Si no hubiera presos, habría que inventarlos

Guillem Bota
08.10.2018
5 min

Me tomo unas cañas con mi amigo el mosso d'esquadra. Puesto que se cumple un año del pseudoreferéndum del 1 de octubre, saco a colación la actuación, aquel día, de la policía catalana.

--Bah, los jefes nos enviaron a hacer el payaso-- me suelta con la mirada fija en las botellas de detrás de la barra, que es la forma que tienen de hablar los veteranos en conversaciones de bar.

Quizás pensando que lo imagino con narizota roja y realizando malabares delante de un colegio electoral, abunda en su explicación. Me cuenta que, ya mediada la mañana, los mandos policiales enviaban a propósito a una pareja de Mossos d’Esquadra a cada colegio, sin ninguna equipación especial, a pelo como quien dice, para intentar convencer a cientos de personas allí reunidas de que entregaran las urnas y se fueran a casa.

--Nos respondían que no nos daban las urnas, claro. ¿Y qué iba a hacer una pareja de policías contra 200 personas? ¿Empezar a disparar? Nos volvíamos a comisaría con el papelito ya representado. Nos mandaron a una tarea imposible sólo para que nadie dijera que los Mossos no intentaron impedir el referéndum. Para cubrirse las espaldas. Los agentes hicimos el payaso para salvar la cara a los mandos.

Y le invito a otra caña, qué voy a hacer si no.

Mandar a la policía a llevar a cabo acciones imaginarias es lo menos que se puede esperar de una república imaginaria. Qué digo república, lo que tiene Cataluña en estos momentos es una autonomía imaginaria, un parlamento imaginario y un gobierno imaginario: nada funciona, salvo en la mente de quienes viven de ello. A lo largo los últimos meses, pero más a menudo durante los últimos días, cualquier burrada que suceda en Cataluña, y créanme si les digo que suceden a montones, tiene por parte del poder siempre la misma explicación: es que tenemos gente en la cárcel. Si se les critica que hayan tenido el Parlament cerrado tres meses, aducen que hay presos y la situación es peculiar. Si se les afea que no sepan qué hacer para continuar la legislatura, repiten que tienen colegas a la sombra y claro, ya se sabe. Si se les echa en cara que hay evidentes divergencias entre los miembros del gobierno, lo disculpan por la situación extraordinaria de que haya cargos electos encerrados. Da igual lo que se les cuestione, que el presidente aliente a los violentos, que Cataluña no pinte nada en la escena española ni europea, incluso que los lavabos del Parlament están sucios o que el president lleva el traje arrugado, la respuesta será invariablemente la misma:

--Vivimos una situación anómala, tenemos gente en la cárcel.

No hay día, mejor dicho no hay hora, en que algún político independentista no acuda a dicha muletilla para responder a toda cuestión en radio, televisión o prensa escrita. Para los actuales políticos catalanes, los presos se han convertido en un comodín a utilizar ante cualquier crítica. No hemos de tardar a escuchar cómo el próximo convergente imputado por la trama del 3% --salen a unos cuantos por semana-- declara ante el juez que robó, prevaricó y estafó porque hay políticos en la cárcel. Tan buenos resultados está dando la excusa que el establishment catalán al completo ruega para que Junqueras y compañía se queden muchos años entre rejas. Qué explicaciones iban a dar, si no, para sus desmanes e idioteces. Si los políticos presos no existieran, habría que inventarlos. Es decir habría que encerrarlos. Por el bien de los que siguen en libertad.

A cada nuevo "es que tenemos políticos presos", uno tiene ganas de responder que muy bien, pues vayan ustedes a llevarles un paquete de fiambres del pueblo como se ha hecho toda la vida, y dejen ya de utilizarlos para ocultar su mediocridad. Pero para qué. Uno ya prefiere que sigan haciendo el payaso, como los Mossos el 1 de octubre. Y nos tomamos otra caña a su salud.

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¿Quién es... Guillem Bota?
Guillem Bota

Guillem Bota quiso ser siempre torero, pero haber nacido en un pueblecito de la provincia de Gerona (Fornells de la Selva, 1970) sin plaza de toros, le dificultó la vocación. No se rindió el maletilla, y embarcó en un carguero rumbo a América, con un hatillo y un viejo jersey de su madre que hacía las veces de capote, como único equipaje. Quiso la mala fortuna que el carguero atracara en Buenos Aires, ciudad en la que abundan las porteñas mas no los morlacos, con lo que desvió su atención de éstos a aquéllas, con desigual fortuna y algunas cogidas. A orillas del río de la Plata empezó a colaborar con distintos periódicos e incluso se atrevió con dos libros de relatos -le marcó conocer en persona a Roberto Fontanarrosa-­, siempre bajo seudónimo que ocultara a sus allegados el fracaso en la lidia. Regresó a su tierra más viejo pero más sabio y con cinco hijos allende los mares. Se instaló en el Ampurdán con la vana esperanza de que se le pegara algo de Josep Pla y de que no lo localizaran las madres de sus retoños.