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Dos joyas creación de Lluís Masriera i Rosés / WIKIPEDIA

Los Bagués-Masriera: dos siglos de gemas y piedras preciosas en el corazón de Barcelona

La actual joyería Bagués-Masriera, propiedad de los hermanos Josep, Joan y Jordi Oliveras Bagués, afronta los desafíos del siglo XXI con la exigencia de la calidad

11 min

La tristeza atlántica de Sintra ha obsesionado desde niño a Juan Carlos I. Y puede decirse que la lamentable ingeniería financiera del emérito tiene su origen en el temor atávico de los borbones al exilio portugués, manifestado en la dispersión del patrimonio y en la diáspora de las joyas de María de las Mercedes, convertidas algunas en almoneda en las casas de subasta londinenses. Don Juan, conde de Barcelona, puso en manos de los joyeros Masriera el cuidado de algunas de las gemas de la reina madre, que ahora custodia la reina Leticia. El abuelo Borbón tuvo tiempo de conocer a Lluís Masriera Rosés (1872-1958), aquel enorme joyero barcelonés, punto de encuentro entre el simbolismo, el japonismo y el esteticismo inglés; este último fue sobre todo el trampolín de la joya de arte, una manera de concebir las gemas más allá de su función meramente ornamental.

Joyero, esmaltador, pintor, escenógrafo, dramaturgo y empresario, Lluís Masriera empezó de adolescente como aprendiz en el taller de la familia; creció sobre un festín de colores, metales preciosos y cristales; intensificó sus conocimientos en la Escuela de Bellas Artes de Ginebra, donde se especializó en el esmaltado de metales, usado en la joyería de su tiempo para encastar miniaturas en piedras finas. Descubrió y patentó su color irrepetible, el llamado esmalte Barcelona, de enorme éxito en la Expo Universal de París. Contactó con el orfebre francés René Lalique y, durante el resto de su vida, trató de ensamblar las vanguardias catalanas con el Art Nouveau, una corriente volcada en la plástica y también en campos insólitos, como la arquitectura industrial de los vaporistas, instalados en cuencas fluviales de la Cataluña interior. Tuvo tiempo de sobresalir como pintor y dejó el conocido cuadro L’ombrel.la japonesa, una pieza museizada repetidamente y conservada en el fondo de arte de la familia. El joyero aprovechó la aparición del Noucentisme para renovarse; fue capaz de modificar el barroquismo de sus comienzos hacia un estilo más clásico de líneas geométricas; se apuntó a la muerte del símbolo y adaptó el cambio de tercio estilístico a la línea empresarial de un tiempo menos acaudalado, pero más exigido estéticamente.

Collar de oro y plata con diamantes brillantes y zafiros de talla brillante, firma: 'Masriera i Carreras' / WIKIPEDIA
Collar de oro y plata con diamantes brillantes y zafiros de talla brillante, firma: 'Masriera i Carreras' / WIKIPEDIA

Las joyas Masriera transitaron desde la gran predilección por el mundo floral hasta los célebres colgantes de mujer-libélula. La casa conservó el vitrificado, una antigua técnica recuperada y difundida por joyeros como Vever o Fouquet. Y así, a base de refundar sus esmaltadores, los Masriera alcanzaron la mezcla de estilos con joyas soportadas por tabiquillos de oro o plata sin ninguna base metálica, simplemente al aire. Para entonces, su oferta destinada a las rentas altas de la ciudad había dejado el modernismo para instalarse en un espacio que la Barcelona del momento señaló sin complejos como el nuevo culto al art decó. Fueron los tiempos del periodo entre guerras, el momento de los negocios inflacionarios y de la fiebre del oro salvada por el banquero Evaristo Arnús, aquel inversor que evitó la quiebra de la Bolsa de Barcelona comprando a la baja, vendiendo al alza y multiplicando su fortuna. Para entonces, en los palcos del Liceu, los wagnerianos y los mozartianos se sonreían unos a otros por puro trámite, con las damas exhibiendo en el cuello piedras Masriera con plique-à-jour.

Éxtasis de la joya modernista

En 1915, se produjo la fusión entre dos de las familias de joyeros y plateros de mayor tradición barcelonesa: los Masriera y los Carreras. Nació así la sociedad Masriera Hermanos y Joaquín Carreras, que alcanzó un alto reconocimiento en toda Europa gracias a su éxito en la Expo del 29, un salto cualitativo del rol de Barcelona como capital de la cultura, el deporte y los negocios. Por su parte, la firma Bagués había sido creada una década antes, en 1917, especializándose en la elaboración de joyas contemporáneas. Bagués recuperó las técnicas llevadas a cabo en la joyería modernista catalana y las hizo suyas. Se centró en el uso del esmalte al fuego, hasta convertirlo en un sello de su marca (Joiers Masriera; 200 anys d’historia de Pilar Vélez; ed. Àmbit).

La tradición de los Bagués, fundamentada por tres generaciones, representa la continuidad de la Casa Masriera, éxtasis de la joya modernista, fundada en 1810 por Josep Masriera Vidal y gestionada por cuatro generaciones del mismo tronco. Masriera fue adquirida casi dos siglos más tarde (1986) por los mismos Bagués. El primer Masriera aprendió el oficio en el ochocientos gracias a una pasantía en pleno romanticismo, cuando las agujas y los colgantes resumían la melancolía y concentraban el transporte amoroso. Todo se esmaltaba entonces en un fondo negro caligrafiado a menudo por una exhibición de rulos de cabelleras flotantes; eclosionaron entonces las orejas de lóbulo horadado, con zafires, amatistas o rubíes, según el amplio anecdotario de la época recogido por el cronista Rosend Llates, en 30 anys de viada catalana y La Barcelona del vuitcents (ambos en Ed. Aedos).

Tienda Masriera a la calle Ferran 51 que recibió una mención al concurso de edificios artísticos de Barcelona de 1903 / WIKIPEDIA
Tienda Masriera en la calle Ferran 51 que recibió una mención al concurso de edificios artísticos de Barcelona de 1903 / WIKIPEDIA

En los últimos años, la actual joyería Bagués-Masriera, propiedad de los hermanos Josep, Joan y Jordi Oliveras Bagués, afronta los desafíos del siglo XXI sobre la base de la calidad y la tradición. La empresa ha simplificado su integración convirtiéndose en una boutique-taller. En el ámbito de la gestión, la firma ha modificado su estructura directiva eliminando el consejo de administración e implementando un modelo de órgano de gobierno severamente privado. Con el tiempo, Bagués ha reducido su magnitud doméstica y, paralelamente, ha ido ampliando su radio de presencia internacional. En EEUU, dispone de un centro que distribuye en las joyerías más prestigiosas del país, mientras que en Japón, su estandarte es una boutique en el centro de Tokio. Bagués-Masriera sigue siendo la joyería más antigua de Europa, descontando a la francesa Chaumet, con sede en la Place Vendôme de París.

De las tiendas emblemáticas de los núcleos familiares Masriera, Carreras y Bagués, hoy se mantiene solo la de los bajos de la Casa Ametller del Paseo de Gracia. La más celebrada fue  sin duda la tienda conocida como El Regulador, el mítico establecimiento de los Masriera en Ramblas esquina Comerç, convertido en restaurante desde que pasó a formar parte del Hotel Bagués, después de la venta del local a la Cadena Derby, propiedad de Jordi Clos.

Joyería Bagues en el Passeig de Gràcia / BARCELONAPASEODEGRACIA
Joyería Bagues en el Passeig de Gràcia / BARCELONAPASEODEGRACIA

La fusión entre el arte y la empresa familiar es un dato recurrente en sectores industriales, como la química, la confección o el enorme mundo digital de hoy. En el caso de los joyeros, esta fusión fue la esencia indisoluble del fundador Masriera Vidal, de sus hijos, los pintores Francec y Frederic Masriera Manovens y de su nieto, Lluís Masriera Rosés. Todos fueron orfebres sobresalientes y al mismo tiempo emprendedores capaces de gestionar una compañía de recorrido internacional y cuentas recatadas hasta el punto del secreto, al estilo de sus homólogas europeas en Rotterdam, Zúrich o Brujas.

Una tiara de diamantes

Francesc Masriera i Manovens dejó en sus lienzos un importante testimonio de la vida y las costumbres de la burguesía barcelonesa de principios del siglo XX. Entre su producción pictórica destaca su labor puntual como pintor de Corte, con logros como el Retrat de la Reina Regent Maria Cristina d’Habsburg i del príncep Alfons, situada en el salón de plenos del Ajuntamiento de Barcelona.

A criterio de los expertos, la joya más destacable de los Borbones, que pasaron por las manos de los Masriera, es una tiara de diamantes y platino que perteneció a la Casa de Borbón-Dos Sicilias. Su primera propietaria fue Luisa de Orleans, abuela del rey don Juan Carlos, pero lo cierto es que acabó en manos de María de la Esperanza, casada con Pedro de Orleans-Braganza, y fue ella quien lució la preciada diadema en la boda Juan Carlos y Sofía. Esta joya es otro motivo simbólico para un monarca ya destronado que sufrió de niño la melancolía de Sintra y que parece haber perdido el buen tino que exhibió en los años de la Transición