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Primero yo, luego yo y después yo

Ramón de España
6 min

Negociar los presupuestos del estado con los enemigos del estado no parece, a primera vista, una iniciativa especialmente brillante. Pero eso es lo que pretende nuestro presidente del gobierno, Pedro Sánchez, ese hombre a un sillón pegado que a veces parece tan indestructible como las cucarachas de cualquier apartamento del Bronx. El Roberto Carlos del PSOE quiere, como el original, tener un millón de amigos y así más fuerte poder mandar. Por eso tiene en la recámara a Inés Arrimadas, que ya no sabe qué hacer la pobre para salvar el partido que casi desintegra su antecesor en el cargo y fundador de Ciudadanos, Albert Rivera, quien no parece tener nada mejor que hacer --junto a su fiel Girauta-- que sumarse a la pinza ya formada entre la izquierda, la extrema izquierda, la derecha, la extrema derecha y los separatistas para enviarla al infierno (o, en su defecto, a la irrelevancia política).

Entre los enemigos del estado, a todo esto, cada uno va a lo suyo: Podemos, por motivos que algún psiquiatra debería explicarnos, les ve todas las gracias a los separatistas y parece creer que con ellos España puede avanzar hacia la Tercera República (que Dios le conserve la vista al del moño, pues todo el mundo sabe que los separatistas, por definición, aspiran a su propia república; los separatistas, como su nombre indica, pretenden separarse de la nación de la que forman parte para crear la suya propia, y están encantados con el papel de tonto útil que interpretan Pabloide y sus secuaces, cuya obsesión es acabar con la monarquía parlamentaria y lo que ellos denominan “el régimen del 78” para crear un país inspirado por Lenin, el Che Guevara y el general Perón (aproximadamente, si hemos descifrado bien la empanada mental del señor Iglesias Turrión, profesorcillo de universidad, bolchevique de salón, agitador y tertuliano convertido en el actual marqués de Galapagar).

Cualquier político español medio normal se alejaría como de la peste de semejantes compañeros de viaje (a ninguna parte), pero Sánchez es de los que creen que aramos con los bueyes que tenemos y los únicos que le siguen la corriente, por la cuenta que les trae, son los bolcheviques resentidos de Podemos y tarugos malintencionados del calibre de Gabriel Rufián, de ERC, y Oskar Matute, de Bildu. Para desesperación, eso sí, de los cuatro infelices que quedan en el PSOE que se resisten a aceptar que su glorioso partido se ha convertido en ese club de fans de Pedrito que dirigen, al alimón, Adriana Lastra y José Luis Ábalos (tras atender las constantes indicaciones de Iván Redondo).

Los españoles asisten con cierto estupor a los intentos del presidente de pactar los presupuestos del estado con los enemigos del estado, pero están tan ocupados intentando llegar a fin de mes en la era del coronavirus que Sánchez aprovecha para seguir a lo suyo y eternizarse en el cargo, que es lo único que le preocupa. Si para recabar apoyos hay que eliminar la lengua nacional de un rincón del territorio, se elimina y, a la espera de lo que digan los jueces, salga el sol por Antequera (si necesita ayuda conceptual para justificar lo injustificable, ahí está Pablo Echenique, que se largó el otro día una soflama sobre los intentos de Ciudadanos para machacar al noble pueblo catalán que fue una cima del cinismo parlamentario y de esa mezcla de mala uva y estupidez que resulta letal en cualquier ámbito y más aún en el político). Si hay que tratarse con el amiguete de los anormales de la capucha que asesinaron años a compañeros de partido, se hace y se presenta al compinche de los criminales vascos como un hombre de paz (sobra cuajo para ver en Otegi a Gandhi redivivo y para lo que haga falta). Para Sánchez, el fin justifica los medios. Y como tiene una oposición que parece que Dios le haya bajado a ver, hasta brilla en los sondeos electorales.

Como dijo no sé quién, la situación es desesperada, pero no preocupante. Y, además, el gobierno nos ha bajado el precio de las mascarillas. ¿Qué más queremos? Y es que nos quejamos de vicio. Sigamos haciéndolo hasta que se apruebe una necesaria ley que convierta cualquier opinión desafecta al régimen en fake news. Están en ello.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.