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Más frugalidad y menos frivolidad

Antonio Gallego
23.07.2020
6 min

¿Quién no ayudaría económicamente a un hermano en paro? ¿Cómo mirar para otro lado si no tiene para poner un plato de comida sobre la mesa? ¿Podemos eludir nuestro compromiso si están a punto de ejecutarle la casa? Cualquier persona de bien, si no hay antecedentes que lo imposibiliten, echaría un cable para auxiliar al necesitado. Una gran mayoría de personas, renunciando a parte de su bienestar actual, prestaría dinero para evitar el coyuntural infortunio. Pero, como dicen ahora los holandeses, ¿nos comportaríamos con la misma generosidad si una penuria coyuntural fuera realmente estructural?

Sobre España no pesa una maldición bíblica que nos empuje irremediablemente a ser siempre rescatados. Nuestra Nación tiene los mimbres económicos, el capital humano, la cultura y los recursos naturales suficientes como para no depender de terceros países cada vez que la economía mundial se resfría. Es doloroso ver a nuestros “gobernantes cigarra” limosnear transferencias a fondo perdido a las austeras hormigas del norte por segunda vez en una década, más aún, sabiendo que no hemos aprovechado los últimos seis años de crecimiento económico español para hacer reformas estructurales, modernizar nuestra economía y reducir los números rojos de las mastodónticas administraciones públicas.

Parece razonable que, si nuestro hermano nos presta dinero, nos pida que busquemos trabajo, aprendamos nuevas destrezas profesionales o que reduzcamos gastos familiares no indispensables. Tendría razón en molestarse si viera que en este lamentable contexto nos cambiamos el coche, nos suscribimos a todas las plataformas para ver la tele y que nos vamos de vacaciones al Caribe a crédito, incrementando así nuestra deuda.

Seré muy sincero. No tiene sentido mantener 22 ministerios, una estructura política autonómica absolutamente elefantiásica, destinar miles de millones a infructuosas subvenciones clientelares, invitar a venir a media África sin garantías de integración y prometer paguitas a todos los vagos (ahora les llaman ninis) que pasen por la puerta del ministerio. El gasto público creció en 2019 en 20.452 millones y en 2020 superará por primera vez en la historia el 50% del PIB. Además, ese incremento, según el Instituto de Estudios Económicos, no se aprovecha adecuadamente al constatar que España se sitúa en el puesto 26 de los 36 países de la OCDE en cuanto a la eficacia del gasto público. En definitiva, el país gasta más de lo que ingresa y lo gastamos mal.

Prefiero que las reformas las lidere un holandés serio que un infausto vendedor de crecepelo como Iglesias que durante años reivindicó no devolver el dinero que nos prestaban terceros países. Prefiero que un austriaco riguroso haga una puesta a punto en nuestros presupuestos a que lo haga un manirroto patrio que rechaza cualquier tipo de control sobre el gasto. Al abordar una revisión de nuestro mix fiscal, no dudaría en escoger a un danés partidario de impuestos bajos antes que a un descendiente de “la pata del Cid” defensor de impuestos confiscatorios. Como en cualquier multinacional, la nacionalidad del que toma las decisiones debe ser un criterio secundario y anecdótico. Lo importante es defender el interés general de los españoles, venga de donde venga la decisión.

Los ciudadanos debemos empezar a considerar que sería bueno premiar electoralmente a políticos serios, austeros, honestos, fiscalmente ortodoxos, sobrios y, como dicen ahora, un poquito más “frugales”. Ojalá algún día nuestro país pueda volver a ser gobernado por personas que gasten en función de lo ingresado, que entiendan que es bueno tener las cuentas saneadas, que al Estado no le pasa nada por tener un colchoncito y que a cambio de cuatro votos no prometan el oro y el moro (supongo que esta expresión también será políticamente incorrecta).

Es de vital importancia diseñar un plan a diez años para reparar nuestro modelo productivo, aligerar el descomunal entramado político y equilibrar las cuentas públicas de todas las administraciones públicas. Los españoles debemos aspirar a ser dueños de nuestro propio destino. Si no lo conseguimos, puede que nuestro hermano del norte nos acabe cortando el grifo para siempre. Eso si no nos llevamos antes la Unión Europea por delante.

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¿Quién es... Antonio Gallego?
Antonio Gallego

Economista y consultor de empresas. Después de algunos años dedicados al servicio público en el Congreso de los Diputados, Parlament de Catalunya, Diputación de Barcelona, Consell Comarcal del Baix Llobregat y Ayuntamiento del Prat, ya estoy de vuelta en el sector privado. La ya clásica frase "es la economía, estúpido" sigue siendo plenamente vigente. Por ello, en esta humilde tribuna hablaremos de "las cosas del comer". Espero que no se les indigeste mi visión de la economía.