Interrupción momentánea de la intoxicación

Ramón de España
4 min

Hay que ver lo mal que le ha sentado a nuestro presidente subrogado la decisión de la Junta Electoral Central de prohibir los lazos amarillos y demás parafernalia procesista en período electoral. ¡Menudo ataque a la libertad de expresión! Indignado ante semejante atropello, Chis Torra acusa de prevaricación a la JEC. A muchos, las medidas adoptadas por tan noble institución nos parecen muy razonables. Nadie le prohíbe a Torra, una vez celebradas las elecciones, volver a ensuciar la fachada de la Generalitat con sus trapos típicos de la secta amarilla. Como si le da por salir al balcón en pelotas y con un lazo amarillo en la chorra. Pero en época electoral es de rigor hacer algo que a Torra no le gusta nada: respetar las formas. De hecho, no lo hace prácticamente nunca.

Lo mismo puede decirse de los medios de agitación y propaganda del régimen, TV3 y Catalunya Radio, que también están que trinan con sus prohibiciones electorales, que consisten en dejar de hablar de “exilio” y de “presos políticos”, términos que pueden recuperar en cuanto pasen las elecciones. Sus trabajadores se acogen también a la libertad de expresión --de la que en TV3 solo disfrutan los procesistas, a los demás se les puede insultar en directo, como le pasó a Jordi Cañas con una arpía que le llamó “hijo de puta” sin que nadie la echase a patadas del plató--, y una de las presentadoras más patrióticas hasta se ha inventado la gracia prisis pilítics para intentar dar esquinazo de la manera más pueril posible a las indicaciones de la JEC. Esa es la visión del mundo de TV3, donde, según me cuenta mi vieja amiga Regina Ferré, que aguantó 27 años en esa covachuela de intoxicadores hasta que se fue asqueada, el 80% de la plantilla son adeptos al régimen y el otro 20% disimula, calla y adopta un perfil bajo porque el sueldo es bueno y fuera de las instalaciones de Sant Joan Despí hace mucho frío. De ahí que, a diferencia de TVE, donde los trabajadores se han manifestado varias veces en contra de las arbitrariedades del partido de turno en el poder, en TV3 reine una unanimidad a la búlgara en cuestiones que afectan a la inexistente ecuanimidad de la casa. Como me contó otra amiga, que sigue ahí, cuando en las pantallas de la redacción aparece algún réprobo que no es de la parroquia, lo habitual es que se le insulte desde las mesas y se le abuchee a conciencia: por el mismo precio, el prusés cuenta en TV3 con una redacción y una claque que no necesita esperar ni las órdenes del regidor.

La indignación del president suplente y de la borregada a sueldo del Departamento de Propaganda es indignante. Sobre todo, porque solo se les pide una tregua en su esforzada labor en pro del hundimiento de Cataluña, un poco de paciencia para guardar las apariencias. Pero ni de eso son capaces. El uno se dedica a cambiar sábanas del balcón de la Gene hasta que encuentra una por la que no se le puede empapelar y los otros se inventan lo de los prisis pilítics. Estos se han creído que el paisito es suyo. Y algún día deberían pagar por ello.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

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