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Pablo Iglesias o la rueda del karma

Ignacio Vidal-Folch
8 min

De los delitos o los defectos de los padres no se puede ni se debe acusar a los hijos; pero si Cayetana Álvarez de Toledo no estuvo muy elegante, ni quizá oportuna políticamente, el otro día en el Congreso, en cambio hay que reconocerle que tuvo toda la razón, dijo la pura verdad cuando acusó a Pablo Iglesias (en adelante P.I.), que en vez de “señoría” la llamaba “marquesa”, de ser hijo de un terrorista.

P.I. se había jactado pública y reiteradamente de que su padre fue miembro del FRAP. Estaba orgulloso de ello, pues significa que su padre estuvo en la lucha antifranquista. Ahora bien, en la lucha antifranquista hubo muchos otros partidos y entidades en los que se podía militar sin dejar huellas de sangre al caminar. No hay nada de lo que jactarse en haber militado en el FRAP. Más bien es cosa de la que arrepentirse o avergonzarse.

Porque el FRAP (Frente Revolucionario Antifascista y Patriótico) era un partido que se dedicó al asesinato de agentes de policía cuando podía pillar a alguno desprevenido. Mucho heroísmo del que jactarse no hay en ello. También consta en su ejecutoria algunos excitantes asaltos a bancos y haber puesto una bomba que otra. Su trayectoria, bastante breve y deleznable, no ha pasado a la historia por otra cosa que por las viudas y huérfanos que causó. Ni siquiera fueron muchos.

Disculpar al FRAP, como hacen algunos, con el pretexto de que eso sucedió durante el franquismo (en realidad durante la agonía del franquismo), es sencillamente ridículo e intelectualmente deshonesto. Pero además jactarse de que tu padre estuvo militando en ese partido… Así pues la portavoz del PP dijo una verdad como un templo sobre el padre de P.I.

A éste parece que le dolió que se metieran con su padre, y por eso, y aunque milita entre los que critican “la judicialización de la política”, amenazó con ir, una vez más, a los tribunales. No creo que tenga mucho recorrido esa denuncia. Pero si lo piensa bien, se dará cuenta de que es él mismo el que provoca situaciones tan desagradables, pues su antipática belicosidad le ha metido en la “rueda del karma” y ahí le tiene preso. ¿Desprecias al adversario y lo descalificas por su estirpe? Él te recuerda que la tuya tampoco es para tirar cohetes.

Otras veces el mal karma de P.I. se manifiesta mediante hechos embarazosos que vienen a desmentir sus palabras.

Así, por ejemplo, en el año 2012 criticó a Luis de Guindos por haberse comprado un piso de 600.000 euros en La Moraleja; según PI era imposible fiarse de un tipo así: “¿Entregarías la política económica del país a quien se gasta 600.000 euros en un ático de lujo?”

Pocos años después él compró la famosa casa de Galapagar… por 600.000 euros declarados.

Así, por ejemplo, P.I. participa, si no es que organiza, en acosos intimidatorios o “escraches” contra varios adversarios políticos y define esas gamberradas como una acción justiciera e higiénica… y ahora tiene que llamar a la Guardia Civil para que proteja su chalet, víctima de escraches parecidos (aunque menos ominosos) que aquellos en los que él participaba.

Así, por ejemplo, se cansó de llamar “casta” a la clase política española… poco antes de colocar a su novia (una mujer vehemente, que habla exactamente igual que él y en el mismo tono) como parlamentaria, y luego como titular de un ministerio que ha tenido que ser resucitado ad hoc para ella: una maniobra claramente nepotista, con un tufo ya no machista sino otomano, que iguala el caso de la elevación de la esposa de Aznar a alcaldesa de Madrid, y comparada con la cual lo de Pujol con su hijo Oriol es una bagatela. Metido en la casta hasta el cuello.   

Así, por ejemplo, acusa a la policía de conspirar contra él y contra su partido y se presenta como acusador en un juicio --por el robo del teléfono de una estrecha colaboradora y la difusión anónima de datos de su tarjeta—… pero a la vista de algunos datos sospechosos el juez le acaba expulsando de la acusación mientras sopesa si adjudicarle el papel, mucho menos confortable, de acusado.

¿Esto qué es? Karma. Karma, karma y karma, no es otra cosa.

Ahora ha llamado a una diputada “marquesa”, en evidente alusión despectiva a privilegios heredados, y es puro karma que la marquesa le recuerde el pedigrí de su padre.

Es la rueda del karma. Para liberarse de ella es recomendable ser muy humilde y comer vegetales y arroz. Nada de fritos.

Claro que al profesor que hace pocos años pronunciaba discursos antisistema en las herriko tabernas y ahora es vicepresidente del Gobierno todo esto le parecerá perfectamente razonable y, en cualquier caso, un peaje que puede asumir.    

Y bien mirado, también la ciudadanía tiene que agradecer que nos vaya mostrando tan plásticamente, tan vistosamente, la realidad del proyecto que se ocultaba tras una apariencia y un discurso tan fieramente revolucionarios. Ya se va viendo que no se trataba exactamente de “asaltar los cielos”. Eso era solo la “interface”. De lo que se trataba, al fin y al cabo, era de una ambición común y corriente, como la de todo hijo de vecino: o sea, una vivienda cómoda, con piscina, en un entorno de aire puro, cerca de la naturaleza; una esposa joven y linda, y que te admira; unos hijos sanos; un trabajo descansado y bien pagado; el ejercicio del mando, no de la obediencia; el respeto de la sociedad; y un plausible porvenir más próspero aún.

¡Sí se puede!               

¡Claro que se puede! ¡A la vista está!

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¿Quién es... Ignacio Vidal-Folch?
Ignacio Vidal-Folch

Por desgracia nací huérfano, ya que mis padres fueron aplastados por un aerolito un par de años antes de que yo naciese. Esta tragedia me obligó a formarme como autodidacta. De joven lavé platos en el Soho, fuí maquinista en un ballenero, croupier en un casino, músico callejero en la estación Sebastopol del metro de París, y dí tres veces la vuelta al mundo como inspector de hoteles para la cadena Savoy. Enriquecido por tantas experiencias volví a Barcelona, donde he publicado varias novelas y libros de relatos y colaboro con el diario El País y las revistas Tiempo, Jot Down y otras.