Teresa de Jesús y la inteligencia emocional

Fue una mujer libre y pragmática, con una singular capacidad de control de sus emociones, de administración de su sensibilidad

Santa Teresa de Jesús, por José de Ribera
14.10.2018 00:00 h.
9 min

Teresa de Jesús es un icono fundamental en la historia de las mujeres en España. Muerta en octubre de 1582, aun con todas las tensiones que vivió, sobre todo, en la última década de su vida, su figura adquirió muy pronto un relieve extraordinario. El manuscrito del libro de su vida se había difundido mucho antes de su muerte. Ya en 1583 se publicó Camino de perfección. Sus obras completas se editaron en 1588, con presentación de fray Luis de León. Sus dos primeras biografías, ambas escritas por jesuitas, se editaron en 1590. Los pasos previos hacia su elevación a los altares se iniciaron en 1591. En 1614 el papa Paulo V la beatificó y en 1622 Gregorio XV la hizo santa. Sólo hacía cuarenta años que había muerto.

Rapidez excepcional. Ninguna de las compañeras de su tiempo recibió esta legitimación. La única que fue canonizada tan pronto fue Rosa de Lima, muerta en 1617 y elevada a los altares cincuenta y seis años después. Hubo muchos intereses políticos y eclesiásticos en la causa teresiana. La monarquía de Felipe III necesitaba una santa nacional como baluarte defensivo frente a la leyenda negra protestante que había generado su padre Felipe II. La familia del cuarto duque de Alba apoyó económicamente todos los gastos de la causa. Su figura desde la condición de santa podía contribuir --y de hecho contribuyó-- a la unidad de la Iglesia​, la superación de los conflictos internos de su propia orden del Carmelo, entre descalzos y calzados, y la conciliación entre dominicos y jesuitas, tradicionalmente tan enfrentados, en torno a una persona que había sabido llevarse bien con unos y otros, lo que refleja su eclecticismo y movilidad respecto a sus confesores. Nunca se ató a nadie en concreto.

Porque, efectivamente, uno de los méritos más relevantes de Teresa, más allá de los habitualmente mostrados en las muchas causas de beatificación y canonización abierta de monjas en el Barroco (causas que en su inmensa mayoría quedaron encalladas) fue su singular capacidad de inteligencia emocional, de control de sus emociones, de administración de su sensibilidad. Teresa fue el símbolo de un montón de equilibrios, raros y escasos, en un ámbito barroco donde primó el desgarro y el alboroto emocional. Intelectual y vital, visionaria y activista fundacional, fue una funambulista que supo caminar por un estrecho cable bajo el cual había infinidad de peligros. Siempre manejó muy bien sus emociones. Halagó a los varones, pero al mismo tiempo llenó su discurso de sutilezas de género. Descendiente de conversos, enterró hábilmente su memoria familiar para evitar conflictos con los cristianos viejos; espiritual y emprendedora permanente; mística y ascética; escritora por placer lo que ella disimuló haciendo ver que escribía por mandato; autoritaria y obediente cuando tocaba; soñadora y domadora de sueños; enferma y al mismo tiempo vitalista...

Por lo pronto, Teresa tuvo una infancia feliz sin traumas, más allá de sus enfermedades. Representa el arquetipo de la normalidad burguesa cotidiana propia de una familia numerosa de notable poder económico con un padre que se opuso a su profesión en el convento pero sin poner grandes cortapisas ni obstáculos. La madre murió cuando ella tenía 14 años y el padre cuando ella contaba con 28 años. Ingresó en el convento a los 20 años. Trasmitió en toda su niñez y juventud la viva imagen de la felicidad.

Estuvo bajo la mirada implacable de los inquisidores, pero supo solventar la amenaza con la amistad personal con el mismísimo Inquisidor General, Gaspar de Quiroga. Gestionó todos sus impulsos, navegando con una extraordinaria lucidez en tiempos muy difíciles de transición entre la Reforma Católica y la Contrarreforma.

En este marco de transición superó los tiempos de las reacciones resistentes al cambio y los radicales iluminados que apostaban por un mundo metafísico alternativo. Nadie como ella supo movilizar voluntades aunque más de una vez la engañaron. Lo pasó mal con múltiples acusaciones de alumbradismo en sus últimos años de vida pero trabajó a destajo para salvaguardar su imagen en las situaciones más difíciles. Como diría Simone de Beauvoir, no fue ni esclava de sus sueños ni de sus hormonas. Una mujer libre, que fingió lo que había que fingir, sufrió importunaciones misóginas de todo tipo, pero superó las inclemencias con ironía, paciencia, capacidad de seducción como guía de conducta, con una imagen de humildad, simplicidad y llaneza que ella supo construirse de sí misma. Su rigor en la vida conventual fue incuestionable con penitencias gravosas. Recibió presuntas visitas del diablo que ella describió con cierto distanciamiento. Tuvo éxtasis y experimentó la transverberación que inmortalizó Bernini pero nunca tuvo los estigmas físicos y llagas que tantas monjas difundieron.

En su mundo visionario, se resistió a dejarse llevar por la pendiente del imaginario. Consideraba que había pocas personas que “arrobaban de tal manera en la imaginación que todo lo que piensan les parece que lo ven: esto es harto peligroso”. Reivindicaba no confundir arrobamiento con abobamiento que “no es otra cosa más que estar perdiendo tiempo y salud”. Pragmatismo siempre. Una de sus discípulas, Ana de Jesús, decía de ella: “De cualquier cosa que oyese sacaba provecho. En todas las cosas que había contradicción se ejercitaba”.

La humildad espontánea o estratégica ejercida en el relato de su vida contrasta ciertamente con la fascinación que suscitó de inmediato a su muerte y que incidió directamente sobre su cuerpo. La obsesión reliquiaria que desencadenó fue tremenda. Nueve meses más tarde de su enterramiento en Alba de Tormes, su amigo Jerónimo Gracián quiso ver el cadáver. Se exhumó y Gracián le cortó la mano izquierda que guardó en un cofre que sería enviado a Lisboa, y el dedo meñique se lo quedó él y lo llevó siempre consigo. Cuando a él lo capturaron los turcos en 1593 se lo quitaron durante la cautividad y él logro su devolución con el precio de su propio rescate. En 1585, con su cadáver en Ávila, el vicario provincial de Castilla le cortó todo el brazo izquierdo. Tres años más tarde le arrancaron el corazón. El cuerpo siguió siendo despedazado con diversos miembros dispersos. El brazo izquierdo ha dado muchas vueltas, pasando en la guerra civil de los republicanos a los franquistas.

Siempre me ha planteado cómo hubiera valorado Teresa estas lecciones de anatomía que ofrecía su cuerpo después de su muerte.

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