La familia Torres en unos viñedos próximos a su bodega de El Penedès / CORRESPONSABLES

La familia Torres en unos viñedos próximos a su bodega de El Penedès / CORRESPONSABLES

Pensamiento

Torres: cinco generaciones de bodegas, vinos y tierra

Torres se ha extendido en España con denominaciones de referencia como Ribera del Duero, Rioja, Rueda o Rías Baixas

7 marzo, 2021 00:00

El manantial de trivialidad que nos rodea se hace liviano hasta casi el olvido en medio de viñedos situados entre breves agrupaciones de bosque conífero. Es el corazón de El Penedès, allí donde los Torres fundaron su bodega en 1870, aunque la trayectoria familiar de los cosecheros abarca cuatro siglos, tal como muestran los primeros documentos de los viticultores, que datan del 1559 y están depositados en el Institut d’Estudis Penedesencs. En 2020, la empresa celebró su 150 aniversario plasmado en la crónica histórica de Mauricio Wiesenthal, Familia Torres150 años y algunos siglos más, el relato de una saga que sitúa a los Torres en el centro de una Yoknapatawpha faulkneriana, propulsada hasta cotas multinacionales sobre los hombros de Miguel Agustín Torres Riera, líder de la cuarta generación.

El patrón de Torres ha fundamentado la invención de su producto en la fusión entre las cepas autóctonas, las parellada, garnacha, monastrell, tempranillo o cariñena con las variedades internacionales, como sauvignon blanc, chardonney, merlot, riesling o cabernet. En la personalidad de Torres Riera confluyen el emprendedor y el experto autor de libros de consulta, como Viñas y vinos o Die wein spaniens, escrito en colaboración con Peter Hilgard. Su padre, Miguel Torres Carbó, afrontó el período más dramático de la saga en 1939, cuando su bodega fue destruida por un bombardeo sobre la Estación de tren de Villafranca del Penedès, situada junto a la cava de los cosechadores. Torres Carbó fue un exportador de primer nivel muy recordado en los foros de opinión económica por sus controversias creativas con los ministros de Economía de los ochenta, como Miguel Boyer y Carlos Solchaga.  

 

 

Visita a las bodegas e historia de la familia Torres / TORRES

Los Torres funcionan desde la discreción, principio astutamente utilitario. Las primeras generaciones de la saga definieron el camino. Emigrado a Cuba en 1860, Jaime Torres Vendrell (1843-1904) hizo fortuna en la isla gracias al comercio y de regreso a Cataluña se asoció con su hermano Miguel, viticultor ya establecido en Villafranca. Indiano y cosechero probaron las mieles de un éxito magro, mientras el sector iba alzando el vuelo lentamente en un país marcado por asonadas militares, monarquías fugaces y bienios liberales. Ambos iniciaron la vocación exportadora del grupo, antes de dejar el negocio en manos de Juan Torres Casals (1865-1932), representante de la segunda generación, productor de brandis añejos, criados en roble, suaves y aromáticos, a partir de una selección de los mejores vinos blancos de la actual denominación.

¿El mejor vino en la Ribera del Duero?

La tercera manga de la saga recaería pronto en el citado Torres Carbó, un hombre-marca que dejó huellas de su paso en todo el planeta. Armado con su eterno maletín, con muestras de su propio terroir, aquel emprendedor nato fue una prolongación genuinamente catalana del comercial que levanta un red internacional a pecho descubierto. Saltó de Calvino a Rockefeller con la pericia y la humildad de los campeones. España superó lentamente el lastre de la autarquía económica gracias a operadores como Torres Carbó, Duran Farell, Carvajal, Luis Usera, Alejandro Albert y otros muchos que atravesaron el valle angosto de Transacciones Exteriores para colocar sus productos nominados en dólares en medio mundo. Cuando el país iniciaba su competencia frente a Francia e Italia con políticas de marca dignas de un sector emergente, la cultura del vino se convirtió en una celebración instalada en el alma de las cosechas, convertidas hoy en empresas de enorme reputación corporativa.

Miembros de la familia Torres en uno de sus viñedos / TORRES

Miembros de la familia Torres en uno de sus viñedos / TORRES

Autores universales, como Shakespeare, Gustave Flaubert, Honoré de Balzac, Calvino o Tolstoi mostraron la unión entre literatura y vino desde el inicio de la escritura. El caldo de la uva riega las páginas de la Biblia, del Cantar de los cantares o de Las mil y una noches, un texto casi dedicado a los misterios de la vid. Entre Sancho, adorador del vino en la obra de Cervantes, y Falstaff, papel por antonomasia del teatro isabelino, no hay distancia en el paladar. Los poetas gongorinos tampoco quisieron perdérselo y fueron un estandarte de la noble cosecha.

Torres Carbó no se prodigaba, pero su palabra dejó huella ante una Administración que aplicaba las duras condiciones de la Política Agraria (PAC) de la entonces Comunidad Económica Europea. Su hijo, Torres Riera, ha echado mano de la meritocracia antes de conseguir altos entorchados. Lo demostró en una de las sesiones celebradas en Barcelona de la Primum Familiae Vini, que integra 12 de las familias centenarias elaboradoras de vino del mundo, cuando explicó a los asistentes que el mejor caldo español se elaboraba en la Ribera del Duero gracias al buen hacer de uno de sus competidores. Una década después, Torres recibió el World’s Most Admired Wine Brand, otorgado por la revista británica Drinks International.

Bodegas en Chile y California

Para entonces, las tornas habían cambiado; su marca Grans Muralles, pegado al Monasterio de Poblet o el Milmanda, considerado uno de los mejores chardonnays españoles llevaban ya el testigo que hoy comparten con el Mas la Plana, el cabernet que se impuso en las Olimpiadas del Vino de París en 1979, enclavado en la finca Pacs del Penedès, que perteneció a los condes de Barcelona y que es el actual epicentro para la crianza del grupo: el Celler Waltraud, obra del arquitecto Javier Barba. Estos logros descansan sobre un siglo y medio preservando la identidad de una bodega que hoy tiene el foco puesto en la elaboración de vinos de pequeñas producciones, capaces de recuperar variedades ancestrales y de adaptarse al cambio climático, un esfuerzo este último que ha convertido a Torres en promotor de la International Wineries for Climate Action, la force de frappe de la descarbonización del sector.

Torres es una mancha de aceite que se extiende en primer lugar sobre el mapa catalán de las comarcas; tiene presencia en Penedès, Priorat, Costers de Segre y Conca de Barberà. Dentro de España se ha extendido en denominaciones de referencia, como Ribera del Duero, Rioja, Rueda o Rías Baixas; y a nivel internacional son muy conocidas sus bodegas en Chile y California, donde destaca el ingenio de Marimar Torres Riera, la hermana del patrón.

Bodega de la familia Torres en Pacs del Penedès, Barcelona / TORRES

Bodega de la familia Torres en Pacs del Penedès, Barcelona / TORRES

Como ha ocurrido en Burdeos o en los castillos del Loira del país vecino, la saga Torres se ha movido metafóricamente imantada por la figura de Pantagruel, el personaje de François Rabelais que, junto a su amigo Panurgo, inició un viaje en busca de la Divina Botella, el oráculo que debía resolver todas sus dudas. El camino hacia el país de Gargantúa y Pantagruel fue un espacio mítico anclado en la realidad, con mucha tradición entre los grandes cosechadores. La interacción entre la tierra y sus correlatos en el drama y en la ficción está siempre presente en el mundo del vino.  

En 1979, Torres asentó en Chile su bodega en el Valle de Curicó, convirtiéndose en la primera bodega extranjera en establecerse en el país andino. En la misma etapa, la familia adquirió terrenos en Russian River, en el valle de Sonoma (California, EEUU), donde en 1986, Marimar Torres plantó sus primeras cepas de chardonnay y pinot noir para construir su propia bodega, Marimar Estate. En 1994, la marca Familia Torres sumó a su patrimonio la emblemática bodega Jean Leon, fundada en 1963 por el aventurero y restaurador del mismo nombre --el santanderino Miguel Ángel Ceferino Carrión-- y pionera en la introducción de variedades francesas en la comarca del Penedès. Torres creó en esta etapa algunos de sus vinos más emblemáticos y concretó su expansión, con la implicación de la quinta generación.

De la experiencia chilena emergió Miguel Torres Maczassek (1974), hijo de Torres Riera y líder de la quinta generación, actual director general del grupo, en colaboración estrecha con su hermana, Mireia Torres Maczassek (1969), directora de Innovación y Conocimiento. Ambos focalizan ahora en crecimiento de la empresa en la elaboración de vinos singulares, la recuperación de variedades ancestrales y la investigación climática, clave a la hora de conocer la suerte del vino en el segundo milenio, marcado por el calentamiento global y las guerras del agua.

Bodega de la Familia Torres, situada en pleno corazón de la prestigiosa comarca vitivinícola del Priorat / TORRES

Bodega de la Familia Torres, situada en pleno corazón de la prestigiosa comarca vitivinícola del Priorat / TORRES

El arte de ver tu propia historia

Los proyectos vitivinícolas más recientes de los Torres Maczassek incluyen Mas de la Rosa (DOQ Priorat), Purgatori (DO Costers del Segre) y Forcada (DO Penedès), el primer vino monovarietal de una cepa recuperada después de la filoxera. El Mas de la Rosa, el vino más exclusivo de cuantos elabora hoy la familia, está situado en un viñedo recóndito cuyas cepas, garnacha tinta y cariñena, crecen con dificultad en las escarpadas laderas de pizarra del Priorat y se distribuyen en suelos con drenaje rápido. La enología apuesta ahora por la altura para elaborar vinos más puros y capaces al mismo tiempo de mantener los sabores afrutados.

El vino del siglo XXI acabará con los tabúes de una historia marcada por barricas a veces centenarias; la calidad del resultado sustituye a la fabulación afrancesada de algunas rancias políticas de marca. En el Priorat de los Torres, la altura y la piedra rememoran la furiosa Alma del vino de Baudelaire: “yo iluminaré los ojos de tu mujer arrebatada…”. Allí, en el corazón de 75 hectáreas, se cosechan además dos marcas de referencia, Perpetual y Salmos, dignas de la Oda al vino de Pablo Neruda (“muere la primavera/crece como una planta la alegría...”).

En Santa María de Miralles, la altitud del viñedo a 550 metros sobre el nivel del mar y las características de los suelos ofrecen las condiciones de los blancos Fransola y Waltraud, que destacan por su perfil fragante y gran elegancia. En Les Arnes, a nivel de media montaña, en una viña de las tierras altas del Penedès y presidida por una ermita románica del siglo XII, los Torres cosechan además una pequeña finca de cuatro hectáreas asentada en suelos de pizarras del Paleozoico. Son angostas vaguadas, que han dado lugar a uno de los tintos más exclusivos de la familia: el Reserva Real. La misma apuesta por la altura ha llevado a las Bodegas a instalar en San Miquel, en el municipio de Tremp, un viñedo pre pirenaico, situado a 950 metros de altura, del que los Torres esperan un resultado consonante con el sabio reflejo plasmado un día en este imperativo poético Borges: “vino, enséñame el arte de ver tu propia historia..”