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Moisès Broggi y el Doctor Robert

El corazón de la probeta (7): del Doctor Robert a Moisès Broggi

Las academias han mantenido siempre en Cataluña una dialéctica fortalecedora entre ciencia y empresas, una forma útil de avanzar

13.01.2019 00:00 h.
12 min

Las academias catalanas vinculadas a la farmacología y la medicina aportaron un instinto similar al de los descubridores de la Reina Victoria en Gran Bretaña, galvanizando en la ciencia un curioso afán por la botánica, el paisajismo y la arquitectura. Frecuentaron especialmente el amor por las bellas artes y las letras, como contrapunto de su actividad básicamente científica. Pero el rasgo más característico de su tiempo --interrumpido en 1936 y recuperado en los últimos años del siglo pasado-- fue la vinculación de estas instituciones a la empresa, motor de la economía, sin menospreciar a las universidades. En el caso de la farmacología, el empeño docente bien anclado en la UB buscó acomodo en los estudios reglados de centros de alto conocimiento y corte privado, como el Instituto Químico de Sarrià (IQS). Las academias han mantenido siempre una dialéctica fortalecedora entre ciencia y empresas, una forma útil de avanzar, en la que han destacado figuras, como Miquel Ylla-Català, Puig Muset o el mismo Joan Uriach, cuyas memorias (Doctor Biodramina; Ed. 62) están siendo citadas en esta serie dedicada a las empresas catalanas de laboratorios.

Las concomitancias entre el paisajismo y la ciencia moderna se cruzaron en la pluma del escritor Josep Pla, maestro del relato impresionista. Pla escribió que la vista más bonita de Cataluña estaba en la casa del doctor Jaume Pi Figueras, en Pals, situada al lado de la Torre de las Horas, con el Empordanet dominando el paisaje, desde la islas Medes hasta l'Escala, la sierra de Montgrí y Les Gavarres, a lo lejos. Pi Figueras perteneció a la vanguardia científica reunida en la Real Academia de Ciencias Médicas de Cataluña y Baleares, en la que coincidió con Corachán, Esquerdo, Barraquer, Pedro Pons o Cardenal, y con otros más cercanos en el tiempo, como Gil-Vernet o Antoni Puigvert. En los años difíciles, el gran internista Agustí Pedro Pons, un hombre con simpatías en las dos Españas, desempeñó la presidencia de la academia. Y en plena posguerra, un joven Joan Uriach entró en este mundo de la mano de Pi Figueras para sustituir a Pere Puig Muset, el apóstol de los farmacólogos; dos años después, Uriach cedió el cargo a Josep Antoni Salvà, conocido en la universidad por su mezcla de sabiduría y humor.

La Real Academia de Ciencias Médicas convivió con la Academia de Ciencias de la Salud, una institución, esta segunda, con origen en el ochocientos y relanzada mucho después por Jordi Pujol (en su etapa de fer país), con referencias indiscutibles en el mundo de la medicina, como los hermanos Trias Pujol. El doctor Josep Laporte, consejero de Sanidad en las tres primeras legislaturas de CiU, presidió ambas academias en la etapa democrática, como lo hizo años después el mismo Moisès Broggi, el cirujano centenario, siempre más cerca del mundo maragalliano que del nacionalismo. La actividad civil de Broggi cubrió ámbitos muy diversos, como muestra su pertenencia al Rotary Club y su sinceridad al confesarse miembro de la Gran Logia de la Masonería barcelonesa, que todavía se reúne, una vez al mes, alrededor de mesa y mantel en el Hotel Plaza de Gran Vía. Los 104 años de vida de Broggi le permitieron acunar experiencias límite, más allá del conocimiento científico, tal como lo muestran sus inicios, como cirujano de guerra, sin instrumental ni morfina, capaz de practicar amputaciones y operaciones en las trincheras republicanas del Jarama y del Ebro.

La modernidad de las academias científicas llegó tarde a España en comparación con sus hermanas británicas y francesas. Pero a diferencia del resto de Europa, los mejores momentos de estas instituciones estuvieron vinculados al nacimiento de las empresas de laboratorios y de material hospitalario. Nacieron al calor de la actividad empresarial y no únicamente universitaria. Una de las más relevantes, la Real Academia de Farmacia, situada en su origen junto al claustro del antiguo Hospital de la Santa Creu,  fue presidida por Miquel Ylla-Català, una referencia indiscutible. Esta academia alcanzó la plenitud en la sede de la Santa Creu, situada primero junto a la Biblioteca de Cataluña, en el edificio que fue Casa de Convalecencia, Escuela de Cirugía y Facultad de Medicina, para terminar su traslado al Sant Pau de la Avenida Gaudí, en cumplimiento de los patronos de fundaciones benéficas (el caso descollante de la viuda Dorotea de Chopitea, accionista del Banc de Barcelona y de la Transatlántica) que recuperaban para la Iglesia edificios nacionalizados en la desamortización de Godoy y Mendizábal. Los píos benefactores se mantuvieron al margen de las academias en las que crecía imparable el imperio de la razón, tratando de seguir pegadas a la Iglesia (la verdad como dogma) y mantener el impulso de la Cataluña cristiana.

Las academias tuvieron siempre un toque de Residencia de Estudiantes, el eje libre del Madrid republicano en la etapa de gran convergencia entre las ciencias y las humanidades; y puede considerarse que su influencia ha ido ganando vigencia tras superar el doping en fondos públicos recibido por del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), de la mano del Opus Dei, en años de ausencia de libertades. Sin apuntarse a la descristianización del espacio público, las academias científicas han jugado en España la carta de la dignidad laicista. Sin embargo, en Cataluña, donde la fuerza post conciliar volvió a conjugar revelación y razón, formaron patronatos como la Fundación del Templo Expiatorio de la Sagrada Familia, en el que conviven científicos, empresarios, arquitectos, artistas y humanistas, todos impulsores de la magna obra de Antoni Gaudí.

Puede decirse que, precisamente esta pugna entre las academias y el CSIC oficial en los años de silencio, mantuvo en vigilia a hombres como Ylla-Català, un científico especializado pero interdisciplinario al mismo tiempo, conocedor de la arquitectura vanguardista de Josep Maria Sert y de la poesía épica de Verdaguer. Ylla-Català dejó una huella pictórica inestimable al encargar al gran pintor Guinovart un mural que preside la mejor sala de la Academia de Farmacología. El cruce entre las artes plásticas y los laboratorios tiene impronta propia. De la fusión arte-ciencia quedan muchos testimonios y un caso especial muy actual: el del químico Enric Vila-Casas, sumergido en su fundación, la mayor donación al arte contemporáneo a lo largo del último siglo, después de la Colección Cambó, cedida al MNAC. Digamos que la ciencia y la empresa han mostrado un instinto filantrópico que las grandes colecciones privadas nunca exhibieron.

Las academias se agarraron a su instinto de conservación en los momentos difíciles de la política, gracias a personajes como el doctor Bartolomé Robert, que fue alcalde de Barcelona en el fin de siglo. Robert fue un antecedente del lobby farmacológico catalán en la medida en que entendió la necesidad de compaginar la actividad investigadora y el éxito empresarial de los laboratorios, base de una industria, siempre al límite de sus altos costes en materia de invención. El Doctor Robert asumió como edil, en 1899, el liderazgo del conocido Tancament de Caixes, la insumisión fiscal frente al Estado por parte del mundo del comercio. Las empresas vinculadas a Fomento del Trabajo Nacional, con Ferrer-Vidal de presidente, las cámaras de comercio o las agrupaciones de tenderos dieron de baja sus negocios para no pagar impuestos sin incumplir la ley. Fue una respuesta en contra de la subida de impuestos y tasas comerciales del Gobierno de Francisco Silvela y su ministro de Hacienda Raimundo Fernández Villaverde (Historia de Foment del Treball; Francesc Cabana y Manuel Milián). Robert, miembro de la Lliga Regionalista y presidente del partido de Francesc Cambó, presidió la Academia y el Laboratorio de Ciencias Médicas e intervino en el traslado de la Facultad de Medicina al Hospital de Sant Pau. Melómano y miembro de la Sociedad Wagneriana, Robert participó en el patronato del Festival de Bayreuth​, pero el mismo año del Tancament de Caixes, llevado por un filogermanismo alarmante, impartió un conferencia sobre la “raza catalana” en la que se mostró como un supremacista al comparar capacidades craneales entre pueblos (La Barcelona del Doctor Robert). Hoy, su memoria, simbolizada en su estatua conmemorativa de la Plaza de Tetuán, recuperada después de haber sido destruida durante la Guerra Civil, no parece capaz de reconocer la dura verdad de una Cataluña etnocéntrica, que trata de regresar en tiempos del procés.

Robert jugó un papel fuerte en el mundo de las academias y, mucho después de su desaparición, fue homenajeado en su México natal (había nacido en Tampico, aunque se formó en España) en un discurso de su académico correspondiente en el país Latinoamericano. Fue así, en momentos de intercambio, como las academias científicas volvieron a su actividad después de la posguerra y casi siempre a través de personajes del exilio, como el gran fisiólogo August Pi Sunyer. Poco después de su muerte, el doctor Folch i Pi, profesor del Instituto Politécnico de México y hermano del bioquímico Ignasi Folch i Pi, narró emocionado los últimos instantes de la vida de Pi Sunyer con estas últimas palabras del gran gramático romanista, que expresaban el profundo dolor del exilio republicano: "...estoy llegando a Barcelona, veo el faro de Calella y el de Montjuïc".

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