Óscar Puente, ministro de Transportes y Movilidad Sostenible
La gestión del ministro de Transportes, Óscar Puente, vuelve a moverse en esa incómoda frontera entre lo inevitable y lo tardío. Nadie puede reprocharle la respuesta al grave accidente de Adamuz (Córdoba): todos los recursos disponibles se activaron con rapidez y la prioridad fue, como debía ser, la atención a las víctimas y la investigación de lo ocurrido. Ahí, poco más se le podía exigir.
El problema llegó después. La reciente decisión de reducir la velocidad de los trenes que conectan Madrid y Barcelona no es fruto de una estrategia planificada, sino de una corrección forzada.
Los propios maquinistas llevaban tiempo alertando de baches y deficiencias en el trazado, advertencias que no se tradujeron en medidas hasta que la seguridad quedó en evidente entredicho. El resultado es un trayecto que se alarga en torno a media hora entre las dos principales ciudades del país, un empresariado dividido y buena parte de la sociedad, con miedo a coger un tren de larga distancia.
La medida es más que justificable desde el punto de vista de la seguridad —que debe estar siempre por delante de cualquier otro criterio—, pero llega tarde y con efectos colaterales.
Se resiente la estrategia comercial del transporte ferroviario, hasta ahora la opción terrestre más competitiva y demandada, y se abre la puerta a que muchos usuarios, por miedo o por pura eficiencia de tiempo, vuelvan a mirar al puente aéreo.
Así, el balance deja una sensación incómoda: decisiones correctas en el fondo, pero adoptadas cuando ya no había alternativa; una política de infraestructuras reactiva más que preventiva; y un empresariado del transporte fragmentado, con dudas crecientes sobre cuál es hoy el medio más fiable para viajar entre Barcelona y Madrid.
Seguridad, sí. Pero también previsión, coherencia y liderazgo, virtudes que siguen llegando con retraso.