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Viaje a la Cataluña catalana

El atractivo turístico de Osona vence todos los rechazos que el independentismo invasivo que domina la comarca pueda generar entre los visitantes

La Cataluña catalana: una bandera estelada preside la zona más alta de Tavertet, un pueblo precioso asomado a los riscos de Collsacabra / CG
07.12.2018 00:00 h.
8 min

En 1979, una veintena de políticos catalanes se instalaron en el Parador Nacional de Sau para trabajar en la redacción del anteproyecto de lo que sería el primer Estatuto de Autonomía tras la recuperación de la democracia.

Los partidos eligieron ese lugar porque reunía y reúne las condiciones de sosiego y paz imprescindibles para abordar un trabajo tan ingente. Además, el parador está situado en un paraje espectacular con el pantano de Sau a sus pies y en el corazón de la comarca de Osona, una zona que alguien con más xenofobia que inteligencia definió en su día como la Cataluña catalana.

Un mar de lazos amarillos

Hoy, el hotel de la empresa pública Paradores de España sigue allí, acogedor, bien conservado, aislado en un mar de lazos amarillos que llegan hasta la misma puerta. Parece que los activistas han respetado la neutralidad del lugar. El trayecto por carretera desde Vic es un continuo de simbología soberanista. ¡Qué tesón! No hay una sola señal de tráfico que se libre del lazo, amén de las consignas en el suelo, los carteles y las esteladas. Incluso algunos árboles lucen un detalle amarillo.

Nada más entrar en el hotel, el viajero encuentra una gran sala bautizada con el nombre de Estatut en recuerdo de aquellas jornadas. El edificio, pese a no ser de los históricos que la cadena acostumbra a usar, es interesante. Tiene un espacio central de dos alturas que convierte el hall en un atrio, en algo parecido a un patio de operaciones de las antiguas bolsas y lonjas. Está construido mirando a los singles (riscos) que separan Collsacabra y el mazizo de las Guillerías y, al fondo, Tavertet.

El patio interno del Parador de Sau / CG

El patio interno del Parador de Sau / CG

Es sencillo, pero confortable. Es el primer fin de semana de diciembre de 2018, y está al completo. De hecho, en el momento de la reserva una semana antes solo había disponibles dos habitaciones, aunque como todas las demás, con vistas al imponente valle y al pantano que le da nombre.

Los precios, moderados habitualmente, ahora son de temporada alta. Pese a no disponer de un restaurante comparable al de los clásicos de la cadena, se puede comer más que correctamente en base a una cocina de la tierra, centrada en los embutidos, los quesos, las carnes y las setas --los alrededores están plagados de boletaires incansables que han dejado los coches en lugares inverosímiles-- los embutidos, las castañas y las carnes.

Menú de 31€

El parador propone un menú de 31 euros muy ajustado, con suplementos para los platos más caros; y una carta con medias raciones. Hay que estar un poco atento porque las cuentas son muy complicadas, y a veces se equivocan. Dos rasgos curiosos: tienen un jamón ibérico de calidad y sirven cerveza de barril, un lujo en el mundo de los restaurantes rurales de Cataluña, incluso en los de las ciudades. Vinos de toda España no muy cargados.

Habíamos planeado cenar en el parador y dejar el mediodía para el establecimiento más renombrado de la comarca, Can Jubany. Pero no hubo manera: estaba completo, incluso nos apuntamos a la lista de espera, por si había bajas de última hora, pero ni por esas.

Es un lugar de lujo que inauguró el matrimonio Jubany en 1995 y que a los tres años ya tenía una estrella Michelin. Hoy han levantado un pequeño imperio. Merece la pena visitarlo, aunque hay que preparar la cartera: el menú básico está a 85 euros sin vino.

La clientela del Parador de Vic-Sau es familiar. Muchas parejas, la mayoría moderadamente excursionistas. Sorprende que en medio de este ambiente tan soberanizado, una buena parte de los huéspedes hablen en castellano, como los camareros. Deben ser catalanes castellanohablantes poco sensibles a la politización ambiental de la comarca que no quieren privarse de disfrutar de un territorio lleno de contrastes, con una planicie rica en agricultura y ganadería, una montaña preciosa y una gastronomía de calidad. También se oye francés y, con menos intensidad, inglés, dos nacionalidades muy presentes en la zona en época veraniega.

Vistas desde el parador del Pantano de Sau / CG

La zona es un terreno propicio para los aficionados a la micología, como queda dicho, y a las marchas a pie; pixapins en general. Así que al día siguiente nos dirigimos --en coche-- a Taverter, un pequeño pueblo de casas de piedra en lo alto de un single con unas vistas impresionantes. El ayuntamiento ha montado un aparcamiento --un euro al día-- a la entrada de la población, como hacen ahora en las localidades turísticas, para mantener el encanto de sus calles, todas ellas señalizadas con unas placas donde figura el nombre de la vía y dos grabados: el escudo local y una estelada.

El detalle tampoco supone mayor sorpresa para el visitante porque la entrada a Tavertet está presidida por centenares de lazos amarillos y senyeres con la estrella: al fondo de la calle principal un gran letrero que reclama la libertad de los presos políticos. A medio camino, un burro catalán de pura cepa expuesto y accesible a los paseantes, que en este rincón son mayoritariamente txirucaires listos para echarse al monte.

En la última parte del pueblo, la más alta, Tavertet saluda al mundo enarbolando una estelada que mira hacia el enorme --por hermoso-- valle.

Mucha demanda

En la montaña, como había ocurrido el sábado en la planicie, el domingo tampoco habíamos podido reservar mesa donde nos habían recomendado, el Faves Comptades. Por eso, acudimos a L’Horta, un local muy simpático llevado por gente tan joven --hubiera dicho que estaban en BUP-- que se atreve a proponer un menú degustación por 48 euros sin vino cuyo contenido prefieren no desvelar: quieren sorprender a los comensales.

Mesas muy pulidas de madera, sin mantel, pero con servilletas de algodón. El local es nuevo y está bien conservado. Calefacción de radiadores ayudados por un llar de foc que la camarera alimenta de cuando en cuando con troncos de madera.

postre

Coliflor con aires naranjas, un plato de contrastes curiosos / CG

Decoración a medio camino entre el pop y lo rural, la nueva rústica catalana que va de la butifarra a la brasa a las mangueras cargadas de cremas de boniato y castaña, y a las espumas de espárragos.

Todos los platos están elaborados en base a productos de proximidad, tanto los tres aperitivos como los cinco platillos siguientes y el postre que componen el menú. Los vinos, casi todos catalanes, excepto en el capítulo de tintos, donde incluyen riojas y riberas. Casi todo el mundo opta por el menú sorpresa. Un aprobado alto.

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