¿Y si colgamos a Torra?

Ramón de España
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Nuestro inefable presi suplente acabó quitando la pancarta del balcón de la Generalitat que la justicia le había urgido a retirar, pero permitió que se colaran en palacio Lluís Llach y Antonio Baños para colgar otra que no le trajera problemas con la autoridad. Ya es la segunda vez que hace algo parecido y se hubiese agradecido alguna alternativa más original. Yo creo que, tras descolgar la pancarta indicada, debería haberse colgado a sí mismo en señal de protesta. Atención, no estoy sugiriéndole que se ahorque, sino que se cuelgue con un arnés que lo sujete por los sobacos y lo convierta en la prueba viviente de la opresión española. Daría gusto verlo ahí colgado, con un megáfono para lanzar soflamas procesistas y poniendo cara de estar muy contrariado, que es, por otra parte, su expresión habitual. Puede que, en otro lugar, la ausencia parlamentaria del presidente causara algún perjuicio a la institución, pero en el caso que nos ocupa, teniendo en cuenta que Torra no da golpe, es poco probable que alguien le echara de menos.

Se trataría, además, de que el ejemplo de nuestro conducator fuera seguido en masa por todo el procesismo. Para no ser menos, Ada Colau debería colgarse del balcón del ayuntamiento y, convenientemente provista de su propio megáfono, hablar a grito pelado con el colgado del edificio de enfrente, espectáculo que, sin duda alguna, sería muy del agrado de los turistas. A continuación, todos los alcaldes separatistas de Cataluña, que son un montón, procederían a colgarse de sus edificios, y serían rápidamente imitados por todos los buenos catalanes procesistas, que son legión, convirtiendo las ciudades y los pueblos de Cataluña en una monumental performance que a la fuerza habría de llamar la atención de la prensa internacional, así como de la comunidad psiquiátrica mundial.

A mí me parece más reivindicativo que cambiar de pancarta lo de colgarse por Cataluña. Y tiene más épica que alquilarle el balcón de la Generalitat a Coca-Cola, H&M, Mango o El Corte Inglés como soporte publicitario, aunque no niego que esa posibilidad permitiría la entrada de un poco de dinerito fresco en el gobierno autónomo. Hablando de dinero, alguien debería encargarse de la venta de los arneses, y no se me ocurre nadie mejor que Vicent Partal a través de La botiga de Vilaweb, donde ya se lucra convenientemente con las camisetas de la Diada, las chancletas patrióticas y los felpudos antisistema (aunque últimamente le hace la competencia Pepe Antich desde El Nacional, por no hablar de esos chinos malévolos que te venden la samarreta de cada 11 de septiembre por la cuarta parte de lo que cuestan las del bueno de Vicentet).

Estoy convencido de que, si mi propuesta tirara adelante, el mundo nos miraría de verdad, esta vez sí, aunque fuese para llegar a la triste conclusión de que somos un país de colgados.

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

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