Ilustración de Álvaro Pombo

Ilustración de Álvaro Pombo DANIEL ROSELL

Letras

Álvaro Pombo y la ficción de las segundas autobiografías

El escritor santanderino publica una nueva y sabrosa colección de sus relatos autobiográficos, donde entrecruza el paisaje de sus memorias con la invención

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Por decirlo al insigne modo de Cervantes en el prólogo de su Persiles, donde el autor del Quijote se despide de nosotros con pena infinita —“El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y, con todo, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir”— pero al mismo tiempo con espíritu alegre —“¡Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida!”—.

Lo habitual cuando uno está con el pie en el estribo es que se haga recapitulación, acaso también un ajuste de cuentas, se recuerde los momentos felices, dediquemos un instante a pensar en las personas que han significado algo durante nuestro ingrato devenir, evoquemos los paisajes disfrutados, los sitios donde se ha estado o los libros leídos, y busquemos consuelo frente a lo irremediable a la espera del momento fatal.

Lo que ya no es tan normal es que, en semejante trance, se tengan ganas de escribir y menos de inventar nada. Salvo que seas Álvaro Pombo (Santander, 1939). El Premio Cervantes acaba de publicar la segunda y sabrosa entrega de sus Cuentos autobiográficos (Anagrama), un ciclo que comenzó hace ahora un año.

Portada del segundo volumen de 'Cuentos autobiográficos'

Portada del segundo volumen de 'Cuentos autobiográficos'

El escritor cántabro, retirado en su ático del madrileño barrio de Argüelles, no ha dejado pasar más de doce meses —suponemos que porque su tiempo cada vez es más estrecho— sin fatigar las imprentas y regresar a las librerías, aunque en la mayoría de ellas sus novelas, ensayos y libros anteriores —incluida la antología Substancia, que el sello sevillano Renacimiento publicó el pasado año en su colección de rayas— ocupen un lugar destacado y recurrente en los anaqueles.

Portada de la antología poética 'Substancia'

Portada de la antología poética 'Substancia' Editorial Renacimiento

El retrato (algo ficcionado) de Pombo

A Pombo, desde luego, el Premio Cervantes, obtenido hace dos años, no le ha causado ningún bloqueo creativo ni tampoco ha hecho que el ritmo de su escritura, tan vibrante como él mismo —“Le style est l'homme même”, dijo Buffon— se atenúe. Todo lo contrario. Este segundo volumen de sus memorias imaginarias —donde unas cosas son ciertas y otras poseen la verdad de las mejores mentiras— reúne más de treinta retratos y escenas sobre su pretérito.

En ellas sale de todo un poco: su infancia de niño bien en Santander, los veranos en Palencia —en la finca de sus mayores—, los años con los jesuitas, la carrera de Filosofía, su lejana juventud psicodélica en Londres y los infinitos días, tardes y noches en Argüelles.

Portada de primer volumen de 'Cuentos autobiográficos'

Portada de primer volumen de 'Cuentos autobiográficos' Anagrama

Hay muchas evocaciones, igual que en la primera entrega, pero también ideas de orden moral y las inevitables disquisiciones crepusculares, que en su caso siempre fueron una inquietud temprana, sobre la existencia divina.

Puro Pombo, pues, ya que uno de los rasgos de su literatura es la capacidad para ponerse escolástico sin dejar de ser terrestre. Pombo no se miente pero nos engaña, al no delimitar —éste es el juego— qué parte de estas vivencias son reales y cuáles pertenecen al código de la ficción.

Un narrador poco fiable

Más que confusión, lo que el novelista santanderino pretende es borrar las fronteras entre ambos espacios, apelando a una lectura donde convergen el pacto de la ficción —la suspensión temporal de la incredulidad que exige la fábula— y el acuerdo biográfico de Lejeune, sin que una legislación se imponga a la otra. No todo son hechos sanguíneos.

Encontramos asuntos cotidianos y piezas (basadas en experiencias de lectura) sobre escritores y libros. Pombo escribe sobre Henry James, Carmen Laforet, Iris Murdoch y Rilke. Cuatro nombres que, de alguna manera, han influido de forma poderosa en su singular forma de entender y escribir literatura.

De fondo siempre aparece alguna estampa familiar, cosa natural si se tiene en cuenta que en su caso únicamente existe la familia del pasado, tan presente en sus novelas, al decidir no prolongar su propia estirpe.

Hay lugar para descripciones humorísticas sobre los hábitos diarios: el entrenador particular de gimnasia, los ayudantes que descifran su letra y mecanografían sus libros, su gato. Los relatos biográficos funcionan al modo de las distintas capas de una cebolla: todas ellas constituyen el alimento pero cada una tiene un tamaño, un tono, una atmósfera distinta. Hay algo de apunte frívolo, pero también hondura. Silencios y cháchara. Meditaciones y las incontinentes locuras. Todo junto, revuelto, mezclado.

Quizás esta segunda entrega de relatos autobiográficos sea un poco menos sentimental y más satírica que la primera, ya que discurre por senderos que tienen que ver con la cuenta atrás en la que vive, y gloriosamente escribe, el autor santanderino. A estas alturas de su vida, el más allá del (otro) mundo queda más cerca que el más acá.

Así que es natural que asuntos que siempre han sido objeto de interés o preocupación para Pombo —la inmortalidad o el cristianismo— aparezcan como ritornellos. El espíritu de estos cuentos verdaderos, que pueden perfectamente ser leídos como falsas notas autobiográficas, no es sin embargo amargo. El animus iocandi de Pombo, para quien pensar consiste en no dejar de escribir sin cesar, siempre lo salva del peligro de ponerse demasiado estupendo.