No reventarás mítines ajenos

Ramón de España
4 min

Que a Manuel Valls le iban a hacer la vida imposible los separatas y los comunes (y corrientes) es algo que se venía venir desde que el hombre anunció su candidatura a la alcaldía de Barcelona. Valls sabía que, fuera donde fuese, se iba a encontrar con seudopatriotas y seudoprogresistas dispuestos a abuchearle y a insultarle. Los separatas vienen indignados de fábrica, y los devotos de la izquierda imbécil se indignan como siempre lo ha hecho la derecha de toda la vida: son tolerantes, aseguran, ¡pero es que hay cosas que no se pueden aguantar! O sea, el razonamiento del facha tradicional ante cualquier cosa que le sulfure.

En cualquier caso, que votantes de la CUP y de Ada Colau se lancen a llamar fascista a Valls en la Rambla, como sucedió hace unos días, y que éste se vea obligado a acortar su jeremiada es algo que entra, más o menos, dentro de la normalidad. Lo que ya no me parece tan normal es que entre la turba de energúmenos pueda distinguirse a políticos en activo de la CUP y de los Comunes. Concretamente, en el caso que nos ocupa, Eulàlia Reguant y Lucía Martín. ¿No se han enterado estas dos lumbreras de que lo que está al alcance del ciudadano de a pie no siempre lo está de los que ocupan cargos políticos? ¿Se creen que se puede insultar a la competencia y, al mismo tiempo, ocupar una plaza en el Parlamento o tener un cargo en el partido?

Evidentemente, esperar que Carles Riera --ese señor de mi edad que dice cosas propias de un chaval de catorce años no muy espabilado-- le cante las cuarenta a Eulàlia Reguant (la Mujer de las Mil Caras, todas ellas espeluznantes) y le recuerde que no se puede estar en misa y repicando es mucho esperar; pero Colau adoptó la misma actitud con su secuaz, probablemente porque ya se sabe que la mera presencia de Valls en las calles de Barcelona es una provocación que ningún progresista tiene por qué soportar. Vamos, lo del facha que se cree tolerante, ¡pero es que hay cosas que no se pueden aguantar!

Cargarse las reglas del juego, eso sí, entraña algún que otro peligro. Si la actitud cazurra de la CUP y de los comunes se populariza, puede que otros partidos se apunten también a lo de reventarle los mítines a la competencia. Igual un día, mientras Ada intenta hacer llegar su mensaje a las masas, es interrumpida por el berrido de uno del PP que le grita “¡Cállate, vacaburra!” o alguna lindeza semejante. O puede que un graciosillo del PSC o de Ciutadans le suelte a grito pelado que cada día se parece más a Fernando Esteso. ¿O es que aquí solo pueden saltarse las normas los indepes y los comunes (y corrientes)? Suerte tendrán unos y otros si los demás partidos se reprimen y no envían a sus diputados más bestias a arrojar bombas fétidas a sus mítines (o bombas a secas, si se trata de ésos que acaban de entrar en el Parlamento andaluz y que, con la inestimable colaboración de indepes y comunes, van a acabar colándose también en el nuestro).

Rogaría a la CUP y a los comunes que se enmendaran en este asunto, pero me temo que sería como hablar con las paredes: ¡Es que hay cosas que no se pueden aguantar!

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¿Quién es... Ramón de España?
Ramón de España

Ramón de España (Barcelona, 1956). Autor de nueve novelas y una docena de ensayos, ascendió de las covachas del underground (Disco Exprés, Star, a finales de los 70) hasta los palacios del 'mainstream' (El País, donde colaboró ampliamente en los 90). Actualmente ejerce de columnista habitual en El Periódico de Catalunya y el semanario Interviú. Escribió y dirigió un largometraje en 2004, 'Haz conmigo lo que quieras', y aunque lo nominaron a los Goya, esta sociedad hostil no le ha dejado volver a ponerse detrás de una cámara (pero él insiste). Sus recientes ensayos sobre el 'prusés' y sus circunstancias, El manicomio catalán (2013) y El derecho a delirar (2015), lo han convertido en un personaje de referencia de la disidencia irónica.

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