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¿Ayuda militar? ¡Ni hablar!

Ramón de España
5 min

Por lo que deduje de la última aparición en TV3 del portero de discoteca que ostenta la cartera de interior en la Generalitat, Miquel Buch (exacto, el que su apellido rima con “ruc”), lo que más preocupa a nuestro gobiernillo local no es que los catalanes empecemos a caer como moscas fulminados por el coronavirus, sino la posibilidad de que el ejército español, a través de la Unidad Militar de Emergencias, pueda ser visto patrullando por nuestras ciudades. Según Buch, con los mossos d´esquadra y las policías locales vamos que chutamos.

Yo creo que, en estas situaciones, cualquier ayuda es poca, pero Buch, si se cumplen sus negros presagios, es capaz de seguir el ejemplo de Raül Romeva hace unos años, cuando protestó en el Parlamento Europeo porque unos aviones del ejército del aire habían sobrevolado Girona y no le entendió nadie porque nadie entendía qué había de ilegal en que unos militares españoles sobrevolaran el territorio nacional.

Aunque Buch, que para eso rima con “ruc”, se resista a asumirlo, Cataluña forma parte de España hasta nueva orden, por lo que la UME tiene todo el derecho a desplegarse en Cataluña para echar una mano contra el coronavirus. Probablemente, Buch tampoco se ha dado cuenta de que el actual ejército español no tiene nada que ver con el franquista y, por consiguiente, hace décadas que no se dedica a machacar a su propio pueblo, sino a participar en misiones internacionales de paz y a arrimar el hombro en general cuando pintan bastos.

La UME es, sin duda alguna, la mejor idea que han tenido los altos mandos de nuestras fuerzas armadas en toda su historia. Como no estamos en guerra, ni parece que vayamos a estarlo en un futuro inmediato, se envían efectivos a países lejanos hechos unos zorros y, como en los regimientos hay demasiada gente tocándose los huevos (me permitirán que adopte brevemente un tono cuartelario), se inventa la UME, de gran utilidad, entre otras cosas, para apagar los tradicionales incendios veraniegos que asolan España en general y Galicia en particular, donde a veces parece que, para la población rural, la piromanía es el deporte regional (o nacional, por si me está leyendo alguien del BNG).

En una situación como la que atravesamos, negarse a recibir ayuda del ejército porque crees vivir en un país independiente y te vas a sentir ocupado es del género tonto. Pero ese género abunda en nuestro gobiernillo. De hecho, la tontería, junto a la adhesión inquebrantable al régimen, parece que da muchos puntos a la hora de hacerse con un buen cargo para el que no se está preparado.

Es de prever que, en cuanto se despliegue la UME en Cataluña, volveremos a oír hablar del 155 encubierto y demás delirios: seguro que Pilar Rahola ya tiene escrita su columna al respecto. Espero entonces que, ante las previsibles quejas del inhabilitado y contagiado Torra, el gobierno central le haga el mismo caso que le ha hecho con lo de cerrar las fronteras catalanas para impedir que nos ataque ese virus que dicen que viene de China, pero que él sabe de buena tinta que se ha creado en un laboratorio de Madrid: ninguno.

Eso sí, la evidencia de que los madrileños se llevan la palma en víctimas del coronavirus solo servirá para confirmar a nuestro líder suplente en su tesis de que los españoles son tan chapuceros que han acabado pagando en sus carnes el virus destinado a borrar a los catalanes de la faz de la tierra.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.