El Forrest Gump catalán

Julio Murillo
12 min

Jordi Turull Negre no necesita, eso creo, de excesivas presentaciones. Todos ustedes le conocen bien. Es el 50% de Rull y Turull, equivalente catalán de Dupont et Dupond, los dos agentes de la policía secreta bautizados como Hernández y Fernández en la edición española de Tintín; clavaditos, en lo tonto, pero con menos gracia. De hecho nuestro Turull es el colmo de la sosez. Para encontrar a alguien más soso habría que fabricarlo por encargo. Baste decir que cuando habla hasta las moscas se suicidan.

Recordarán también que Jordi Turull fue diputado en el Parlamento de Cataluña durante una eternidad --desde 2004 hasta 2018--, siempre como fiel mamporrero de CDC, Democràcia i Llibertat, Partit Demòcrata Català, Convergents, Junts x Sí, Junts x Puchi, Junts x la Pasta y media docena de franquicias más que los herederos de la antigua CiU se iban sacando de la manga, o de la chistera, a fin de desdibujar su vergonzoso pasado, trufado de desfalcos, escándalos, comisiones ilegales y misales que iban y venían entre monasterios por orden de la reverenda madre superiora. En 2017, ese nefasto año en que todos vivimos peligrosamente --especialmente los constitucionalistas--, Turull era consejero de la Presidencia y portavoz del Gobierno de Cataluña, tras sustituir a Neus Munté. Como otros viciosillos de la sedición y pisaúvas de la democracia fue juzgado por el Tribunal Supremo y condenado a 12 años de prisión, de los que ha cumplido solo tres y medio gracias a que Pedro Sánchez sigue necesitando a lo peor de cada casa a fin de mantener el Falcon y seguir degustando chuletones al punto, vuelta y vuelta.

En las últimas semanas, tras los indultos, hemos podido ver cómo todos los 'Presssus Pulítics' se entregaban con absoluta delectación y frenesí a lo que más les gusta. No hay nada que les haga más felices que una cámara de televisión, aunque sea municipal; una alcachofa; una pancarta o un megáfono. Y aún más tras haber sufrido en sus carnes tantísima represión y aislamiento. De este modo han copado incontables informativos, programas, tertulias y entrevistas, en las que han reafirmado, como émulos de los hermanos Dalton, su firme voluntad de volver a las fechorías lo antes posible. Todos se han dado baños de masas, allá y acullá; Pere “Garbancito” Aragonès extendió en su honor la alfombra roja al recibirles en la Generalitat, anunciando solemne, al finalizar el acto, que "Avui res s’acaba!"; buena parte de ellos peregrinaron hasta Ginebra y Waterloo, a fin de abrazar a la desconsolada Marta Rovira, que aún no se ha recuperado de la frustración de no haber podido “consumar hasta el final”, y para rendir pleitesía a Carles Puigdemont, que seguramente aprovechó para endosarles el carné de la 'Republiqueta Barataria' --el pobre anda desesperado, solo ha rascado unos 300.000 eurillos con el invento-- y abrasarles las neuronas a golpe de Let it be.

Pero para Jordi Turull todo eso no era suficiente. Necesitaba algo más. Quería agradecer de forma personal l’escalfor --el calor-- que ha recibido por parte de miles de ciudadanos anónimos durante su permanencia en Lledoners; protestar, de paso, contra el sistema judicial español; exigir el fin de la represión y el retorno de los exiliados; y reafirmar, una vez más, su compromiso con la lucha futura que deberá librar Cataluña en su inexorable camino hacia la libertad. Dándole vueltas al asunto se le ocurrió lo de la Travessa per la Llibertat, es decir: darse un garbeo en el tren de San Fernando (ya saben: un ratito a pie, y otro, andando) de dos semanas, de pueblo en pueblo, dando de paso la tabarra a la parroquia. Y dicho y hecho: cual Forrest Gump se nos ha puesto el hombre en marcha, decidido a patearse toda Cataluña de punta a punta, bajo un sol abrasador, desde Portbou (Girona) hasta Arnes, en las Tierras del Ebro (Tarragona). Unos 380 kilómetros divididos en 15 etapas. Partió el 10 de julio, despedido por un centenar de lazis alborozados, y si por el camino no le da una pájara o un jamacuco llegará a la meta el día 24.

La idea en sí no es nueva. Tiempo atrás una asociación independentista denominada Camí de la República anduvo durante 24 días en mística peregrinación hasta Waterloo. Recibieron como recompensa unos puñados de tierra sagrada del jardín de Cocomocho. También lo hizo un lazi exaltado de Tortosa, un tal Raimundo López Calvet, que desbarra en Twitter día sí y día también. Y lo de unir Portbou con Arnes lo pudimos ver en la Diada de 2013, cuando unos nueve millones y medio de independentistas, casi diez, hicieron aquella famosa cadenita kumbayá de marras. Pero lo de ir de pueblo en pueblo, ponerse morado de comercio y bebercio por cortesía municipal, y de paso dar la brasa a los vecinos es una notable vuelta de tuerca en los anales de la psicopatía nacionalista.

Creo, de todos modos, que una iniciativa de esta índole, aireada por toda la prensa digital independentista, debería haber sido pensada a lo grande, tirando la casa por la ventana --¡será por pasta!--, porque el laziplanismo está ahora mismo en horas muy bajas, deprimido, desunido, enfrentado. Las hordas de Puchi y de Junqueras se pasan el día a la greña en las redes. Y así no se va a ninguna parte. Tras la caída de Miquel Iceta, hasta los de ERC empiezan a dudar de que en septiembre saquen nada en claro de la mesa de diálogo. Pedro Sánchez ya no está por la España Federal Asimétrica Diferencial Chanchipiruli, y Elsa Artadi, que es de reflejo rápido, no pierde comba: tiempo le ha faltado a la hora de proponer un frente común entre convergentes, republicanos y cuperos, para recuperar la germanor perdida y sacarle, en la medida de lo posible, los higadillos a Sánchez cuando toque aprobar los Presupuestos Generales del Estado. 

A la luz de todo eso, permítanme algunas sugerencias. De entrada, en esta 'Travesía por la Libertad' faltan más celebridades. A Jordi Turull, el menos carismático de todos los sediciosillos de Berjusa, apenas le siguen unos pocos fieles por esas abrasadas carreteras de Dios, a los que se suman, en la etapa diaria, un par de docenas de chiruqueros locales que no saben qué hacer con su vida. Imagínense cómo cambiaría la cosa si todos los presssus pulítics y los líderes del Procés, de ayer y de hoy, se animaran a participar en el show. Turull, como padre del invento, abriría la marcha junto a Artur Mas, seguidos por las cheerleaders Carme Forcadell, Dolors Bassa y Meritxell Serret. Incluso Laura Borràs, por lo de la operación biquini, se apuntaría. En el centro, ardiendo como un fósforo, Raül Romeva, flanqueado por los Jordis, Sànchez y Cuixart, subidos al techo de un tractor, megáfono en mano, convocando a la población a reunirse en la plaza mayor. Y cerrando la comitiva, resoplando como bueyes, 'al borde de la linotipia, digo lipotimia', Oriol Junqueras, Joaquim Forn y Quim Torra, los pesos pesados del equipo.

Toda Cataluña querría ver algo así. TVen3 ofrecería cobertura exhaustiva, porque en plena canícula no sabe cómo llenar esa cuarta parte de su parrilla de programación que aún no dedica al Procés. La 'Travesía por la Libertad' sería mucho más que una mera acción política, reivindicativa; sería un espacio cultural, gastronómico, folklórico, de reafirmación nacional; un reality show de lo más ameno, que serviría para calentar motores de cara a la Diada del 11 de septiembre y, de paso, recaudar fondos. Tras los discursos y soflamas desde el balcón de los ayuntamientos, y las inesperadas apariciones de estrellas invitadas como Pilar Rahola o Toni Albà, tras el moscatel y los carquiñolis de rigor, Forcadell le espetaría alegre a Mas aquello de “President, posi les urnes!”. Y en un santiamén, las sagradas urnas del 1-O se materializarían como por arte de ensalmo y se llenarían no de votos pero sí de billetes destinados a cubrir la multimillonaria fianza exigida por el Tribunal de Cuentas; pastizal que ningún banco ha querido avalar y que de momento han salido del fondo de “reptiles” extraordinario de la Generalitat.

Con todos los héroes del Procés en ruta, por los caminos de la Tractoria profunda, viviríamos momentos emocionantes, entretenidísimos. Les veríamos conspirar en directo, pelearse, culparse unos a otros por el gatillazo de la DUI, diseñar la próxima intentona. Pero sobre todo reiríamos a base de bien. Ver cómo un payés le enseña el mecanismo de una hoz a un Junqueras ojiplático y admirado, o a Torra intentando beber de una bota de vino y recibir un chorro de tintorro a presión en la frente, no tiene precio. Créanme si les digo que solo por ver a toda esta pandilla de majaderos en su salsa, en todo su esplendor, yo volvería a resintonizar TVen3.

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¿Quién es... Julio Murillo?
Julio Murillo

Periodista, escritor, director creativo y experto en publicidad y comunicación. Formé parte del elenco de periodistas especializados en música y cultura durante los años setenta y ochenta en revistas como 'Vibraciones', 'Ajoblanco', 'Rock Espezial', 'Rock Deluxe' y 'El País'. He sido director de publicaciones mensuales en RBA Revistas y Grupo Godó-La Vanguardia, al frente de la edición española de 'Playboy'. También he sido responsable de innumerables campañas de publicidad para grandes marcas. En los últimos diez años me he dedicado a la literatura, con seis novelas publicadas y una séptima en camino. He sido finalista y ganador del Premio Alfonso X El Sabio de Novela Histórica, en 2005 y 2008 respectivamente. Melómano hasta la médula, yo soy yo y mis vinilos. Asisto con perplejidad y desazón al armagedón social, político y económico de nuestro tiempo.