Fotografía del músico Alice Cooper

Fotografía del músico Alice Cooper

Músicas

Alice Cooper, un oficinista entre las bambalinas del horror

Es Pop Ediciones publica por primera vez en español ´Billion Dollar Baby. De gira con Alice Cooper´, el legendario reportaje de Bob Greene que se adentra en la tramoya de uno de los espectáculos más excesivos, rentables y perturbadores de la historia de la música popular.

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¿Se acuerdan de Alice Cooper? Aquel espantajo de rímel corrido que en 1973 se convirtió en el músico más polémico del planeta. Dueño de una imagen potentísima y de un talento musical discutido, logró poner patas arriba la escena de su tiempo. Coincidiendo con su regreso a los escenarios, llega la ocasión perfecta para recuperar uno de los clásicos de la literatura periodística sobre el rock.

Vincent Damon Furnier —que adoptó el nombre de Alice Cooper para escandalizar y que más tarde admitiría no sentirse representado por él— era hijo de un predicador protestante de Detroit. Fascinado por Elvis Presley y los Beatles a través de la televisión y consciente de sus limitaciones como cantante, decidió junto a varios compañeros de Bellas Artes convertirse en algo distinto: el monstruo más famoso de Estados Unidos.

Así nació el padre putativo del shock rock, esa mezcla de rock duro, imaginería macabra y provocación escénica que décadas después llevarían aún más lejos artistas como Marilyn Manson o Rob Zombie.

En sus espectáculos había guillotinas, bebés de plástico decapitados, serpientes gigantes, maniquíes mutilados y simulacros de ejecución. Y música facilona y aterradora de letras de consumo rápido —él mismo confiesa que tardaba un par de horas para escribir todas las letras del discos—. Los medios tradicionales clamaban por la censura —él les regalaba flores: tenía claro tenía claro que cuanto más bramaran más éxito tendría— mientras los jóvenes acudían fascinados por la potencia visual de aquellas actuaciones.

Lo que revela el libro es que buena parte de aquel universo se construyó desde el cálculo más frío: sin pretensiones intelectuales ni grandes manifiestos artísticos. Sí con un afilado sentido del negocio y la oportunidad.

Al más estilo gonzo

Billion Dollar Babies, el álbum que daba nombre a la gira, alcanzó simultáneamente el número uno en Estados Unidos y Reino Unido. La gira recaudó decenas de millones de dólares, encadenó sesenta y cuatro conciertos en apenas noventa días y movilizó más escenografía que muchas compañías teatrales. El rock descubría que el horror vendía entradas. Bob Greene, autor del libro, se propuso averiguar por qué: qué explicaba aquella fascinación colectiva, cómo funcionaba la maquinaria empresarial que la sostenía y quién era realmente Alice Cooper tras el maquillaje repulsivo.

Portada del libro ´Billion Dollar Baby. De gira con Alice Cooper´

Portada del libro ´Billion Dollar Baby. De gira con Alice Cooper´

Para ello recurrió a las herramientas del Nuevo Periodismo. Más concretamente, a esa vertiente conocida como reporterismo gonzo, basada en la inmersión total del periodista en aquello que pretende narrar. Crónicas hechas con talento, exhibicionismo y primera persona. Hunter S. Thompson llevó esa fórmula hasta los límites de la autodestrucción; Greene la empleó con un objetivo más clásico: comprender desde dentro un fenómeno cultural de masas.

Durante las Navidades de 1973 se tomó un período sabático y pasó un mes entero incrustado en la gira de Alice Cooper. No como observador externo ni como periodista acreditado, sino como integrante de la troupe con acceso a todo y a todos. Participó como corista en la grabación de una canción —se las vio y se las deseó para afinar— y, cada noche, aparecía disfrazado de Papá Noel para recibir una paliza escénica ante miles de espectadores.

De aquella experiencia surgió un libro publicado en 1974 que con el tiempo se convertiría en una pequeña obra de culto del periodismo musical, prácticamente inencontrable en inglés durante años. Ahora llega por fin al castellano. ¿Estará a la altura de su leyenda?

La gran crónica musical

Pues parece que sí. La prosa es torrencial y vívida, llena de detalles hiperrealistas y de escenas que condensan a la perfección las virtudes de la gran crónica para atrapar fenómenos sociológicos y culturales. Parte del mérito corresponde a su punto de vista. Greene no era un fan obsesionado con Alice Cooper, sino el columnista estrella del Chicago Sun-Times, un periodista que había cubierto la campaña presidencial de 1972 y que observaba el negocio del rock con una mezcla de curiosidad profesional y distancia crítica.

La otra mitad pertenece a la propia banda, que le concedió un acceso prácticamente ilimitado y la libertad de escribir lo que le viniera en gana. Cuesta imaginar hoy un grado de apertura semejante por parte de una gran organización cultural o deportiva: ¿se imaginan la crónica del último Mundial con un periodista infiltrado entre el día a día de la selección?

Tan lejos tanto de la hagiografía como del ajuste de cuentas, Greene dirige su mirada hacia todo aquello que suele quedar fuera de plano en este tipo de relatos. Mientras la prensa se obsesionaba con las serpientes, las guillotinas y los escándalos, él prestaba atención a los técnicos que desmontaban el escenario de madrugada, a los chóferes, a los guardaespaldas, a las secretarias que aguantan los comentarios machistas de parte del grupo, a los músicos agotados por la carretera y a los productores.

Paradójicamente, en el libro hay menos desenfreno del que cabría esperar. Lo que aparece es, sobre todo, una enorme maquinaria colectiva funcionando con precisión en una época anterior al correo electrónico, los teléfonos móviles y las hojas de cálculo compartidas.

En ese sentido, Billion Dollar Baby es también una lección sobre la ética del trabajo. Un capítulo entero muestra a Cooper dedicando horas y horas a encontrar una inflexión vocal casi imperceptible junto a sus productores. En otro momento, uno de ellos admite haber comprado miles de copias del disco anterior para impulsar sus ventas y defiende la operación ante su asesor financiero como una inversión perfectamente racional. Sin duda lo era.

Entre aviones, hoteles, limusinas, retrasos y conciertos, emerge también la cuestión de las drogas. El retrato de Alice Cooper resulta extraordinario por su complejidad. Greene descubre a un hombre obsesionado con el control, disciplinado y consciente de que toda su identidad pública es una construcción cuidadosamente diseñada. Cooper pasa jornadas enteras afinando canciones, revisando arreglos y supervisando detalles con una dedicación que recuerda más a la de un ejecutivo eficiente que a la de una estrella del rock. El monstruo funcionaba gracias a una ética laboral casi luterana.

Detrás de Alice Cooper

El periodista logra así atravesar la máscara para llegar a la persona. Aparece el Cooper que presume de limitarse a la cerveza durante el día y reservar el whisky para la noche mientras otros compañeros consumen sustancias mucho más peligrosas. Aparece también el hombre enamorado de su novia Cindy, incómodo con la idea de reconocer públicamente una relación monógama que chocaba con la imagen de libertino satánico que esperaba el público.

Y aparece, sobre todo, alguien frustrado por no poder mostrar ante los medios su faceta más inteligente e ingeniosa, consciente no solo de que los periodistas preferían preguntarle por la violencia y el sexo antes que por sus opiniones, sino que cualquier muestra de ingenio o sensatez por su parte daban al traste su halo de loco peligroso.

Fotografía de Alice Cooper

Fotografía de Alice Cooper

Todo ello acaba erosionando la frontera entre personaje y persona. El gran icono del horror rock era, en realidad, uno de los individuos más convencionales de aquel universo. El hombre que más lejos llegó fingiendo ser aquello que no era. El que levantó un mito de libertad y transgresión sobre una base de disciplina casi burocrática.

En definitiva, el libro resulta recomendable para cualquier lector interesado en la industria musical, independientemente de su afinidad por Alice Cooper. Más que una historia sobre el exceso, es una historia sobre el funcionamiento interno del éxito. Hay una escena que resume perfectamente su espíritu. Bob Greene, con apenas veintisiete años y convertido ya en una estrella del periodismo estadounidense, sube al avión privado de Alice Cooper.

En las pantallas proyectan cine pornográfico a las nueve de la mañana, corren el alcohol. En los periódicos se habla de la crisis del petróleo. Greene, por un momento se siente incómodo por el despilfarro, incluso culpable. Pero, poco a poco, casi sin darse cuenta, termina acostumbrándose. Esa capacidad de normalizar lo que en otros momentos sentimos como aberrante es, quizá, la mejor explicación tanto del fenómeno Alice Cooper como de la fascinación que sigue ejerciendo medio siglo después.