La revolución de las liberías  DANIEL ROSELL

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Letras

La burbuja de la industria editorial: doce años para regresar al escenario de 2008

Las ventas del gremio en España han crecido un 43% en los últimos doce años gracias a las obras de ficción, infantiles y juveniles y al libro ilustrado

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El mercado editorial español es un enfermo crónico que, si creemos los datos oficiales que, igual que las estadísticas de lectura, se publican con la pretensión de establecer un diagnóstico objetivo de sus constantes vitales, goza de una asombrosa buena salud. Sucede, sin embargo —como solía repetir Gregorio Marañón— que las enfermedades en abstracto no existen. Únicamente hay enfermos. Cada uno, por tanto, cuenta la feria (editorial) según sean las expectativas y la ganancia obtenida.

Pero no deberíamos perder de vista que la apariencia de prosperidad no está asentada, ni tampoco garantizada, en un mercado cada vez más acelerado y donde la supervivencia (empresarial) es una cuestión más compleja que antes.

A juzgar por los datos del último informe del Gremio de Editores, presentado en paralelo a la Feria del Libro de Madrid, los sellos y editoriales españolas están instalados, incluso se diría que cómodamente aposentados, en un círculo virtuoso. Su facturación global crece todos los años. En 2025 las ventas subieron un 3,3%, hasta alcanzar 3.138 millones de euros. Cada vez se publica más: 89.107 títulos anuales (61.831 de ellos en papel y el resto —27.276— en formato digital). Las ventas de audiolibros no dejan de crecer.

En los últimos doce años la actividad de las editoriales españolas ha sido notable. En conjunto venden un 43% más, hasta los 942 millones, que hace una década, aunque este dato —excepcional si lo comparamos con la tendencia en otros países europeos, donde la edición se ha estancado o comienza a descender, igual que la rueda medieval de la fortuna de Boecio oculta una secreta vulnerabilidad estructural.

La lectura en España

La lectura en España DANIEL ROSELL

Una falsa mejora

Se publican y se venden más libros (en el último lustro el gremio ha mejorado sus ingresos en 526 millones, un 21% más), aunque estemos lejos de mercados más maduros, pero esto no significa ni que el negocio sea más rentable (para todos) ni que los operadores de la más importante industria cultural española estén en una situación óptima. Depende del caso. Los datos de facturación pueden ser perfectamente lo que en el oficio de los traductores se denomina un falso amigo. Una palabra de otro idioma que se parece mucho a otra semejante del nuestro, pero cuyo significado es completamente diferente, cuando no antagónico.

El relato oficial afirma el incremento de la venta de libros en nuestro país gracias géneros como la ficción (831 millones), los títulos del género infantil y juvenil (650 millones) y el indudable tirón del libro ilustrado, el cómic y la novela gráfica (97,29 millones) que son los productos que más crecen y, por fin, han alcanzado la máxima consideración cultural, abandonando para siempre su antigua condición underground. Son estos tres géneros los que tiran de las ventas.

Los libros que se venden con menor intensidad, salvo por los canales digitales, que tienen otra lógica diferente, son los de no ficción (ensayo, memorias, historia, religión o filosofía) y los manuales de texto que, no obstante, aún suponen una cuota importante del negocio: 713 millones de euros. Los costes industriales han aumentado y también lo han hecho moderadamente los precios (15 euros de media por cada título). La hegemonía continúa teniéndola el libro impreso. Seis de cada diez se venden a través de la red de librerías. El libro digital, un poco más económico, y cuyo porcentaje ventas suma 174 millones, avanza pero no supone más que el 6% del mercado.

¿Dónde está entonces el problema? Básicamente aquello que nunca se menciona: la mayor parte de los procesos editoriales (escritura, traducción, impresión, distribución) están externalizados, lo que perjudica a los profesionales editoriales (en su mayor parte autónomos); los sellos han recortado —si es que existen— los adelantos; se invierte más en marketing que en fomentar creación y, siguiendo una tradición secular, se transfiere buena parte del riesgo del negocio a los proveedores.

Tampoco se aplican, salvo excepciones, los controles legales —certificados de tiradas y auditorías en las liquidaciones— establecidas en la legislación de derechos de autor, pero sin desarrollo normativo y una política de sanciones, sin que esta cuestión, que es clave para los autores, preocupe o más mínimo al Ministerio de Cultura, absolutamente pasivo ante esta situación.

¿Cantidad antes que calidad?

La burbuja editorial persiste porque, según el análisis de los expertos del sector, todo el sistema se sustenta en la cantidad más que en la selección y persigue, mediante la multiplicación infinita de los títulos en circulación, encontrar a un unicornio: un best-seller que compense la inversión hecha en libros con menor demanda. En apariencia, no se trata de una locura: en la historia editorial los libros más rentables financian a otros culturalmente relevantes pero con un mercado más limitado.

La lectura, arte y provocación

La lectura, arte y provocación DANIEL ROSELL

La cuestión crítica es que, llevado al extremo, este hábito reduce la vida útil de muchas obras, inunda el mercado y devalúa el acto mismo de publicar. Las positivas cifras de ventas contrastan con una intensa reducción de las tiradas —3.374 ejemplares por cada título—, que no deja de descender.

En realidad, la cifra global de negocio de las editoriales sólo está ligeramente por encima de la facturación de 2008. Más que un incremento de la cuota de mercado debería hablarse de una recuperación (en relación a la época de la crisis económica). No es una mala noticia, desde luego. Pero el método para volver a esa cifra de ventas tiene costes nada despreciables: un panorama editorial obsesionado con el corto plazo, que ya no contempla lo que antaño se llamaban títulos de fondo y cada vez más desigual.

Con unos cuantos libros que venden mucho y muchos otros que carecen del apoyo editorial, los recursos y el tiempo para poder tener una oportunidad en las librerías y entre los lectores. Sin una clase media. Y cada vez más lejos de su trascendental función cultural.