El mundo de Thomas Pynchon

El mundo de Thomas Pynchon DANIEL ROSELL

Letras

Máscaras y disfraces de un enigma llamado Thomas Pynchon

La literatura del autor norteamericano, el último de la estirpe de los grandes posmodernos, proyecta hasta nuestro presente los atávicos terrores del pasado

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Las sucesivas edades históricas son abstracciones mentales que creamos, igual que un científico dentro de un laboratorio, para dividir, comprender y ordenar el tiempo, que es la única materia que nos anima —cuando él termina, nosotros acabamos— y sobre la que podemos ensayar un sentido para la vida, además de crear una identidad.

Somos (todavía) porque (un día) fuimos. Igual que el siglo XX no comenzó hasta la Gran Guerra de 1914, que cerró la centuria anterior con un lodazal de sangre y muerte, su estricto final aritmético no es sino la proyección artificial de un cambio.

La destrucción de las Torres Gemelas de Nueva York, como consecuencia de un atentado integrista, inauguró el siglo XXI, pero no fue hasta lustros más tarde —tras la crisis financiera que convirtió el progreso en incertidumbre y, en el caso concreto de España, en una gigantesca estafa de orden cultural y generacional—, cuando la pandemia detuvo el mundo, devolviéndonos a una Nueva Edad Media, cuando quedó definitivamente sellado ese tiempo irónico que antes conocíamos como la posmodernidad.

Nueva era

Desde entonces habitamos —en sentido literal y figurado— en otra pantalla distinta: una nueva fase del capitalismo, ahora bajo su paradigma digital y tecnológico, en la que es posible el control absoluto de la humanidad gracias a la servidumbre voluntaria a las pantallas, el trabajo (y su correspondiente formulación institucional: el contrato social) está llamado a extinguirse.

Y hasta el ser humano corre el riesgo de mutar en otra cosa. Todo es ahora mucho más serio y bastante más inquietante.

Acaso el principal indicio de este cambio de época sea la muerte de la ironía, la interpretación del humor como una afrenta y la renuncia a la libertad individual, en favor de la comodidad de los idiotas. La literatura posmoderna, crítica con toda la tradición que la antecede, descreía de sus principios morales, sus certezas y sus grandes relatos, que reemplazó por su fascinación por el caos y la desacralización militante.

El último posmoderno

Y el último de sus grandes autores —al menos bajo su formulación norteamericana— ha sido Thomas Ruggles Pynchon Jr. (Long Island, 1937).

Escritor de culto y enigma recurrente de las letras estadounidenses. De Pynchon, —cuya última novela A oscuras (Tusquets)— salió el pasado mes de marzo en español; al amparo de esta novedad editorial el sello literario de Planeta ha aprovechado para reeditar otras narraciones de Pynchon, como V o Vineland, ambas en su catálogo— se sabe bastante poco y se fabula mucho. Demasiado.

Portada del libro 'V'

Portada del libro 'V' Tusquets

Probablemente no exista un nonagenario que despierte tantísimo interés. Mérito de su obstinación por huir de la fama y esconderse, con bastante más éxito —hasta el momento— que el difunto Salinger. A oscuras, que llega a las librerías después de más de una década de silencio, es una sátira política enmarcada dentro de una novela de atmósfera noir sobre la Gran Depresión (1931-1933) en Estados Unidos.

Portada de 'A oscuras', la última novela de Thomas Pynchon

Portada de 'A oscuras', la última novela de Thomas Pynchon Tusquets

Pero, como suele ocurrir con los libros del último gran posmoderno, decir esto equivale a no decir mucho. El argumento de las novelas de Pynchon apenas es una mera excusa para que el escritor neoyorquino despliegue, siguiendo el modelo de Rabelais, todo un mundo de ficción, inventado y laberíntico, que el lector puede interpretar tanto como un divertimento o al modo alegórico: como si fuera el secreto (cifrado) de nuestro presente.

Así, hay quien ha visto en este último carnaval pynchoniano un correlato entre la Europa totalitaria de los años treinta, marcada por el colapso económico y ascenso del nazismo, y la actual entronización política del autoritarismo tecnológico y la barbarie digital.

Del mismo modo que en su momento hubo quienes interpretaron Vineland, su cuarta novela, como una narración sobre las obsesiones de la América de los beats o leyeron V pensando que se trataba de una parábola acerca del sinsentido en el que desde hace varias décadas se instalaron las sociedades occidentales.

Todas son interpretaciones lícitas. La literatura, por definición, es polisémica. Lo que fascina de Pynchon, que cuenta con lectores devotos por su capacidad para mezclar alta y baja cultura, referentes antagónicos y un indudable espíritu goliardesco, no es tanto cómo se interpreten sus libros cuanto la manera en la que éstos han sido concebidos y escritos.

Una literatura estrafalaria

El temperamento de su prosa no parece propiamente humano, sino fruto de una inteligencia artificial antes de la inteligencia artificial.

Los personajes de Pynchon parecen salir de los cartoons o de una vieja serie de dibujos animados. Sus criaturas son bizarras y estrambóticas. Su lenguaje está animado por un humor incorrecto y gamberro y sus historias expresan la paranoia social de la Norteamérica del pasado siglo.

Y, sin embargo, hay quien encuentra una extraña trascendencia en este cóctel literario, original y desquiciado, creado por un ingeniero y físico cuyo rostro nadie conoce con seguridad —sólo existen dos fotos de su infancia y juventud— y que luchó como soldado en la guerra del Sinaí.

¿Por qué es importante Pynchon? Al margen de gustos personales, puede reconocérsele el papel de pionero y parteaguas entre el posmodernismo literario y este mundo, mucho más siniestro, surgido con la privatización de internet y la revolución tecnológica.

Profeta en su tierra

Pynchon, desde luego, no es un escritor fácil. Muchos de sus asuntos tienen su génesis en el siglo pasado pero, a su manera, también anuncian nuestro presente, marcado por los dogmas científicos, el resurgir del militarismo y el hostigamiento, a través de las nuevas plataformas tecnológicas, de la libertad individual.

El caos en el que están enredados sus personajes es también el nuestro. Sus narradores no ordenan la materia sobre la que hablan: la desperdigan a lo largo de las páginas de sus novelas. Su lenguaje, rítmico y sincopado, parece más propio de un freak de los años sesenta que de una persona cuerda.

La fascinación que causa Pynchon entre sus lectores se parece bastante a la que experimentan los aficionados a los acertijos: el juego consiste en encontrarle un sentido lógico a lo que, en apariencia, carece de él.

Es exactamente lo mismo que nos sucede a todos cuando, tras dar un paseo sonámbulo por el universo virtual de pantallas que nos rodean, descubrimos que nos hemos vuelto locos o ha llegado ese día —tan temido— en el que hemos dejado de entender el mundo en el que aún habitamos.