Ornella Vanoni
Ornella Vanoni, mañana será otro día
La cantante italiana fue durante seis décadas una de las presencias escénicas más singulares, libres e inclasificables de la canción europea. El sostenido desconocimiento de su obra en nuestro país revela la actual desconexión con músicas que hace no demasiado tiempo formaban parte de nuestra vida
Nos pide el querido editor, cargado de razones, que no abusemos —otra vez— de los símiles literarios para escribir los artículos de música. Queremos hacerle caso, pero es que con Ornella Vanoni nos ha pasado algo parecido a lo que contaba el escritor Sergi Pàmies en uno de sus cuentos incluidos en La gran novel·la sobre Barcelona. Cuando el protagonista escuchaba un nuevo músico de jazz—en directo, en la radio, por la televisión— el artista fallecía fatídicamente a los pocos días.
Nosotros descubrimos a Vanoni (todavía sin ponerle nombre) en la estimable película de Agustín Díaz Yanes Un fantasma en la batalla, que ha pasado muy desapercibida debido —tal vez— a sus similitudes con la multipremiada La Infiltrada, dirigida por Arantxa Echevarría en 2024: ambas tratan el caso de la policía que pasó años haciéndose pasar por miembro de la banda terrorista ETA. Pues bien, en la película de Díaz Yanes, en un gesto estético acertadísimo, la comunicación en clave entre la policía infiltrada y su mando se hace a través de canciones melódicas italianas de los sesenta y allí, entre Gino Paoli y Mina, apareció la voz inconfundible de nuestra nueva diva particular. Luego descubrimos que ya la conocíamos, algunas de sus canciones aparecen en Ocean’s Eleven o en la primera entrega de Rocky.
A los pocos días, la periodista cultural Rosa Belmonte elegía una de sus canciones como una de sus favoritas del año y comentaba en La Cultureta que Vanoni había fallecido. Desde entonces andamos escuchando sus discos en modo repetición, volviendo loco al algoritmo, que nos comenta, alborozado, que está muy orgulloso —con la voz de DJ Livi— porque estamos en el 0,7 por ciento más fiel a Vanoni en todo el mundo. Egos cibernéticos aparte, lo que de verdad nos provocó fue una mezcla de deslumbramiento y rabia. Murió en Milán en noviembre de 2025, después de una siesta y un helado —no se nos ocurre mejor forma de perecer—. Tenía noventa y un años, seis décadas de carrera y un centenar largo de elepés. En Italia, pararon los partidos de fútbol. En España, casi nadie se enteró.
Ornella Vanoni
El deslumbramiento lo explicamos en un par de párrafos. La rabia, primero. ¿Por qué aquí, excepciones a parte (¡gracias, Rosa!) apenas la conocíamos? Creemos que el problema no es solo de incultura de la crítica en general —nostra culpa— sino síntoma de algo más amplio y más triste. Hubo un tiempo —no necesariamente mejor en general, pero sí en lo que se refiere a la recepción de las músicas europeas— en que en las radios españolas convivían con naturalidad sonidos que venían de distintos rincones del continente. Mina y su voz de otro mundo. Raffaella Carrà y su coreografía filocomunista. El recientemente fallecido Gino Paoli y su Senza fine. Y después Franco Battiatto y en los noventa y primeros dos mil Jovanotti o Paolo Conte. Y Vanoni, claro. No eran consideradas músicas exóticas o snobs, nada de cejas levantadas de coleccionista: eran canciones que la gente tarareaba en la calle o entre clase y clase, que sonaban en Los 40 junto a los hits patrios o anglosajones.
Ese ecosistema fue desapareciendo de forma gradual y sistemática. La dictadura capitalista de la música anglosajona fue confinando todo lo ajeno —algo parecido con lo latino en nuestros días— a ese cajón de sastre que alguien, con desdén colonialista, bautizó como World Music. Lo mismo ocurrió, con el cine neorrealista italiano, con la pintura, con buena parte de las tradiciones artísticas mediterráneas que durante décadas alimentaron la imaginación cultural española. Parecieron volverse invisibles por el silencio de unos medios que resolvieron que una cosa era cultura cool o moderna y lo demás, folclore o caspa.
Vanoni pagó ese precio en España con la invisivilidad actual. Una carrera maratoniana y fecunda, más de veinte de discos de estudio, un centenar largo de grabaciones, colaboraciones con Vinicius de Moraes, Gil Evans, Herbie Hancock o George Benson, y aquí, prácticamente nada. A caso un nombre que aparece en los libros de los entendidos y en los archivos de algún melómano veterano o en las páginas nostálgicas de la revista Hola como personaje de farándula. El resto es silencio. Conviene, entonces, hablar de ella como se merece. Su vida y obra es tan excesiva como ella y no cabe en un artículo, pero escojámosles—a la Stefan Zweig— algunos momentos fascinantes.
Antes de ser cantante, fue actriz y ese sentido de la importancia escénica —de la dramaturgia de cada canción— lo ha llevado a sus grabaciones. Había pasado por el Piccolo Teatro de Milán con Giorgio Strehler, quien la descubrió a finales de los cincuenta y la convirtió en intérprete de las llamadas canzoni della mala, canciones teatrales sobre el hampa milanesa que terminaron siendo su primer repertorio. Aunque tal vez el episodio central de su formación artística sea la relación —sentimental y creativa— con Gino Paoli y la llamada escuela genovesa de cantautores. Se conocieron a comienzos de los sesenta. Vivieron un romance de novela (excesiva) que, como suele ocurrir en el rubro, acabaron transformando en temazos de rompe y rasga. Paoli fue el autor de Senza fine —dedicado a la manos de Vanoni tocando el piano— una de las canciones más célebres de la música italiana, y firmó buena parte de su repertorio. Pero sería injusto reducirla a musa
A finales de los sesenta empezó a explorar territorios poco habituales para la canción italiana. En el álbum La voglia, la pazzia, l'incoscienza e l'allegria, grabado con Vinicius de Moraes y Toquinho, se sumerge en la bossa nova de Antonio Carlos Jobim y Chico Buarque. Esa mezcla de calidez brasileña y sofisticación milanesa funciona de maravilla: entre la chanson europea, el jazz y la música popular brasileña. Más, cuando en los ochenta, muchos artistas de su generación empezaban a autoplagiarse, ella optó por escribir sus propias letras. En Duemilatrecentouno parole (1981) firmó varios de los textos del álbum —el título aludía al número exacto de palabras que había escrito para el disco— e incluyó canciones como Musica musica o Vai, Valentina,
El disco de Ornella Vanoni con Moraes y Toquinho
Pero hablemos de canciones, que es donde Vanoni descolla de verdad. El ejemplo más claro es La musica è finita, compuesta por Umberto Bindi y Franco Califano y popularizada por ella en 1967 en el Festival de San Remo. Su interpretación tiene algo de final de fiesta, de casi resaca: la orquesta cae lentamente mientras la voz de Vanoni se sostiene con una mezcla de resignación y desafío, como si estuviera diciendo que todo termina, sí, pero que nadie le quita lo bailado. Creamos en el amor, aunque sea mentira. Esa mezcla de fatalismo y sofisticación recorre buena parte de su discografía. En L'appuntamento, adaptación italiana de una canción brasileña de Roberto Carlos, narra nada menos que la certidumbre de que nuestra cita no va a llegar nunca, nos va a hacer de nuevo gosthing, y no tener más remedio que acudir.
A esa misma línea pertenece Domani è un altro giorno, una de nuestras favoritas. Su voz que raspa, que se erosiona con el tiempo, con esa capacidad para introducir una distancia mínima —casi un guiño— entre la emoción y el que escucha. Muchos críticos han señalado cómo esa voz fue volviéndose más áspera y expresiva con los años.Y luego está el personaje público, tan importante en la música popular como la obra. Porque Vanoni cultivó durante décadas una imagen que en España, de haberla conocido, habría resultado a la vez escandalosa y adorable: la de una aristócrata del norte de Italia que suelta barbaridades. En la televisión italiana aparecía contando historias de juventud con una franqueza desarmante: noches interminables, amores complicados, casi suicidas que viven —sin metáfora— con una bala al lado del corazón. Una suerte de Cine de barrio cruzado con La clave y Sálvame.
Esa imagen deslenguada y cercana no era solo marketing o estrategia. Parecía la prolongación natural de lo que hacía en su música: decir la verdad con gracia, no tomarse del todo en serio sin dejar de saber que la vida merece la pena, aunque muchas veces duela. Una aristócrata que se reía de los aristócratas. Una cantante melódica que se negaba a quedarse fosilizada en lo arreglos caducos, capaz de juntarse con raperos o músicos de vanguardia. Tal vez por eso sus canciones nunca suenan del todo nostálgicas. Incluso cuando hablan de despedidas o de fiestas que se acaban, hay en su voz una especie de complicidad con el oyente: sabemos cómo termina la historia, pero qué demonios, todavía podemos a cantarla. En una de sus últimas entrevistas, cuando le preguntaron si había pensado en ese momento final, respondió que sí, que lo tenía todo resuelto. Féretro económico, que la incineraran, que la tiraran al mar —Venecia, si podía ser, pero que hicieran lo que quisieran—. Y el vestido para irse: un Dior.
En la película de Díaz Yanes —spoiler alert—, la infiltrada logra salvar la vida al escuchar una canción italiana. Permítanos exagerar —con un gesto melodramático muy Vanoni— y decir que a nosotros, escuchando su voz rasgada en esos últimos discos, nos ha pasado algo parecido. La rabia de haberla descubierto tarde sigue ahí. Pero la música, que es terca y generosa, no entiende de fechas. Y después de una canción de Ornella Vanoni, incluso cuando todo parece terminar, uno sospecha que mañana será, efectivamente, otro día.