Los quieren soltar y se ofenden

Ramón de España
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Por regla general, el presidiario anhela el indulto. Sabe que, de no ser por esa medida de gracia a cargo de la autoridad competente, va a pasar a la sombra todos los años de encierro que se ha ganado a pulso. Pero hay excepciones porque no todos los presidiarios son iguales: aquellos que cuentan con una coartada política suelen sentirse superiores a los delincuentes comunes y, en el fondo, aspiran a un código penal distinto del que se aplica al mangante medio: los presos del prusés son un claro ejemplo de ese sector de la población reclusa. A diferencia del presidiario común, que acepta su destino porque lo han trincado y hay que jorobarse, el presidiario con excusa patriótica se considera una víctima del sistema y clama por una libertad a la carta: nada de indultos, pues él está convencido de haber cumplido con su deber y estar siendo castigado por ello, si no, en todo caso, una amnistía que no implica arrepentimiento alguno y permite salir del trullo sin pedir excusas a la sociedad por los desmanes cometidos.

En este mundo al revés que es a menudo la España contemporánea nos encontramos con una situación peculiar (una más): Pedro Sánchez pretende soltar a los héroes del 1 de octubre para ver si se calman un poco las cosas en la Cataluña independentista (¡vana pretensión!) y para tratar de que los de Rufián no le retiren el apoyo a su precario gobierno, que se aguanta con alfileres, y más después de la fuga de Pablo Iglesias (que hasta se ha cortado la coleta, como los toreros, y luce ahora un aspecto casi presentable). Personalmente, creo que el indulto está de más con nuestros iluminados favoritos, pues es evidente que el proceso de redención que debería acompañar a la experiencia carcelaria no está funcionando muy bien en el caso que nos ocupa, donde nadie se arrepiente de nada, todos amenazan con volver a la carga en cuanto puedan y no ven la hora de irse a gimotear en instancias europeas, donde, según ellos, se les hará justicia de la buena y no lo que reciben en España (que se armen de paciencia, ya que el proceso europeo puede alargarse más de dos años…Años que, si persisten en su actitud, lo van a pasar en el penal de Lledoners).

Ante la petición de la justicia española de que digan algo con respecto a ese indulto que no han solicitado, la respuesta de Rull, Turull, Tururull y compañía ha consistido en no decir ni mú y hacerse los ofendidos. El único que ha abierto la boca es el iluminado en jefe, Jordi Cuixart (el beato Junqueras se ha familiarizado con el pragmatismo entre rejas y tiene claro, aunque no se atreva a decirlo, que la independencia de Cataluña no se prevé inminente), que es el aspirante al martirologio más conspicuo de la pandilla: ni en veinte años de encierro conseguiría plantearse la cuestión de que tal vez no se portó bien con sus conciudadanos; por eso ha hecho saber a la justicia española que se siente humillado y ofendido (gran especialidad de los true believers del prusés) ante la posibilidad de que lo indulten y que se niega a ser humillado de esa manera. Intentar explicarle que la intención del gobierno Sánchez no es humillarlo, sino soltarlo y quitárselo de encima constituiría una lamentable pérdida de tiempo. Bastantes concesiones conceptuales hace ya la autoridad, distinguiendo a los presos del prusés de los presos comunes, pues somos muchos los que no encontramos especiales diferencias entre unos y otros. De hecho, uno encuentra digna de encomio la actitud humilde y fatalista del preso común comparada con la soberbia y el solipsismo que caracterizan a nuestros supuestos padres de la patria.

Si Pedro Sánchez no fuese el arribista ególatra que es, ni la amnistía ni el indulto serían opciones que considerar. Si los sublevados del 1 de octubre insisten en no querer darse cuenta de lo que nos hicieron a todos al pasarse por el forro el estatuto de autonomía y la Constitución, siguiendo un mandato popular que solo existía en sus mentes calenturientas, obsesivas y fanatizadas, peor para ellos. Incluso dudo que a Sánchez le salga bien la jugada pretendidamente humanitaria: PP y Vox se deben estar frotando las manos antes la perspectiva de que su adversario político ponga en la calle a unos bocazas intolerantes que van de dignos y sobre los que una inmensa mayoría de españoles considera que están muy bien a la sombra. Y no es descartable que Sánchez y su muñeco diabólico, Chucky Redondo, se estén preguntando hasta qué punto les puede salir a cuenta dejar sueltos a los iluminados del 1 de octubre. La derechona está que se sale tras el triunfo regional de IDA y su Chucky particular, Miguel Ángel Rodríguez, y tiene un hambre de Moncloa considerable: indultar a una gente detestada en toda España podría resultar contraproducente para los intereses de nuestro presidente del gobierno, de ahí que no se aprecie una prisa excesiva con el tema de los indultos y lo de la amnistía ni se contemple.

Nuestros presidiarios patrióticos son muy dueños de sentirse humillados y ofendidos y de creerse que nunca hicieron nada punible, pero su libertad no parece ser en estos momentos una prioridad para nadie. Si ni se arrepienten de sus chorradas supremacistas ni aceptan indultos, por mí pueden seguir encerrados unos añitos más. Igual la justicia europea les sonríe (sobre todo, si el juez principal es de Flandes, donde aún recuerdan con rencor al duque de Alba), pero los dos años y pico de espera que les aguardan no parece que se los vaya a quitar nadie. Para entretenerse, siéntanse libres de expresar su humillación con todo tipo de declaraciones y aspavientos seudo morales.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

 

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