La muerte de Europa
La muerte de Europa
"Europa puede morir. No tanto por un ataque externo directo, sino por incapacidad para hacer frente a los instintos depredadores del nuevo imperialismo norteamericano, ruso y chino. No por falta de valores, sino por ausencia de poder"
Europa lleva décadas practicando una extraña forma de ventriloquia política: mueve los labios, articula grandes palabras —valores, derechos, multilateralismo—, pero la voz que se oye no tiene fuerza suficiente para imponerse en el mundo real. La Unión Europea ha querido hablar el lenguaje del poder sin asumir el coste de ser una potencia. Y esa cómoda ambigüedad, tan propia del europeísmo retórico, ha llegado a su límite histórico.
El poder, conviene recordarlo frente a tanto idealismo institucional, no es una categoría moral, sino material. Se sustenta en músculo económico, cohesión política y, llegado el caso, capacidad militar. Europa presume de lo primero, discute eternamente sobre lo segundo y ha renunciado deliberadamente a lo tercero, confiando su seguridad a una externalización permanente: Estados Unidos. Una dependencia aceptable en la Guerra Fría, explicable en los noventa, pero sencillamente suicida en el nuevo orden multipolar.
Conviene además llamar a las cosas por su nombre: la Unión Europea, en materia de seguridad y defensa, sencillamente no existe. No es un lapsus ni una exageración retórica. La defensa sigue siendo una competencia estrictamente nacional, celosamente guardada por los Estados miembros, que se resisten a ceder soberanía justo en el ámbito donde esta resulta decisiva. Bruselas puede coordinar, financiar programas, emitir estrategias y redactar libros blancos, pero no manda ejércitos, no decide despliegues y no garantiza fronteras. Pretender que eso equivale a una política de defensa común es autoengaño.
Esta confusión conceptual ha sido formulada con precisión por Pol Morillas en En el patio de los mayores, que Letra Global reseñó hace unos meses. La diferencia sustancial, escribe, es la que separa hablar el lenguaje del poder de ser una potencia. Europa —sostiene Morillas— ha declarado ser poder antes de ser potencia. Pero los Estados que realmente mandan en el contexto internacional son potencia antes de ejercer el poder, como ocurre con China o con Estados Unidos. No es una casualidad semántica que en inglés poder y potencia se expresen con una misma palabra, power, mientras que en muchas lenguas europeas esa distinción delata una ambigüedad política más profunda.
Porque el mundo ya no se rige por normas consensuadas, sino por zonas de influencia. Rusia no disimula su pulsión imperial; los Estados Unidos de Donald Trump, lejos de ser el garante altruista del orden liberal, actúa conforme a su interés nacional; y Europa observa, analiza, redacta comunicados llenos de prudencia. En ese tablero, corre el riesgo de convertirse en una península ilustrada del continente euroasiático: rica, envejecida y políticamente irrelevante.
La paradoja es conocida. La Unión nació para desterrar la guerra del corazón del continente, para sustituir la fuerza por el derecho. Pero confundir el deseo con la realidad es el error clásico de las civilizaciones en declive. No se trata de militarismo ni de nostalgias belicistas, sino de asumir una verdad incómoda: quien no puede defenderse, no decide; quien no decide, acaba obedeciendo.
La primera prueba de esta fragilidad europea no vendrá del Este, como hasta ahora suponíamos, sino del Norte, y en forma de puñalada por la espalda. Groenlandia, ese territorio inmenso, estratégico, rico en recursos y clave en el nuevo mapa del Ártico, será el termómetro. Allí se medirá si Europa es capaz de actuar como sujeto geopolítico o si seguirá reaccionando como un seminario permanente de expertos alarmados. Si la Unión no puede garantizar su soberanía en su propio entorno ampliado, ¿qué credibilidad tendrá frente a Moscú o Washington?
Las reformas en el seno de la Unión Europea se antojan imprescindibles y apuntan en una sola dirección: acentuar la unidad política. Hay, sin embargo, otras alternativas. Son precisamente las que desea Trump y las que abrazan los partidos nacional-populistas europeos: recuperar competencias, desandar la integración y negociar de forma bilateral, en función de los intereses cruzados de cada país. Es la vía más cómoda, la más sentimental y también la más peligrosa.
Porque, como ha advertido Emmanuel Macron con una franqueza poco habitual en el discurso europeo, Europa puede morir. No tanto por un ataque externo directo, sino por incapacidad para hacer frente a los instintos depredadores del nuevo imperialismo norteamericano, ruso y chino. No por falta de valores, sino por ausencia de poder. Y en el mundo que viene, esa combinación no garantiza la paz, sino la irrelevancia.