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Examen a los protagonistas de la semana

Alexei Navalny

6 min

¿Una tacita de té, camarada?

Por regla general, la vida del disidente político no es una fiesta en ningún lugar del mundo, pero hay países mejores que otros para defender esa postura, sobre todo si adquiere la forma de una enmienda a la totalidad. Que se lo pregunten a Alexei Navalny (Butyn, Rusia, 1976), quien se encuentra en estos momentos hospitalizado en Alemania, tratando de sobrevivir a un aparente envenenamiento a base de una sustancia aún no identificada disuelta en una taza de té que se tomó el pasado día 20 en Minsk, Siberia. No consta que la infusión se la sirviera directamente Vladimir Putin --que se habría abstenido por una vez de su matarratas favorito, el polonio--, pero es innegable que, en Rusia, todo aquel que se enfrenta de manera activa y vehemente al mandamás que pretende eternizarse en el cargo tiene muchas posibilidades de acabar mal. A veces te acribillan a balazos mientras paseas por la plaza Roja, o te clavan en la espalda un paraguas con la punta untada en veneno mientras esperas el metro en Londres o te sucede alguna otra desgracia de la que, en ocasiones, se responsabiliza a algún oportuno checheno que corría, o no, por allí. Es público y notorio que la vida del disidente ruso es mucho más arriesgada que la de cualquiera de sus homónimos en un país democrático.

Rusia no es un país democrático. Difícilmente podría serlo si tenemos en cuenta que allí nunca se ha conocido la democracia: pasaron de la tiranía de los zares a la de los comunistas y la democracia es una cosa de la que todos han oído hablar, pero nadie ha visto con sus propios ojos (Navalny sufrió un ataque en 2017 con un aerosol que contenía un desinfectante que podría haberle dejado ciego, sin ir más lejos). Mezcla de dictadura personalista y narcoestado, la Rusia de Putin es un país en el que se te permite sobrevivir (y hasta medrar, si te acercas a quien te conviene) si no molestas al jefe y en el que puedes acabar muy mal si insistes en disfrutar de una sociedad equiparable a las occidentales. El señor Navalny ha elegido el camino más recto hacia el desastre y el episodio de su envenenamiento --que los médicos que lo atendieron en el primer momento se apresuraron a desmentir, intuyo que por la cuenta que les traía-- es uno más que añadir a los intentos hasta ahora desplegados para quitarlo de en medio. Y es que, ¿a quién se le ocurre pasar por la universidad de Yale, donde se pueden aprender cosas malas y antipatrióticas, fundar en 2011 una ONG que atiende por Fundación Anticorrupción y situarse al frente de un partido político llamado Rusia del Futuro?

Con semejantes iniciativas, lo raro es que nuestro hombre aún esté vivo. Su obsesión por la corrupción sistémica del país, que Putin y sus amigos niegan, no le ha traído más que desgracias: todo el mundo sabe que en la Rusia del tío Vladimir hay que seguir el consejo del Caudillo y no meterse en política, como no sea para declararse presidente del club de fans del presidente y, gracias a eso, dedicarse al chanchullo encaminado al lucro personal e intransferible. Evidentemente, el régimen niega cualquier participación en el intento de eliminación del señor Navalny, pero nadie cree nada que surja de la administración rusa. Suerte ha tenido Navalny de que le hayan permitido trasladarse a Alemania, donde el veneno ha sido detectado ipso facto, pues caso de quedarse en Rusia, nadie se habría sorprendido de que lo remataran en el hospital.

Nadie, empezando por el afectado, puede hacerse la ilusión de que se hará justicia con su caso. Otros sátrapas descuartizan en sus consulados a periodistas que se los han puesto al bies, algunos se conforman con el viejo truco del té envenenado. Ante estas martingalas, Europa hace como que se ofende e indigna y amenaza con represalias que nunca se cumplen: el jeque de Arabia Saudí que hizo eliminar a Kashogi sigue haciendo el sátrapa tan tranquilo y todo parece indicar que Putin no va a ser desalojado en breve de su cargo. Intuyo que, en estos momentos, el régimen ruso está buscando a un checheno para acusarle de haberle echado el veneno en el té al atorrante de Navalny.