La que fue discoteca Studio 54, en el Paralelo de Barcelona / YOUTUBE

La que fue discoteca Studio 54, en el Paralelo de Barcelona / YOUTUBE

Músicas

Studio 54: quiero y no puedo

La discoteca pretendió ser el icono de la Nueva York del Mediterráneo, pero cerró ante la indiferencia general de los barceloneses

18 mayo, 2020 00:00

Aunque no recuerde dónde estaba y qué hacía dos semanas atrás, sé perfectamente que el 9 de octubre de 1980 me hallaba frente al número 64 del Paralelo barcelonés para asistir a la inauguración de la macro discoteca Studio 54, pretendido icono máximo de la modernidad de la época, cuando el papanatismo de corte neoyorquino gozaba en Barcelona de su momento más álgido: si no acababas de volver de Manhattan o estabas a punto de volar hacia allá, no eras nadie en el universo moderniqui. La Nueva York del Mediterráneo: a eso aspirábamos algunos ilusos con respecto a nuestra ciudad hasta que llegó el comandante Pujol y mandó parar (para alegría de la mayoría de nuestros conciudadanos, que ya estaban hasta la barretina de nuestras chorradas cosmopolitas).

No sé muy bien qué hacía yo en la inauguración de una discoteca, pues nunca me habían gustado (lo mío eran los bares), pero supongo que me contagié del provincianismo con pretensiones que emanaba de la propuesta. La cosa no tenía nada que ver con el Studio 54 original --supongo que le soltaron unos pavos a Steve Rubbell para usar el nombre y eso fue todo--, y su impulsor era un norteamericano llamado Mike Hewitt del que nunca más se supo: fue él quien tuvo que negociar con el empresario Matías Colsada para convertir el Teatro Español en una disco con capacidad para tres mil personas, pero el principal responsable del establecimiento durante años fue el ex periodista musical Damián García Puig. Por motivos que ya no recuerdo, Damián y yo experimentábamos una antipatía mutua muy notable. Me baila por la cabeza que yo le consideraba un trepa y él a mí, un imbécil. Pero teniendo en cuenta que falleció recientemente, voy a seguir ese precepto anglosajón según el cual, si no puedes decir nada bueno de alguien, mejor no digas nada.

La noche de la inauguración, todo el que quería formar parte de la Nueva York del mediterráneo se presentó en Studio 54, pero alguno se quedó con las ganas. Hay una imagen que se me ha grabado para siempre en la sesera: alguien sostenía en alto la invitación para que no se le arrugara en el obligado roce con la turba; un caradura anónimo se la arrebató limpiamente y se confundió cobardemente con la masa; el pobre tipo que ya no podría acceder al paraíso se desahogó cómo pudo, gritando “¡El que me ha quitado la invitación es un hijo de puta!”: nadie le llevó la contraria, pero el hijoputa en cuestión acabó entrando en Studio 54 y él no.

Creo que, en ese momento, debería haberle pasado mi invitación a aquel pobre hombre cuyo rostro era la viva imagen de la desesperación y buscarme un bar en el que beber tranquilo. Pero no lo hice. Sabía que aquello no tendría nada que ver con el Studio 54 de Nueva York, que no me iba a cruzar con Andy Warhol y Bianca Jagger, que, en el fondo, estaba haciendo el cateto, pero la lógica de la época me obligaba a entrar, aunque solo fuera para comentar después con los amigos que el sitio daba pena.

No volví muchas veces más a Studio 54. Puede que para algún concierto --por allí pasaron Ultravox, Depeche Mode, Tina Turner o Spandau Ballet-- o porque alguien me arrastraba a altas horas de la madrugada porque nos habían echado de nuestros abrevaderos habituales. Pero mi asco hacia las discotecas se mantenía en su sitio y, además, como decía Norman Mailer, los tipos duros no bailan (y los patosos como yo, tampoco). El sucedáneo barcelonés, eso sí, duró más que el original, cerrado a principios de los 80 por evasión de impuestos. Se mantuvo con vida hasta 1994, cuando Barcelona ya había sustituido las pretensiones neoyorquinas por la alegría post olímpica y las aspiraciones a capital de una nación milenaria (pero sin estado). Uno de los iconos de nuestro permanente quiero y no puedo chapó entre la indiferencia general: la mayoría de los barceloneses ni se acordaba ya del Studio 54 original ni de lo que había querido representar su falsa delegación junto al mediterráneo.