'Qué hacemos con los idiotas', de Maxime Rovere / CG

'Qué hacemos con los idiotas', de Maxime Rovere / CG

Filosofía

Cómo hacer frente a la idiotez

En 'Qué hacemos con los idiotas' Maxime Rovere reflexiona sobre la estupidez humana y cómo afrontarla en las situaciones cotidianas

11 noviembre, 2020 00:00

Sostenía Jorge Luis Borges que los humanos concedemos mucha importancia a la maldad y muy poca a la estupidez, que suele presentarse unida a la primera y constituir un elemento fundamental de ella. No puedo estar más de acuerdo con el maestro. Basta con echarle un vistazo a la historia para comprobar que Borges tiene razón: Hitler era muy malo, de acuerdo, pero también era un idiota; hay que serlo para creer que un país puede dominar el mundo hasta el fin de los tiempos. En ese sentido, Franco era un dictador, sí, pero no un idiota, pues se dio cuenta de que, si se limitaba a amargarle la vida a sus compatriotas y no se sumaba a absurdas iniciativas expansivas como las del ambicioso Adolf, la comunidad internacional le dejaría en paz y hasta acabaría necesitándolo, como se puso de manifiesto con la visita a Madrid de Eisenhower en 1959 y la posterior instalación de bases militares norteamericanas en España. Si Sadam Husein hubiese seguido su ejemplo, en vez de lanzarse a la invasión de Kuwait (hace falta ser imbécil para creer que te vas a hacer con un país productor de petróleo y que los consumidores de tan necesaria sustancia no te lo van a hacer pagar), aún seguiría al frente de Irak y su primogénito podría continuar recorriendo las calles de Bagdad en su descapotable y disparando al aire con su AK47 chapado en oro. Estoy con Borges: la maldad es repugnante, pero mezclada con la idiotez incrementa exponencialmente su capacidad de hacer daño.

El filósofo francés de origen italiano Maxime Rovere también le da la razón a Borges en su ensayo Qué hacemos con los idiotas (Paidós, traducción de Núria Petit), aunque se concentra en la versión más doméstica de la estupidez, la que no crea grandes conflictos internacionales, pero te puede amargar la vida en el día a día. Nacido en 1977, Rovere se ha especializado en dos temas, la obra de Spinoza, y lo que él denomina filosofía interactiva, que viene a ser poner el pensamiento moral a la altura de la cotidianeidad (o sea, del betún). Qué hacemos con los idiotas es, pues, una mezcla de filosofía aplicada a la existencia y de manual de autoayuda para el ciudadano común que, a lo largo de una sola jornada, suele tener que sufrir en sus carnes la estupidez ajena con mayor frecuencia de la debida. Eso sí, nos advierte el señor Rovere, todos somos el idiota de alguien. Ese es el punto de partida de un libro breve y ligero, pero no banal, en el que el humor juega un papel fundamental y en el que se desaconseja sermonear al idiota de turno porque no se consigue nada: de la misma manera que todos somos el idiota de alguien, una vez localizado nuestro propio idiota, lo mejor es salir corriendo y darle esquinazo, pues todo lo que implique un conato de moralizarlo está condenado al fracaso.

En su condición de texto de autoayuda, el librito del señor Rovere identifica las amenazas más cercanas. No se para a explicar la estupidez de Sadam Husein porque lo más urgente es desactivar al tonto del patinete que te pasa a dos centímetros, al insolidario que no recoge las cacas del perro para que tú las pises, al que te empuja en la cola del supermercado como si así fueras a llegar antes a la caja registradora... El catálogo de personas molestas que aparece en Qué hacemos con los idiotas es amplio y variado, pero a todas les une su estupidez, que es, para el autor, una carencia de dimensión moral que siempre acaban pagando los demás. Es su tono doméstico, a pie de calle, lo que hace de este libro --junto a su espléndido uso de la ironía y el sarcasmo-- una entretenida reflexión sobre ese asunto al que, según Borges, nunca le hemos prestado la atención necesaria. Los idiotas te amargan la vida y este librito solo pretende, modestamente, proporcionarte algunas armas para hacerles frente. Su autor sabe de lo que habla y asegura haber sufrido la idiotez ajena bajo su propio techo. Lamentablemente, no se extiende al respecto, cosa que hubiera completado a la perfección este didáctico esfuerzo de filosofía interactiva.

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