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El Gobierno y los gobiernillos

Ramón de España
7 min

A veces tengo la impresión de que el Estado autonómico es un apaño (o un paripé) que todos hacemos como que respetamos y nos tomamos en serio, pero que en el fondo nos parece un disparate carísimo inventado para satisfacer a los separatistas, una gente que, como su nombre, indica, nunca está satisfecha con formar parte de España. Tengo un amigo que desarrolló casi toda su vida profesional trabajando para un gobierno autónomo y todos los comentarios que le oí hasta su jubilación oscilaban entre la ironía y el sarcasmo. Lo llamaba “el gobiernín y se encargaba del área de publicaciones. Como el consejero de cultura, fuese de derechas o de izquierdas, era siempre un tarugo, a mi amigo lo dejaban en paz y podía editar lo que le venía en gana (incluyendo algunas joyas que obran en mi poder por mor de su generosidad). No le he preguntado a mi antiguo colega de la facultad de periodismo de Bellaterra su opinión sobre la reunión de ayer entre el presidente del Gobierno español y los de los diferentes gobiernines autonómicos, pero me la puedo imaginar y coincide con la mía: un paripé, otro más, para aparentar que al presidente español le importa lo que piensan sus homólogos (ja, ja, ja) regionales, desplazados todos a San Millán de la Cogolla con la intención de ver qué pillan para su terruño de los millones que nos va a soltar la Unión Europea para afrontar la ruina inducida por el coronavirus: uno de los grandes logros del sistema autonómico --además de fomentar el caciquismo y la corrupción de proximidad, como bien sabemos los catalanes-- ha consistido en sacralizar la insolidaridad y el egoísmo como grandes valores que deben distinguir a un presidente regional. Del más independentista al más español, todos deben comportarse como si le hicieran un favor a la comunidad manteniendo su región dentro de ella. Y todos deben volver a su pueblo asegurando que han arañado de la capital todo lo que han podido. Es más, algunos se aseguran de que eso suceda antes del encuentro, como el mandamás vasco, Íñigo Urkullu, que amagó con no presentarse al cónclave si Sánchez no le aumentaba el techo de déficit por teléfono: es lo bueno de tratar con los vascos, que no engañan y siempre sabes que con ellos todo se arregla con dinero.

Con según qué catalanes las cosas se complican. Mi presidente autonómico (mejor dicho, el inepto que interpreta ese papel por delegación de un orate huido de la justicia), Quim Torra, no fue a la reunión aduciendo unas excusas inverosímiles: que se le necesitaba en Cataluña para afrontar los rebrotes de la pandemia (nadie lo necesita para eso ni para nada, ¡pobres de nosotros como así fuera!), que él no se hace fotos que no sirven para solucionar los problemas de Cataluñacon su dimisión inmediata solucionaría, por lo menos, un problema de Cataluña!) o que no quería dignificar con su augusta presencia la figura del rey Felipe VI (cuando la aparición de Torra en cualquier acto, aunque se trate del Aplec del Cargol, lo envilece irremediablemente). El subtexto de Torra es: menos reuniones multitudinarias, Pedro, y más encuentros bilaterales de tú a tú, de nación milenaria a nación no menos milenaria, de vuelve la burra al trigo, a ver cuándo organizamos otro referéndum de independencia y cómo está lo mío.

Yo diría que con el sistema autonómico pasa algo parecido a lo que ocurre con la monarquía: más vale no tocarlo mientras no se estropee del todo. Why mend it if it´s not broken? (¿Para qué arreglarlo si no está roto?), como dicen los anglosajones. Está abollado, sí, como la monarquía. Podríamos enviar ambas instituciones al carajo y marcarnos una república federal con gobernadores en vez de presidentes que no presiden una mierda, pero --llámenme pusilánime--, creo que casi es mejor dejar las cosas como están. En España, las dos repúblicas vividas acabaron como el rosario de la aurora. Y la estructura federal requiere una lealtad a la nación común que los separatistas son incapaces de asumir. Sigamos, pues, como hasta ahora, sobornando a los del PNV y metiendo en el trullo a los posconvergentes. Y celebrando reuniones como la de ayer: todo el mundo sabe que no sirven para nada, que de ahí saldrá lo que más le convenga al presidente español para seguir guardando sillón, que el PNV ya ha pillado cacho y que el berrinche de Torra le importa un rábano a todo el mundo (y que le va a salir barba esperando la reunión bilateral con Sánchez).

Gran cónclave autonómico de San Millán de la Cogolla con breve presencia real: el enésimo acto del vodevil español contemporáneo en el que unos mindundis juegan a creerse relevantes y el que corta el bacalao les deja hacerse la ilusión de que existen, pues nunca se sabe cuando los puede necesitar para eternizarse en el cargo, que es en lo único que piensa. Como espectáculo, reconozcámoslo, el régimen del 78 no es gran cosa, pero las ideas que corren por ahí para acabar con él dan más miedo que un nublado. Por lo menos, a mí. ¡Viva el rey, viva el sistema autonómico y, sobre todo, vivan las vacaciones veraniegas que hoy comienzan para la mayoría de los españoles!

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.