´Scène d’été´, 1869, Jean Frédéric Bazille

´Scène d’été´, 1869, Jean Frédéric Bazille

Letras

Las cicatrices salen en verano

Cuatro libros de literatura contemporánea que nos permiten pensar en el cuerpo, el viaje, la memoria y las heridas físicas y mentales

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Las capas de ropa que ocultan la piel fueron reemplazadas por camisetas, shorts de playa y vestidos cortos durante estos meses de calor y humedad. El sol nos obliga a mostrarnos más, exponer los cuerpos y revelar su belleza, sus imperfecciones e inseguridades.

¿Qué recuerdos nos permite mirar ahora el calor? ¿Qué oculta una herida, una cicatriz? ¿Cuánto estamos dispuestos a mostrar? Esta época de andar más descubiertos abre la puerta a libros que dialoguen con el cuerpo y dejen entrever cicatrices.

Tan poca vida (Lumen, 2015), el libro de la autora estadounidense Hanya Yanagihara, aborda la vida y el vínculo de cuatro amigos, hasta concentrarse en Jude St. Francis. Él es el imán que los une y también la tragedia que los preocupa. Como se plantea en la sinopsis del libro, el «mayor desafío del grupo será el propio Jude, herido para siempre por una traumática infancia».

Portada del libro ´Tan poca vida´

Portada del libro ´Tan poca vida´ Lumen Lumen

En las primeras páginas de la novela ya se revela cómo el dolor atraviesa profundamente la cotidianidad, el cuerpo y los vínculos de Jude. Quizás lo más evidente es el dolor crónico en sus piernas, que le genera dificultad para caminar: usa bastón y cuando conoció a sus amigos en la universidad llevaba una muleta ortopédica con unos hierros a modo de tablillas.

Como los lectores, los coprotagonistas van descubriendo de a poco todo el sufrimiento que esconde Jude. Por ejemplo, la primera vez que Willem —su amigo más cercano y el personaje más luminoso de la novela— lo encontró en el suelo y al intentar levantarlo y oír su grito, comprendió lo adolorido que vivía.

—Pero Jude, estás sufriendo. Tenemos que pedir ayuda.

—No sirve de nada —respondió él, y guardó silencio unos minutos—. Solo tengo que esperar. —Su voz era un débil susurro casi irreconocible.

—¿Qué puedo hacer?

—Nada, Willem. —Los dos permanecieron callados—. Pero, ¿puedes quedarte un rato conmigo?

—Por supuesto.

En el presente de la novela, cuando los cuatro amigos ya dejaron la universidad y tienen vidas más “estables”, Jude representa a simple vista el sueño americano: trabaja en un estudio de abogados, tiene un piso en Manhattan, un grupo de amigos sólido, es inteligente y responsable, aunque bastante evitativo y reservado. Sin embargo, para esa etapa de la novela ya se ha revelado parcialmente las heridas que ocultan sus camisas mangas largas, por qué usa bastón, a qué se deben sus dolores crónicos y los traumas qué le impiden consolidar una relación de pareja.

La novela es un viaje doloroso por la trágica vida de Jude —y, por qué no decirlo, morboso hasta cierto punto en sus casi mil páginas. ¿El motivo? Su abandono, las lesiones que le infringen otras personas y también las que él mismo se provoca. De esta forma, Jude no se victimiza pero se somete y, aunque intente ocultarlo, sus actitudes y sus cicatrices revelan que es una persona traumatizada.

Tan poca vida también es una novela donde los protagonistas son hombres y hay escasa representación de mujeres. Aunque es una idea que ha sido sometida a debate, habría que preguntarse, al menos desde la mirada de la autora, ¿cómo lidian los hombres con el trauma, los vínculos y las conversaciones incómodas? ¿Lo enfrentan, lo evitan, lo disimulan?

La memoria del cuerpo

El cuerpo, la tragedia y la memoria también son temáticas recurrentes en la literatura de Han Kang, Premio Nobel de Literatura 2024. En Imposible decir adiós (Random House, 2021), Gyeongha viaja a la isla de Jeju a pedido de su amiga Inseon, quien permanece internada en un hospital de Seúl luego de sufrir un accidente con una sierra eléctrica en su taller de carpintería.

Portada del libro ´Imposible decir adiós´ de Han Kang

Portada del libro ´Imposible decir adiós´ de Han Kang Random House

¿Por qué viaja? Su amiga le pide que vaya a cuidar y alimentar a su cotorra, pero esa es la excusa de la autora para rememorar la masacre que vivieron los habitantes de Jeju, un acontecimiento histórico de Corea que acabó con la vida de entre 30.000 y 60.000 personas.

El escenario que desencadena la novela es un sueño en una noche de verano, donde Gyeongha observa miles de troncos negros y se pregunta si ese lugar es un cementerio. La protagonista pretende convertir ese sueño en un proyecto artístico y su amiga le ofrece hacerlo en un terreno heredado de su padre. Pero la novela no está ambientada en esa época del año: la naturaleza juega un espacio narrativo muy relevante y está muy presente el mar, el bosque, un río y una tormenta de nieve que le complica a Gyeongha a llegar a su destino.

En ese proceso, el cuerpo también es protagonista. Además de hablarse de mutilaciones, asesinatos y muerte, hay una idea que levita en la novela: ¿qué pasa con los cuerpos sometidos a la guerra? ¿De qué forma se mantiene vivo el recuerdo de un acontecimiento de ese tipo? Como se plantea en el libro, Imposible decir adiós es «una poderosa denuncia contra el olvido».

Atravesar la herida

Un viaje entre un padre médium y su intento por evitar el mismo destino para su hijo, la dictadura argentina, desaparecidos, los secretos familiares y una secta que hace rituales para intentar alcanzar la vida eterna. Esa es, en muy resumidas cuentas, la premisa que engloba las más de 600 páginas de Nuestra parte de noche (Anagrama, 2019), la novela de Mariana Enríquez ganadora del Premio Herralde.

Portada del libro ´Nuestra parte de noche´ de Mariana Enriquez

Portada del libro ´Nuestra parte de noche´ de Mariana Enriquez Anagrama

Juan está enfermo, su cuerpo está agotado después de ser llevado al límite durante años y no quiere el mismo destino para su hijo Gáspar. «Juan se quedó mirando su reflejo, los hombros anchos, la cicatriz oscura que le partía el pecho, la quemadura en el brazo», describe el texto en sus primeras páginas. Esta envolvente novela transita el cuerpo de su protagonista y lo atraviesa y lo desgasta, ya que él es el recipiente que utiliza la secta, conocida como «la orden», para invocar a «la oscuridad» y llegar a otros cuerpos.

«Juan tomó la gillette que había puesto a su lado y se cortó la palma de la mano en diagonal, siguiendo vagamente la línea que llamaban de la mente o de la cabeza. Era una herida insoportable, que nunca terminaba de curarse, la peor posible y, por eso mismo, la que funcionaba».

Es una novela descarnada y polifónica, lo que permite mezclar el horror de la dictadura argentina con la familia y el terror latinoamericano.

«Tenía que enseñarle cómo cerrarse a ese mundo flotante, esos pozos pegajosos, cómo evitarlos. Y tenía que empezar pronto porque recordaba el espanto de su propia infancia y Gaspar no tenía por qué vivir lo mismo», narra la novela.

Marcas profundas

En Nuestra parte de noche un padre intenta salvar a su hijo y en Atrás queda la tierra (Seix Barral, 2025) es una madre quien atraviesa Suramérica para dejar el Caribe y establecerse entre la cordillera de los Andes y el Pacífico. Arianna de Sousa-García escribe un conmovedor relato que mezcla la crónica con la novela y el género epistolar para explicarle a su hijo por qué tuvieron que instalarse en Santiago de Chile y sumarse a los casi ocho millones de venezolanos que dejaron su país.

Portada del libro ´Atrás queda la tierra´ de Arianna de Sousa-García

Portada del libro ´Atrás queda la tierra´ de Arianna de Sousa-García Seix Barral

Las cicatrices, en este caso, dejan de ser superficiales. De Sousa-García, periodista y ganadora del Premio Jesús Márquez del diario El Tiempo, narra los asesinatos de estudiantes que manifestaban en contra de la dictadura y precisa cómo no hay luz, no hay agua ni acceso a alimentos básicos. «El país rojo se quedó en negro. El país feliz se volvió guerra», dice. El cuerpo pasa a ser una herida abierta que se somete a la barbarie de maneras más dolorosas y profundas que un corte en la piel.

«Cuando se dice “mi vida estuvo en peligro”, el otro espera pistolas en la cabeza, torturas, persecuciones que acaban en accidentes mortales. Pero algunas personas saben que la muerte se sabe posar de múltiples formas milenarias: el desnutrido siente sobre sí un aliento, una sombra que espera con paciencia y apetito, así también el vigilado vive y duerme a sabiendas de que dentro de ese carro de vidrios negros que permanece día y noche fuera de su casa o su trabajo hay ojos que miran atentos, parpadeantes, imagina ansiedades, salivaciones, gestos, dientes que suenan, expectaciones. Sabe que con solo un mensaje la tensión puede cortarse. Sabe que ese mensaje puede contener una palabra, o dos o más y que puede llevar su nombre, o peor aún, el de sus hijos. Yo lo sabía. Yo lo sabía y necesitaba ofrecerte otra vida».

Atrás queda la tierra reitera que el exilio no resuelve este tipo de tragedias: «¿Llegar a destino es estar a salvo?», se pregunta De Sousa-García.

En la última parte de Imposible decir adiós, Gyeongha se reencuentra con su amiga Inseon y sosteniendo una vela encendida se realiza un ejercicio de memoria, que permite iluminar un escenario difuso y simbólico, donde se narra la masacre de Jeju. En paralelo, las amigas avanzan hacia un bosque lleno de nieve y llegan hasta un arroyo. ¿Cuál es el destino final de estas protagonistas? ¿Es reconstruir la memoria? ¿Mantener el recuerdo encendido?

«La luz se detuvo ondulante en un punto. ¿Iba a cruzar el arroyo? Cuando estaba sacando el pie hundido en la nieve y me impulsaba para dar el siguiente paso, la luz comenzó a moverse otra vez. Pero, en lugar de alejarse, se acercó lentamente hacia mí, como flotando en el agua».

En ese proceso, luego de que la vela se apague, Gyeongha intenta encender una cerilla. En principio no lo logra, hasta que aparece una llama que describe «como un corazón palpitante, como un capullo de flor vibrante de vida, como el aleteo del pajarillo más pequeño del mundo».

Quizás el verano sirva para volver a esas cicatrices, ponerlas en remojo y mirarlas de nuevo, sin ocultarlas ni entregarlas al olvido.