Fotografía de Laura Sanz Corada

Fotografía de Laura Sanz Corada Victoria Gee

Letras

Laura Sanz Corada: “Nuestra sociedad está más desmovilizada, pero no podemos olvidar por cuáles derechos lucharon nuestras madres”

'Galleteras. La otra memoria de la galleta María', el ensayo de Laura Sanz Corada que reconstruye la historia de las trabajadoras de la fábrica Fontaneda

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“Aguilar no muere con Fontaneda”, explica Laura Sanz Corada “en sus alrededores estaban también las fábricas de Gullón y de Siro”. De hecho, fue Siro la empresa que asumió la gran mayoría de trabajadores que perdieron su trabajo cuando Fontaneda acabó en manos de United Biscuits y cambió localización.

Sanz Corada, antropóloga y escritora —es autora de dos poemarios, Matar la geografía de los cuerpos de piedra y Bruma calima— vuelve a Aguilar del Campoo para reconstruir la historia de las trabajadoras de la fábrica Fontaneda. Galleteras (La caja books) es, como dice el subtítulo del ensayo, la otra memoria de la galleta María: Sanz Corada pone el foco en aquello que no se vio, en la realidad detrás de los anuncios y las melodías que convirtieron a la galleta de Fontaneda en el desayuno de varias generaciones.

Portada de ´Galleteras´

Portada de ´Galleteras´ La Caja Books

Corada ni tan siquiera pone el foco en la historia de sus fundadores, a quienes dedica algunas páginas, sino en el pueblo y, más concretamente, en esas mujeres que, como su madre, redefinieron la fábrica con su lucha sindical, con su batalla por unos derechos laborales que hoy damos por sentados.

Para explicar, sin embargo, la historia de su madre y de sus compañeras, Corada reconstruye la historia de sus abuelos, esa generación de hombres y mujeres que dejaron el campo y vieron en la fábrica una salida, un camino hacia una mayor prosperidad. Un interesante libro que pone de relieve, como lo hicieran en su momento Pardo Bazán y Luisa Carnés, a las mujeres trabajadoras y a su lucha sindical.

“Qué miedo que solo quede el relato, o qué bien que exista el relato. En realidad: qué miedo heredar un relato que no sea del todo nuestro. Y sin embargo: qué suerte poder reescribirlo”. ¿Galleteras nace de un compromiso ético con una historia que debía contarse?

Qué bonito que hayas elegido este fragmento, porque mientras escribía fue apareciendo cada vez con más fuerza la pregunta sobre cuál era mi legitimidad a la hora de narrar esta historia, no habiendo yo trabajado en la fábrica. El libro nace de la necesidad de narrar el pueblo Aguilar del Campoo, que siempre había orbitado alrededor de la fábrica y cuyo relato había puesto en el centro la galleta y su fama, obviando la realidad de la fábrica y de quienes trabajaban dentro. Es decir, nos contábamos la historia del pueblo a través de la fábrica como marca, a través del nombre de la galleta.

Me parecía perverso que un pueblo con una idiosincrasia y con una vida sociocultural e histórica tan rica, solo pudiera tener una historia registrada y que, además, esta historia tuviera que ver únicamente con una marca multinacional. Como escritora, tenía la posibilidad de tejer un texto colectivo en el que muchas de las mujeres trabajadoras de la fábrica pudieran verter su historia. De ahí que el libro beba tanto de testimonios orales y, por tanto, sea un trabajo de reescritura, pero de manera colectiva: la transcripción de los testimonios es una forma de reescritura, pero reescritura es también el recuerdo de estas mujeres de sus vivencias en la fábrica y reescritura es la posibilidad de plantear un nuevo relato del pueblo. Y este elemento colectivo de los testimonios me permitió reconciliarme un poco con las dudas en torno a mi legitimidad, con la pregunta de qué hacía yo escribiendo esta historia.

Más allá del componente literario, esta búsqueda de los testimonios, esta indagación en los distintos recuerdos y vivencias, ¿es, en parte, consecuencia de su formación como antropóloga?

Por supuesto. Podría haber optado por un proceso de escritura más de escritorio, es decir, un proceso de escritura que partía de la lectura y de la documentación a partir de la mucha literatura que hay sobre el tema. Sin embargo, no podía hacer un ejercicio de este tipo y dejar de lado precisamente esa parte de la historia que no se tenía en cuenta y que tenía que ver con las trabajadoras. Además, esos testimonios orales estaban ahí, bastaba oírlos; las galleteras podían contar todavía su historia, así que no podía obviarlas de ninguna de las maneras.

De ahí la elección del método etnográfico en la fase previa a la escritura, que es una escritura literaria. En mi caso, por mi formación y por lo que soy, no logro concebir la literatura sin pasar previamente por un proceso etnográfico y atender todas esas voces que están pululando y que existen fuera del texto. En esta necesidad, la formación profesional influye, pero también hay mucho de intención.

Usted observa cómo las galleteras van contando su experiencia de manera paulatina, sus recuerdos aparecen poco a poco y no siempre delante de la grabadora.

Creo que, ante un proyecto como el de Galleteras, era imprescindible reconciliarme con el hecho de que me iba a encontrar con muchísimas vías muertas, es decir, con el hecho de que me iba a adentrar en el tema con muchas preguntas, de las cuales muchas no iban a encontrar respuestas, y de que iba a salir del tema con más preguntas todavía que, además, terminarían por dirigir el texto hacia otros lugares no necesariamente previstos.

Hacerse cargo o reconciliarse con la idea de que no va a haber necesariamente respuestas para muchos de tus interrogantes es el punto de partida para indagaciones como esta, en las que se trabaja con un material tan sensible como el testimonio de las trabajadoras galleteras, muchas de las cuales fueron despedidas en un ERE en el 96-97.

Y recordar lo que supuso el ERE no era fácil.

De hecho, yo comencé a escribir con la idea de que me iba a enfrentar a un duelo: muchas de las galleteras se referían al ERE como una herida, lo recordaban con dolor, entre lágrimas. Enfrentarme a esta especie de duelo implicaba también hablar con mi madre, abordar con ella la experiencia de la fábrica desde una doble perspectiva: la de investigadora y la de escritora. No era algo sencillo, tenía un elemento casi performativo.

Sin embargo, ha sido interesante ver cómo yo buscaba abordar una cuestión, pero la conversación, con sus contradicciones y sus pausas, tomaba otro rumbo para luego terminar adentrándose en esa cuestión de manera natural. La comunicación con una madre nunca es fácil y, en nuestro caso, era aún más complejo, porque, además de como hija, yo me acercaba a su historia como investigadora y como escritora.

Escribe: “Yo soy una tránsfuga de la industria, mi madre fue una tránsfuga del campo”. La historia de la galleta es la historia de su pueblo, pero también y sobre todo la historia de su familia y, por tanto, también la suya.

Tuve que avanzar mucho en la escritura para darme cuenta de esto en el sentido en que, cuando empecé a desgranar la historia oficial de la fábrica y del pueblo, tuve que partir de la historia de la familia Fontaneda e indagar en quién era Eugenio y cómo y por qué llego a Aguilar. A medida que reconstruía la historia de la familia Fontaneda iba a apareciendo la historia de los Corada, mi familia materna, donde se reflejaba la vida y los modos de Aguilar de aquellos años, una vida y unos modos influenciados por esa fábrica familiar donde empezaron a trabajar muchos hombres que venían del campo.

En este abandono del campo, la historia de los Fontaneda y Corada era similar, así que decidí abandonar, en parte, la reconstrucción de la historia de los Fontaneda y centrarme en los Corada.

Empezando por su abuelo.

Exacto, un hombre que venía del campo. Y a través de mis abuelos y, luego, de mi madre me di cuenta de que podía narrar cómo iba transformándose la sociedad a lo largo de las décadas y no solo a escala local, en cuanto el pueblo de Aguilar estaba inserto en un contexto nacional más amplio: la entrada de las fábricas de hombres y mujeres que venían del campo tenía que ver con la industrialización, que marcó un antes y un después en la sociedad, y la pérdida de puestos de trabajo, décadas después, tuvo que ver con la reconversión industrial, que significó también otro cambio de época en torno a la década del 2000.

Los distintos cambios de época se reflejan muy bien en las vidas y cuerpos de las trabajadoras, desde aquellas que empezaron en los años veinte en la fábrica hasta las generaciones más jóvenes como su madre.

La pena es que de los años veinte apenas tenemos documentos y testimonios. Hay algunos indicios que nos dicen que ya por aquellos años había trabajadoras dentro de las fábricas y esto significa que empezaba a producirse una diversificación laboral entre distintos sectores. Me explico, en los veinte, la mayoría de las mujeres eran ganaderas y campesinas. Lo mismo pasaba con los hombres que, como mi abuelo, no veían en el campo un futuro para sus hijas.

De ahí que mi abuelo, Domingo, hace posible ese relevo para sus hijas y, firma mediante, permite que puedan trabajar en la fábrica. Hablamos de la España franquista, así que las mujeres jóvenes, para poder trabajar, necesitaban la firma de su padre para poder trabajar. Por su parte, mi abuela, representa otra generación: ella es la que está en casa, pero en realidad es la que lo sostiene todo, la que sostiene la casa, aunque sin que nadie se lo reconociera. Ver el papel que ha jugado cada uno permite comprender, ante todo, qué figuras y qué roles se reconocían y quién tenía derechos y quién no.

De hecho, usted pone el foco en la lucha sindical de las galleteras de la generación de su madre.

Estas galleteras vienen del franquismo, pero entran aún jóvenes en la democracia. Representan ese antes y ese después del franquismo: con la Transición, ya pueden entrar sin problemas en los sindicatos legalizados y que nada tenían que ver con el sindicato vertical. Por tanto, empiezan a pelear por otro tipo de derechos, empiezan a ocupar otros puestos de trabajo -son ya primeras de fila- y dejan de ser tan invisibilizadas como las compañeras que las habían precedido. En este sentido, el retrato que hago de estas mujeres me permite reflejar una época y también el arrojo de todas esas mujeres galleteras, que consiguieron mucho en términos de derechos laborales.

En este sentido, al leerla tenía muy presente Tea Rooms de Luisa Carnés por cómo el ámbito laboral se convierte en lugar de politización y de unión reivindicativa de las mujeres.

Es cierto, en parte. Comencé a escribir con esta idea, sin embargo, en la medida en que hablaba con las galleteras e indagaba en su experiencia me daba cuenta de que había cierta trampa en el hecho de tratar la fábrica desde esa idea de compromiso, unión y politización. Es cierto que la fábrica fue un lugar clave para la colectivización y, muy probablemente, falten todavía muchas piezas del puzle para llegar a entender qué ha supuesto social, demográfica y económicamente la presencia de la fábrica en el pueblo.

Dicho esto, el problema es que, cuando hablamos de trabajo femenino, se tiende a idealizar la fábrica definiéndola como un espacio de colectividad. Y lo que a mí me han contado las galleteras es que, es cierto, que en la fábrica hubo mucha amistad y mucho compañerismo, pero fue también un lugar marcado por las tensiones, el acoso y las rivalidades. Esto se ve claramente en 1996, cuando la mayoría de las 123 personas que están en la lista de despidos son mujeres que pertenecen a Comisiones Obreras. Estas recuerdan con muchísimo dolor la soledad que sintieron, pues hubo compañeras que ni tan siquiera consiguieron mirarlas a la cara.

Es decir, ese espacio potencialmente de colectividad que era la fábrica queda totalmente cercenado con la llegada de una multinacional. Estas mujeres, que habían conseguido una sentencia histórica que igualaba el salario de hombres y mujeres en el mismo puesto de trabajo, intentan que siga siendo un espacio colectivo sano, sin embargo, con el ERE en gran parte todo se viene abajo. Ellas son las primeras que se van a la calle y que son penalizadas, con el despido y la indiferencia, por el hecho de haber luchado, por su compromiso sindical.

Y la indiferencia estas mujeres la sufren también por parte de sus compañeras.

Sí, porque la cuestión no era de género, sino de activismo sindical. De hecho, cuando desde Comisiones Obreras organizan un encierro en la fábrica hay compañeros, algunos de los cuales, además, forman parte del comité de empresa. Es cierto que dentro del comité había cierta división, pero en el sindicato había mucho compañerismo y lo particular del caso es que las mujeres eran las que estaban en primera línea. La movilización de las trabajadoras de Aguilar podía semejarse a las que se producían en los extrarradios de Barcelona y Madrid, aunque los contextos fueran distintos. De hecho, la soledad de estas mujeres fue debida a que el pueblo no se movilizó para apoyarlas y defender su puesto de trabajo como sí se movilizó años después.

Todavía era una época en la que la mujer elogiada era aquella que no hablaba, aquella que no intervenía en la esfera pública.

Claro, porque todavía quedaba mucho por sedimentar, mucho por asumir. Además, eran mujeres que no tenían referentes y, de hecho, no sé si incluso hoy en la industria agroalimentaria encontramos nombres propios de trabajadoras y sindicalistas. Por ejemplo, si los hay en la minería y en el ámbito textil. Las cigarreras, asimismo, eran más que conocidas por entonces, pero en lo agroalimentario las mujeres no tenían visibilidad.

Todas ellas tenían una jornada triple en el sentido en que además de trabajadoras, eran sindicalistas y amas de casa. Sin embargo, solo ahora, muchos años después, se dan cuenta de la carga de trabajo que llevaban encima; “éramos esclavas”, me llegó a decir una de las mujeres, pero, por entonces, no eran conscientes de todo lo que hacían y sus implicaciones.

Y el tiempo, imagino, que implicaba el compromiso sindical no era poco.

En absoluto. La militancia suponía muchísimas horas. Cuando empecé con el libro, mi objetivo era retratar un grupo mucho más amplio de mujeres trabajadoras de Fontaneda, sin embargo, la indagación me llevó a centrarme casi exclusivamente en las mujeres que, además de amas de casa y trabajadoras, dieron tanto por la militancia y la lucha sindical.

Y luego habla de las hijas de estas mujeres, es decir, de su generación: esas hijas que ya no siguieron los pasos de sus madres y marcharon fuera.

La generación de mi madre viene de un modelo fordista y, desde muy jóvenes, su único horizonte era el de trabajar en la fábrica. De hecho, muchas de aquellas mujeres no quisieron estudiar, porque para ellas su futuro estaba en la fábrica. Para sus hijas, que nacimos a principios de los noventa, el horizonte era otro. Ante todo, era un horizonte mucho más amplio en el que había otros muchos tipos de trabajos hacia los que mirar; además, ante nosotras estaba la posibilidad de salir del pueblo, algo a lo que nos animan nuestras propias madres, que eran las primeras en no querer que trabajáramos en la fábrica.

Y la mayoría, de hecho, no hemos seguido sus pasos y nos hemos ido, sin embargo, quiero pensar que queda en nosotras esa conciencia militante que ellas tuvieron. Quiero pensar que, si he escrito este libro, es por la conciencia social y política que me ha transmitido mi madre. Es cierto que el contexto social de hoy es muy diferente: nuestra sociedad está mucho más desmovilizada respecto a la de antes y creo que es importante que esa desmovilización no nos haga olvidar todo lo que hemos heredado, no nos haga olvidar de dónde venimos y por cuáles derechos lucharon nuestras madres. Pienso, por ejemplo, en su lucha por la conciliación. Nosotras damos por hecho algunos derechos, pero estos fueron peleados y no hay que darlos por sentado nunca, menos aún en un momento de retroceso como el que estamos viviendo. No hay que bajar la guardia.

Es cierto, lo que pasa es que el movimiento sindical está, quizás, en sus horas más bajas.

Es así. En el trabajo cada vez estamos más desmovilizadas, porque vivimos en un contexto social tan radicalmente distinto de aquel en el que nacieron los sindicatos que conocieron nuestras madres. Sin embargo, creo que todo lo que hemos heredado de la conciencia obrera, de la lucha sindical y de la movilización es extrapolable a otros ámbitos, más allá del laboral. Pienso, por ejemplo, en la militancia por el clima, que actualmente tiene mucha fuerza, porque el clima es una cuestión que nos produce angustia respecto al futuro del planeta. Por tanto, el cuerpo militante y comprometido se puede poner ahí, en la cuestión del clima y en otras y, de hecho, creo que es esto lo que se está produciendo: muchas de nosotras nos estamos movilizando en otros lugares y por otras causas, pero gracias a esa conciencia que nos han transmitido nuestras madres.

La galleta María es un símbolo. Varias generaciones hemos crecido con ella y con las sinfonías de sus anuncios. Pero tengo la impresión de que todo el engranaje publicitario ha servido para ocultar esa otra memoria o ese otro relato en torno a la galleta, a la fábrica y sus implicaciones.

Porque el relato de la empresa, de la marca, tuvo y tiene una fuerza mucho mayor que el de los testimonios orales de quienes trabajaron un día tras otro en la fábrica. Sé que es grande, pero mi ambición con este libro es la de darle la vuelta a la galleta y poder así narrar lo íntimo y lo cotidiano de quienes trabajaban para hacer posible la galleta María. Yo, al vivir tan de cerca la realidad de la fábrica y la producción de galletas, no fui consciente de lo que suponía la galleta María hasta que me fui de casa.

Para mí, era algo hiperlocal, algo vinculado exclusivamente con mi pueblo. Escribiendo este libro he tomado consciencia de esa primera memoria, la hegemónica y la compartida por todos, esa memoria que hace de la galleta María un símbolo para muchas generaciones. Y, en parte, también para mí, porque en toda esta historia también hay un lado dulce para quienes vivíamos en Aguilar. La fábrica dio de comer a muchísimas familias, esto es así, y yo, siendo niña, he disfrutado mucho comiendo galletas con mi abuela y con mis padres.

¿Qué relación mantienen con esta galleta y lo que representa las trabajadoras de la fábrica?

Depende. Me he encontrado con testimonios muy dispares, porque cada una tuvo su historia: hay quien en 1997 fue despedida, hay quien siguió trabajando, algunas estuvieron en la lista y otras no… Por tanto, hay quien se fue con dolor y rabia y, por tanto, su reacción fue la del boicot. Esta fue una reacción bastante común y que todavía perdura; de hecho, es muy difícil ver a algún aguilarense consumiendo ya no galletas Fontaneda, sino galletas United Biscuits, que fue la empresa que compró la fábrica y la marca.

Sin embargo, la galleta sigue asociada a lo familiar, sigue siendo una expresión de ternura y prueba de ello es que, desde siempre, cuando mi madre viene a visitarme, siempre me trae galletas. En concreto, me trae galletas Gullón, cuya fábrica está en los alrededores del pueblo, si bien se encuentran en cualquier almacén. Y lo que hace mi madre ya lo hacía mi abuelo, cuando, al regresar de la fábrica, le lleva a mi madre, por entonces niña, una chocolatina. Porque un alimento no es solo lo que nos llevamos a la boca para comer, sino que nos alimenta el alma.