieran sus mansiones. El lila de la Toscana y el blanco mármol de inspiración india serían el contraste de las fachadas con el verde desnudo y algo puritano del jardín impuesto por los paisajistas eclécticos. El jardín meridional vivió de lleno la inspiración del llamado jardín paraíso importado de Oriente, tratando de reflejar el efecto Taj Majal o la blancura nívea levantada sobre bosques y arbustos, que marcaban el camino a los antiguos panteones o palacios de la muerte en los que se rendía homenaje un ser querido, especialmente a la persona amada. El caso que más se aproxima a este esquema mental se dio en el jardín de Santa Clotilde (comentado en la tercera entrega de esta colección Jardines y sagas empresariales).

Jardines de Santa Clotilde en la Costa Brava / ARCHIVO

Jardines de Santa Clotilde en la Costa Brava / ARCHIVO

Los excesos italianizantes han sido en nuestro país un anhelo imposible. Han sido varios los intentos de establecer jardines carnavalescos, un estilo cuya máxima expresión de dio en Isola Bella, en el entorno del Palazzo Borromeo. Allí la acción del barroco indisimulado expresa una ambición tan desmedida que debe considerarse todavía hoy un baldón de la fanfarronería, la fantasía que busca ser admirada en el kitsch sin pensar jamás que, caer en el mal gusto, es un desdoro. En medio de los jardines de Ravello, muy acotados por las hortensias y los crisantemos de otoño, Villa Rufolo es una construcción bastante modesta, casi pobre frente a la imponente mole de la torre pregótica o la galería de las ojivas, un verdadero encaje de piedra. Se trata del llamado Pabellón de Wagner, pretexto de discusiones sin fin por parte de biógrafos y melómanos que se preguntan ¿Cuánto y qué compuso Wagner exactamente en Ravello? Es el enclave donde el silencio se deshace sobre la silueta de los cipreses.

Ravello es carne de literatura. Allí se encuentra Villa Rondinaia, el fabuloso y acogedor palacio que compró Gore Vidal, cuando los anglosajones hicieron suyo este sitio. En el Golfo de Salerno todo es intenso; sus vistas, los limoneros de Amalfi, los tallistas del coral, una permisividad todavía no destruida por el tiempo, poco explícita, pero que flota en el ambiente. Joan Miró y el holandés Escher también tuvieron casa allí, pero los mejores momentos se remontan a D. H. Lawrence, que escribió allí parte de El amante de Lady Chatterley. En Ravello, el silencio proverbial se fusiona con una belleza que se mantiene intacta. Boccaccio la cantó y los escritores que se hicieron ravellianos, André Gide, Paul Valéry, Graham Greene o Tennessee Williams, no paraban nunca de rellenar cuartillas. Allí diseñó el auditorio el gran Oscar Niemeyer.

Al lado de la Italia solar, nosotros no llenaríamos ni media página de nombres sonoros. No ha sido la falta de ambición el freno catalán en el arte del jardín, sino la estricta ausencia del arrojo. Nuestra gente inventa, pero lo hace dentro de los límites del calvinismo profano que cierra puertas porque busca la estética de las cosas en el interior. Así lo muestra en el barrio barcelonés del Putxet uno de los mejores jardines privados de Rubió i Tudurí. Envuelve la mansión de los Bertrand de Caralt, con negocios vinculados al cemento --la antigua Asland, adquirida por el grupo Lafrage-- los consejos de administración de las principales empresas de servicios, las direcciones regionales de la gran banca española y con enormes fincas avícolas, una actividad caída que el grupo familiar liquidó. En la casa de los Bertrand de Caralt, de un noucentisme estricto, presiden estatuas del gusto escultórico del principio del siglo pasado, instaladas sobre una gran balaustrada que mira hacia el mar. Lo que al conde de Borromeo le hubiese parecido escaso es allí exquisito en el límite de lo permisible para una cultura escasamente festiva. La novedad de su construcción fue la presencia de roof-gardens a la neoyorquina situadas en las cubiertas amplias de los ventanales. La mansión se levantó cuando se extinguía el barroco moderno y llegaba atropelladamente la línea pura de Le Corbusier.