Fotografía del filósofo Edgar Morin

Fotografía del filósofo Edgar Morin Babelio

Letras

Edgar Morin, ¡Por la vida!

El 29 de mayo de 2026 falleció Edgar Nahoum, conocido como Edgar Morin, el gran filósofo francés que deseaba entender el mundo sin separarse de él

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Edgar Morin, nacido en 1921 y recientemente fallecido en el día 29 de mayo de 2026, compartió con otros dos grandes hombres, Goethe y Rousseau, el privilegio de haber sobrevivido a un parto difícil que casi no cuentan. Este momento de supervivencia natal hizo que estos tres hombres se engancharan a la vida con una intensidad fuera de lo común, y que dicha intensidad incluyera una insaciable curiosidad intelectual en todos los ámbitos: ciencia, filosofía, política, literatura.

Tuve ocasión de leer detenidamente a Morin los años en que preparé mi tesis doctoral sobre Hans-Georg Gadamer, el autor de Verdad y Método (1960) y responsable de lo que en filosofía se denominó “el giro ontológico de la hermenéutica”. Esta expresión que parece un poco oscura es sencilla: la interpretación —o hermenéutica, de Hermes, el dios griego corresponsal, que corría de un lugar a otro para dar las noticias (las que él interpretaba)— no es solo un método: es también una condición existencial. Anclados en la tradición que hemos heredado aunque no queramos, desplegamos un sentido desde donde abarcamos el mundo y sus matices.

En el caso de Morin, el vínculo con la vida vivida, desde las primeras sensaciones, pasando por la percepción y la creación (el arte, la filosofía, la ciencia, la cultura en general) constituye una llave de interpretación y al mismo tiempo un modo de estar en el mundo. ¿Tal vez sea esa la causa principal de su longevidad, puesto que murió con 105 años?

La hipercomplejidad de Morin

La conexión de Morin con la vida como clave de interpretación se puede entender desde dos registros distintos: por una parte desde su propio recorrido biográfico, la muerte temprana de su madre cuando él solo tenía nueve años, su acción en la resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial y su imparable actividad intelectual.

Por otra parte —y es aquí donde vamos a incidir en particular— se puede entender la conexión con la vida de Morin desde el desarrollo del paradigma de la hipercomplejidad. Este punto me interesó especialmente, porque sólo desde la perspectiva del paradigma de la hipercomplejidad es posible situar los efectos de la interpretación como condición profundamente humana. Así que, de algún modo, el enganche con la vida de Morin me permitió leer mejor a Gadamer durante mi investigación, en los años noventa.

El conocimiento hipercomplejo —dirá Morin— es capaz de tratar la interdependencia, la multidimensionalidad y la paradoja. Morin criticará seriamente la distinción cartesiana del cogito, la materia que piensa y la materia extensa, acusándola de simplificadora. Afirma que, tanto el proceso como el contexto en el que se verifica el conocimiento, son esencial y estructuralmente complejos. Esto significa que conocer separadamente lo que percibimos es contraproducente: tanto, es mejor la gramática que la sintaxis para concebir el mundo.

La aptitud y la apertura al cambio son mejor brújula que el análisis racional. Dividir en compartimentos —tipo tabla de Excel, tan de boga actualmente— es lo opuesto a poder entender algo. Morin ataca la rigidez cognitiva, cuyo modo de operar distribuye los conceptos en distintas casillas sin admitir sus formas de relación, sin considerar que, de hecho, las casillas están agujereadas y abiertas a otras interconexiones.

Según Morin, el reconocimiento de la hipercomplejidad en los procesos cognitivos humanos es imprescindible para una interrogación adecuada del conocimiento. El conocimiento humano es, pues, una experiencia de inherencia (pertenencia a un mundo cultural); separación (el abismo entre lo conocido y el sujeto cognoscente) y comunicación (entre sujeto cognoscente y objeto de conocimiento se establece una relación).

El conocimiento humano, pues, se abre al exterior —a través de una actitud de investigación, la curiosidad humana y los procedimientos de verificación—, y al mismo tiempo se cierra por el funcionamiento mismo del sistema cognitivo, constituido por ideas, lenguaje, teorías que traducen la realidad.

Así dice Morin: “nuestra única realidad inmediata es nuestra representación de la realidad, y nuestra única realidad conceptualizable es nuestra propia concepción de la realidad". La realidad está configurada por las representaciones que hemos aprendido —más bien heredado— que actúan como filtro. Con Kant, Morin afirmará que conocer es ordenar: no es posible acceder al mundo objetivo si nuestro espíritu no opera en él una intervención organizadora.

Pero además, la condición para intentar conocer el mundo es precisamente el autoconocimiento, requiere identificar el lugar desde el cual deseamos conocer. En otras palabras, conocer es una experiencia de deseo vital, de descubrimiento de uno mismo en el mundo y del mundo en uno mismo. Hay en Morin un deseo de entender el mundo, de atravesarlo sin separarse de él.

El dolor como motor de conocimiento

En una maravillosa entrevista publicada en la página web del INA1 realizada por la escritora Laure Adler, Morin describe el agudo dolor interior que le embargó durante años, desde la muerte de su madre cuando él tenía nueve años. Este dolor insoportable que no pudo expresar le movió a saber de todo, a estudiar, a leer, a escribir, a ir al cine. Le empujó al conocimiento como una forma de vida.

El mundo contemporáneo ha olvidado este punto fundamental. Pretende que el conocimiento es solo una mera información cuyo acceso fácil y viable reduce toda posibilidad de preguntar algo más. Las bases de datos son las nuevas enciclopedias, con la diferencia que desconocen el lugar desde donde buscan la información que los usuarios humanos les piden. Los chatbots terminarán de hacer este trabajo con una gran eficacia.

Sin embargo, mientras permanezca la huella vital de Edgar Morin, mientras nos queden sus textos, seguiremos pensando que los datos no conocen la realidad. Seguiremos deseando acercarnos a la realidad del mundo desde nuestras propias preguntas, sin sustituciones ni suplantaciones de inteligencia artificial. Y, por encima de todo, no abdicaremos de nuestro propio deseo de saber.

Por eso brindamos, con Edgar Morin, por la vida, la vida que todavía anhelamos poder vivir como si hoy fuera el último día o nuestros días estuvieran contados. Como si hubiéramos nacido casi muertos y hubiéramos sobrevivido. El conocimiento y el amor al mundo nos salva de la muerte y nos mantiene en vida.

Brindemos con Edgar Morin usando la expresión de la tradición judía a la que perteneció Edgar Nahum: ¡Lejaim! ¡Por la vida!