Melchor en la cabalgata de Barcelona
Se acabó la fiesta
"El empobrecimiento es generalizado por las razones ya sabidas: todo se encarece, pero los sueldos no suben"
Se acabaron las fiestas. Retomaremos las celebraciones navideñas dentro de unos meses. Tras dos semanas de excesos para muchos y felicidad, toca volver a la realidad. Alegre para unos, rutinaria para otros, cruda para los más desgraciados. No son pocos estos últimos, dice la estadística. Y hay noticias e imágenes que valen más que el dato puro.
Ayer, día de Reyes, jornada de encuentros familiares, de regalos, de roscones, de brindis, murió un sintecho en Badalona en plena ola de frío. Un hombre español de 54 años. Horas antes, en un buen barrio de Barcelona, a escasos metros de una cabalgata a rebosar de infantes ilusionados, un grupo de personas rebuscaba en el contenedor.
Son escenas del día a día, como la del vagabundo que duerme delante de una tienda de lujo del paseo de Gràcia. Vivimos en un mundo de contrastes. Desigual. Posiblemente injusto en muchas ocasiones, aunque el corazón se nos encoge de manera especial cuando las percibimos en fechas señaladas. Después, se vuelven invisibles. Todo el mundo tiene sus problemas.
Sin embargo, no podemos vivir ajenos a esa realidad. Uno de cada cinco ciudadanos de Cataluña (1,6 millones de personas, en datos del 2024) se encuentra en riesgo de pobreza y exclusión social. Bárbaro. Según los objetivos fijados, deberíamos estar bastante por debajo. Del mismo modo, uno de cada tres menores sufre pobreza infantil. Va en aumento.
Debemos tomar conciencia de esta realidad que, en el fondo, afecta a la mayoría, pues el empobrecimiento es generalizado por las razones ya sabidas: todo se encarece, pero los sueldos no suben. Lo hace solo el salario mínimo, que es lo mismo que igualar a todo el mundo por abajo. Así paramos el golpe, pero no vamos a ninguna parte.
Hay que ayudar siempre al que lo necesite, obvio, pero es responsabilidad de los gestores de lo público hacer para que todo funcione. Porque estamos en un momento en el que los regalos, las limosnas y las paguitas comienzan a superar con creces la generación de riqueza. Hay que incentivar a los emprendedores, zarandear a los dormilones, facilitar las cosas en general.
Vivir sin trabajar era una utopía hace un tiempo. Hoy, muchos saben hacerlo. El problema es que no somos capaces de generar tantos recursos como para sufragar el dispendio. Ojalá los Reyes hayan traído un poquito de sentido común, pero, mientras llega ese día, hay que cambiar demasiadas cosas, y algunos parecen conformes con el cuanto peor, mejor.