Bad Bunny en la Super Bowl
Benito y los nuevos bárbaros
"Bad Bunny dio voz a los nuevos bárbaros ante un nuevo neo-César que hace del abuso una práctica que pretende ser avalada"
La historia, sea esta netamente natural o solo histórica y humana, no hace saltos y, por otra parte, en ocasiones, parece volver a los arquetipos.
Sintiendo como propio el mundo platónico de las ideas primigenias, que las leyes universales, e interplanetarias, de la física, en ocasiones, parecen confirmar (con fenómenos como la “evolución convergente” que hizo parecerse a ictiosaurios y delfines o a Triceratops y rinocerontes, y que, de forma también convergente, hizo que mayas y egipcios hicieran pirámides sin tener contacto entre ellos), la historia no sólo no hace saltos, sino que vuelve a repetirse, o parece hacerlo, en una suerte de bucle eterno de déjà vu, o paramnesia, que es un interminable caldo de cultivo para la reflexión.
Todos formamos parte, como individuos, de un mestizaje de genética materna (en lo que al ADN mitocondrial se refiere, exclusivamente de esa línea) y paterna. La pureza, salvo en las especies que conocen la reproducción asexual o clonación, no solo es innatural, sino también inexistente en un sentido pleno.
El propio ser humano actual (Homo sapiens sapiens) posee genética neandertal, denisoviana y un largo etcétera, producto del cruce (sano para enriquecer el acervo genético y combatir la endogamia, más o menos intensa, que es uno de los peores enemigos frente a enfermedades y quehaceres biológicos varios, véase el caso de las especies en peligro de extinción tales como el lince ibérico o el demonio de Tasmania…).
La propia “selección natural de grupo”, sin educación, nos predispone hacia el racismo. El “mío” antecede al “yo” en cualquier bebé y el tribalismo es inherente a todo grupo humano en pro de la captura y conservación del mayor número de recursos, desde el principio de los tiempos.
Si se descontextualiza de la riqueza cultural y de la legítima defensa de la singularidad y de las tradiciones (no solo musicales y gastronómicas, sino, en esencia, lingüísticas, e incluso religiosas), el propio nacionalismo exacerbado puede llegar a ser una ponzoña tribal esgrimida con egoísmo en pro de la superioridad de unos sobre otros (sea frente a Groenlandia o en la extinta Yugoslavia).
Las crónicas (sean las de Amiano Marcelino, Zósimo o el godo Jordanes) manifiestan los mismos mimbres de un cesto reiterado en la historia, que ya en el Bajo Imperio romano enfrentó a la macropotencia universal con la alteridad de los pueblos migrantes germánicos (víctimas, estos, del acoso huno y de un incipiente cambio climático que acabaría con el esplendor clásico, sumiendo al Mediterráneo en el invierno de la Edad Media).
El propio origen, griego, de la palabra “bárbaro” tiene una influencia onomatopéyica del “bla bla” incomprensible de los que no hablan la lengua propia.
Caracterizados por barbas y pelos despeinados en el Alto Imperio (Adriano y Marco Aurelio popularizaron la moda de vestir barba en homenaje a los grandes sabios, poco prestos al afeitado, de la antigua Grecia), los bárbaros fueron pueblos ajenos al imperio (aunque fuertemente influenciados por él) que, lejos de ser una unidad, se unificaban en un concepto diferenciador de ajenidad respecto de los propios que servía de justificación para el privilegio y, en no pocas ocasiones, la exclusión.
Episodios como el grave desastre de Adrianópolis (9 de agosto del 378 d.C.), que en no poca medida puso los cimientos para la “caída” del Imperio romano como hasta entonces se conocía, y en la que el propio emperador romano Valente falleció pasto de las llamas (resaltándose, así, su crueldad), bien pudieron haberse evitado, no solo con una política militar más eficaz, sino con un uso adecuado del fenómeno migrante.
Los hombres de estado de los últimos tiempos del Imperio romano de Occidente tuvieron, en no poca ocasión, un origen bárbaro, véanse los casos de Estilicón (que tuvo a raya a los godos… hasta que fue cruelmente asesinado a traición, saqueando estos Roma en el 410 d.C.) o de Aecio, el gran general que, en tiempos de Gala Placidia y Valentiniano III, junto a su origen bárbaro y su experiencia conviviendo con ellos, supo unir a una conglomeración de diferentes pueblos capaz de plantar cara a Atila en la batalla de los Campos Cataláunicos, en el 451 d.C., para ser, de nuevo, también asesinado a traición por aquellos soberanos, “puros” de sangre, que no supieron, o pudieron, tratar a tiempo el fenómeno migratorio con el que poder mantenerse en el poder.
La barbarie es sinónimo de escasa civilización; de hecho, la propia “vandalización” tiene su origen en los vándalos (el pueblo al que perteneció Genserico y que acabó, con su saqueo de Roma en el 455 d.C., de dictar sentencia de muerte para la romanidad occidental), y, al mismo tiempo, de una forma de percibir lo otro, que, invocando la selección natural, nos hace ser racistas a falta de educación.
Los tiempos cambian, pero los arquetipos permanecen. Por forzado que pudiere parecer, mas como ejemplo de actualidad y, cuanto menos rítmica, manifestación, la pasada noche de Super Bowl fue, no ya un “saqueo cultural” para muchos, sino, eminentemente, un desafío migratorio hacia el soberano estadounidense que viste hábitos de Valente y debe enfrentarse, una vez más en el tiempo, al inevitable, y humano, fenómeno de la migración.
Con cantos que recuerdan tiempos, también romanos, de amuletos fálicos y ritmos dionisiacos, a la manifiesta zafiedad que abunda por lo general en las letras reguetoneras se le unió un desafío por parte del “lagomorfo malo” que es cuanto menos “lírica” digna de reflexión en tiempos de mala educación política.
Por momentos la escenografía de Bad Bunny pareció recordar la catarsis que sólo la genialidad del Mozart de Minneapolis, es decir, Prince, pudo conseguir en un evento equivalente, eso sí, con la no pequeña diferencia del nivel y grado de refinamiento de la música de uno frente al “prehistoricismo” rítmico (que hace inevitable el baile invocando lo atávico) y aquejada sexualidad, rozando lo pornográfico por momentos del actual cantante (también Prince tuvo álbumes como Love Symbol con su célebre, y pegadizo, Sexy MF).
Benito dio voz a los nuevos bárbaros ante un nuevo neo-César que hace del abuso una práctica que pretende ser avalada.
Aun con un lenguaje que reside en las Antípodas de las loas de Rubén Darío a Hispanoamérica, el bueno de Bad ha conseguido un espectáculo, por antagonismo con la situación actual de intolerancia e ICE, pletórico y que nos hace reflexionar sobre lo eternamente convergente y sobre si estamos siempre, sea España, Europa, EEUU o el Mundo, condenados biológicamente a tratar tarde y mal lo migrante.
¡No volvamos a asesinar a Estilicón o a Aecio, recibamos lo complementario, la mezcla nos hizo especie, y el sincretismo, aún con algunos mimbres vulgares en forma de Reguetón, siempre enriquece!